Perdónenme de antemano, pero hay cosas en las que me repetiré (si has leído otras de mis notas) y mucho en lo que me voy a desbandar, a salir del carril de lo que debería ser correcto o esperable. O no sé, no sé que voy a hacer, pero seguro, segurísimo, voy a sonar menos profesional que nunca en mi vida. Pero como argentino y como trabajador de una industria cascoteada, desfinanciada y golpeada, hay palabras que se dicen con la camiseta de Argentina asomada entre los botones de la camisa. Desprolijo y con ganas de arrancarse el traje de cuajo, para gritar sonriente a los cuatro vientos alguna canción feliz, luciendo los colores celeste y blanco.
Es extraño porque no me considero tan nacionalista. Sin embargo, cuando algo me despabila y me provoca, la pasión me desborda y toma forma de hinchada de fútbol agarrada del para-avalanchas de un estadio. Si bien hace mucho tiempo la política estatal y las manos privadas han deteriorado la administración de nuestra cultura, en Argentina hace casi dos años se anunció que no sería más una prioridad. En resumidas cuentas (para quienes no lo saben) se han desfinanciado los institutos y los organismos que vuelven posible la realización de teatro y del cine, y son hoy muy pocos los profesionales que pueden vivir del oficio que han elegido para su vida o del que se han enamorado. Y lo peor de todo, (porque lo he escuchado de amigos cercanos), es que pocos toman dimensión de qué implica esa desfinanciación. Muchos están de acuerdo con que, para solucionar los problemas estructurales y macroeconómicos del país, hay que recortar el presupuesto de ámbitos “poco fundamentales” como la cultura (o la ciencia). Sin embargo, esas mismas personas después festejan muchos contenidos nacionales. Son los mismos que dicen “que pena que se haga tan poco”. Los que también aseguran que el cine de afuera es mejor porque tiene “mayor calidad”. Porque tienen menos errores, porque se escuchan mejor, porque se ve más lindo, porque hay muchos mejores actores y actrices. No parecieran recordar, siendo ellos profesionales de algún otro rubro, que para perfeccionar una técnica, para pulir una escena, una película, una serie, para que los intérpretes puedan ensayar, se necesita tiempo y (por consecuencia) dinero.
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En el 2025, cada ficción producida en Argentina se festeja como un gol en el mundial de fútbol. Se festeja que se haga y que la gente pueda trabajar. Desde ya, penosamente, en un plano mucho menos urgente pero sí en un punto sustancial que diferencia al mundo del arte, no se puede hoy entrar en la discusión fina de si algo es bueno o malo. O no se debería. Para que el arte se expanda, mute, crezca, también necesita poder discutir entre sí. Cometer errores que sean señalados (idealmente con bondad). Necesita correr riesgos y pagar sus consecuencias. Precisa que haya gente que piense que algo es malo y gente que piense que ese mismo algo es bueno o precioso. Pero ahora, es difícil llevar la discusión a esos terrenos más holgados, divertidos, complejos y filosóficos. Por ahora, y por lo pronto, la gente necesita comer y trabajar. Por ahora festejaremos que se haga y punto.

Bien. Más allá de todo lo dicho arriba y de que probablemente ya haya perdido vuestra confianza en mi objetividad, afirmaré algo que les juro está fuera del terreno de la pasión y vuelve a arrimarse al de la imparcialidad: la nueva serie Viudas negras: Putas y chorras, es una genialidad.
Malena Pichot es una comediante, escritora, dramaturga y artista que trabaja hace muchos años en el rubro, y ha sabido afianzar su estilo y narrativa con un coraje envidiable. Si bien al verla en entrevistas en público o programas de radio pareciera resultarle ineludible ser como es y defender su visión de las cosas, supo también volver inevitable su honestidad en aquello que hace como autora. Guste o no guste. Esa honestidad sí es un valor diferencial y no sobra. En el mundo, en la sociedad, pero fundamentalmente (o al menos es fundamental para la nota en cuestión) en el arte. Yo mismo, quien aquí anda tirándole flores, admito que no siempre me ha caído bien en sus formas al ser entrevistada, o sus modos al escribir en twitter (X). Admito también lo estúpido que me siento y descubro al armar una opinión sobre alguien que no conozco basándome en las redes sociales. ¿Quién sería capaz de contentarlos a todos, si estuviera tan expuesto por las redes y los medios de comunicación modernos? ¿No desconfiarían más aún de alguien, que cada vez que tiene una cámara adelante, sonríe y dice lo que todos quieren escuchar?
Dentro del terreno de lo audiovisual, son muchos los contenidos que han traído a Malena hasta aquí, y todos esos contenidos han sido fieles a su estilo y han sido realizados con los medios de producción que su creciente carrera le iba permitiendo. De todos sus proyectos, haré mención especial a la espléndida película Finde del año 2021. La menciono porque es justo la película anterior, y también tiene un equipo similar a la serie en su realización: su amigo y coautor Julián Lucero (actor y comediante maravilloso), y el director Nano Garay Santaló. Sumándose entonces el actor Alan Sabbagh a la escritura (también actor en la serie) y la directora Constanza Novick en la realización, se conforma el equipo nuclear de Viudas Negras: Putas y chorras.

La irreverencia de su título, es defendida con creces por la irreverencia de la serie. Su humor es constantemente arriesgado, bienvenido, rebelde y único. Hoy más que nunca, la comedia es necesaria como lazo con el espectador, como vehículo de reflexión, y como cachetada profanadora a la venenosa hipercorrección actual. Nada sano saldrá de una persona si pretende contentar a todo aquel quien tenga alrededor; nada auténtico y sincero saldrá del arte si surge de querer quedar bien con todos sus espectadores. La comedia es, quizás, el gesto más sincero de un artista al rebelar qué es lo que lo lleva a reírse en la intimidad. Qué es lo que le roba una carcajada y lo deja golpeando la mesa entre lágrimas y sin aire, aunque fuera escandaloso para el resto. Y la comedia, es a su vez, el género más infravalorado en la escala del prestigio del arte. Por todo eso, hacer hoy una comedia sincera, es un acto tan salvaje como imprescindible y merece ser festejado.
La valentía del gesto, tiene como consecuencia la claridad de todo el proyecto. La dirección de actores lleva a todas las actrices y todos los actores a brillar desde donde les toque y durante el tiempo que sea. La osadía está en los propios textos y en cómo son interpretados, siempre tan al servicio de la comedia como de la verdad emocional de sus personajes. Es decir, en la comedia de la serie vale todo menos traicionar el verosímil de los personajes que la habitan. Pilar Gamboa (Maru) y Malena Pichot (Mica) interpretan a dos amigas de mucho tiempo que han vivido de todo (entre ello, un evento traumático en el pasado que volverá a buscarlas en el presente), y, como espectadores, esas amigas se ven y se sienten. No es una información dada mecánicamente por un guion, sino que podemos creer en ese vínculo y desear que, pese a todo lo que han vivido y deberán vivir, prevalezca el amor entre ellas. No tendría sentido la serie, de hecho nada tendría valor alguno y sería apenas un compilado de chistes excelentes, si no fuera por la excelente construcción de la amistad.
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El relato combina la comedia con elementos del policial. Es más. A nivel narrativo, este mismo relato podría ser contado con un tenor dramático, y la misma estructura policial se sostendría perfectamente. Podríamos entonces inferir que Viudas Negras: Putas y chorras (me encanta escribir su título completo) es un policial contado con humor y con personajes particularmente patéticos.
A través de la comedia, de la elección del dúo protagónico y los universos a los que Maru y Mica pertenecen, la serie también se arriesga a hablar, entre tantísimas cosas, de la hipocresía contemporánea en la clase media y la clase alta, de lo peor de los valores progres, de los rituales new age, y de las ridículas (y terribles) demandas sociales que hubo y sigue habiendo acerca del rol de la mujer.
Podrán, por ahora, ver la serie en la plataforma Flow, donde resisten los contenidos que no están en otras plataformas ni encuentran lugar en las sala de cine. Desabotono la camisa y exhalo profundamente volviendo a mirar de reojo mi camiseta argentina. Tiro la camisa con gusto, y vuelvo a festejar un nuevo producto industrial y una nueva obra de arte nacional. Hicieron una nueva ficción, y le dieron la oportunidad de trabajar (más allá de profesionales de todos los rubros que involucra una filmación) a muchísimos intérpretes que lejos del foco de luz de la marquesina sostienen hace años al teatro independiente, a actores y actrices que las plataformas del mainstream estarían descartando porque no tienen la suficiente cantidad seguidores en instagram, y a artistas injustamente olvidados que demuestran que están a la altura de lo que les pidan. En tiempos donde incluso estaría bien pasar tarjeta para entrar a la fábrica y cumplir con las horas llevando el pan a la casa, Pichot, Lucero y compañía, se paran con el pecho inflado a seguir haciendo lo que quieren y lo que los hace tan únicos como honestos. Si me estuvieran leyendo, les pido perdón por no mencionar a todas y a todos. Con una mano en el alma, como argentino y como trabajador del arte, les estoy infinitamente agradecido.
Chesi




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