Nébulo, el guardián de mis sueños
Desde niño, soñaba con un monstruo.
Pero no uno que diera miedo... no.
Era inmenso, brillante y suave, como si el cielo y el fuego hubieran tenido un hijo.
Tenía alas de nube, ojos que cambiaban de color con mis emociones,
y un cuerpo ágil, felino, como el de un gran gato salvaje.
Yo lo llamaba: Nébulo.
Aparecía cada vez que el mundo se volvía difícil.
Cuando tenía miedo, cuando estaba solo, cuando nadie me entendía.
Mientras otros soñaban con monstruos que perseguían, el mío me cuidaba.
Volábamos juntos por paisajes imposibles,
montañas flotantes que respiraban,
mares de luz líquida donde las estrellas se zambullían como delfines.
Jugábamos entre galaxias hechas de pensamientos,
y él me decía, sin hablar, con esa voz que no suena, pero que se siente:
“No estás solo. Mientras me recuerdes, existiré.”
Él era más que un amigo. Era refugio, era fuerza.
Nébulo era el guardián de mis sueños, sí,
pero también de mis lágrimas, de mi esperanza,
y de esa parte de mí que nunca dejé que el mundo viera.
Pasaron los años.
Y como suele pasar, crecí.
Y con el tiempo, los sueños se volvieron más escasos.
La vida se llenó de ruido, tareas, metas, preocupaciones…
y Nébulo desapareció lentamente, como se va la niebla con el sol de la mañana.
Pensé que solo era una invención de mi niñez.
Un consuelo inventado por una mente que necesitaba magia para sobrevivir.
Hasta el día en que todo cambió.
Era una noche común. De esas donde la soledad pesa más de lo habitual.
Estaba agotado. No del cuerpo, sino del alma.
Las ganas, las fuerzas, la fe… todo estaba en números rojos.
Me acosté sin muchas esperanzas, sin rituales ni expectativas.
Y entonces, lo sentí.
Un susurro en el viento.
Un temblor sutil en el suelo.
Una sombra que no debería estar en mi habitación.
Abrí los ojos.
Y ahí estaba él.
Nébulo. En la vida real.
Majestuoso. Imponente.
Sus alas dobladas contra el techo, su mirada llena de siglos,
su pelaje oscuro ondulando como un océano bajo la luna.
Los pequeños puntos de luz en su cuerpo parecían constelaciones vivas.
No tenía explicación lógica.
Pero supe que era verdad.
No tenía miedo.
Sentí, en ese momento, que había vuelto a casa.
Él me había encontrado.
No fue que regresó.
Nunca se había ido.
Solo estaba esperando a que yo lo recordara.
Porque algunos monstruos… no nacen del miedo,
nacen del alma.
Desde entonces, Nébulo vive conmigo.
No como una mascota, ni como un guardián pasivo.
Es un puente entre lo que soy y lo que olvido que soy.
Entre el niño que soñaba y el adulto que dejó de hacerlo.
No siempre lo veo.
Pero lo siento.
A veces aparece en reflejos que no reconozco,
en nubes que se forman con su silueta,
o en sueños tan reales que me despierto sonriendo.
Solo lo ven quienes aún creen en sus propios sueños.
Los que no han dejado que la rutina mate la magia.
Y tú, si alguna vez lo sueñas...
no tengas miedo.
No corras. No lo espantes.
Detente. Míralo. Recuerda.
Porque si Nébulo aparece,
significa que estás a punto de despertar…
…en tu verdadera historia.


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