Las mañanas en Juan griego siempre olieron a salitre y café colado. Era el inicio de mi rutina, una especie de abrazo diario que compartía con mi hijo, Mateo. a sus trece años, era una mezcla de energía desbordante y una curiosidad insaciable, especialmente por todo lo que tuviera que ver con el mar. Vivíamos cerca del mar, y el vaivén de las olas nos marcaba el paso, pero desde hace unas semanas, algo había cambiado: los rumores de dinosaurios ya no eran ficción. Lo que empezó como un rumor imposible _dinosaurios apareciendo en diferentes partes del mundo_ se volvió una verdad aterradora con las primeras imágenes. Y aunque intentaba no demostrarlo, la idea de que esas criaturas llegaran hasta nosotros me quitaba el sueño.
Una mañana, Mateo me pregunto con esos ojazos negros: “Mama, crees que llegaran aquí?”. Le respondí que no, que una isla como la nuestra no les interesaría. Pero por dentro, sabia que no podía prometer nada. Lo lleve a la escuela, y me fui a la posada donde trabajo. Las conversaciones giraban en torno a las “bestias”, y aunque todos tratábamos de seguir con normalidad, el miedo estaba en el aire.
Al volver a casa era tarde, decidí caminar por la orilla, buscando consuelo en las olas, pero un grito desgarrador rompió la calma. Provenía de la playa, justo donde Mateo solía jugar, el corazón se me fue al suelo. Corrí sin pensar, al llegar, lo vi: un monstruo real, un Carnotaurus enorme, escamoso, rojizo, con cuernos sobre los ojos y unas garras espantosas, y a unos metros, mi hijo, paralizado, clavado en la arena como una estatua,
El dinosaurio rugió con fuerza que me hizo temblar hasta los huesos. Su mirada se fijo en Mateo. El terror me sostuvo, pero el instinto de madre fue mas fuerte, grite su nombre, nada. Entonces vi un tronco flotando cerca y lo lance lejos hacia el agua, esperando que el ruido lo distrajera y funciono, el carnotaurus giro la cabeza confundido.
Corrí hacia Mateo, lo sacudí y lo tome del brazo. "¡ Ahora, Mateo! ¡Corre!, le grite. El reacciono, y juntos echamos a correr por la arena. Detrás de nosotros, el monstruo gruñía y se movía con torpeza, pero su furia era aterradora. No mire atrás, solo escuchaba nuestros pasos, su respiración agitada y el rugido cada vez mas lejano.
Llegamos al malecón, y las luces del pueblo fueron como un faro de esperanza. La gente empezaba a salir, algunos gritaban, otros solo miraban. Finalmente nos detuvimos. Mateo se aferró a mí con todo el cuerpo temblando, yo apenas podía respirar. El Carnotaurus, frustrado, rugió una ultima vez y se alejo hacia una zona menos poblada.
Esa noche, mientras el cielo se oscurecía sobre Juan griego, supe que todo había cambiado. Lo que antes era rutina, paz, infancia, ahora estaba marcado por el miedo. El mundo había cambiado, la promesa de la tranquila vida costera había sido reemplazada por la constante amenaza de un pasado que se negaba a quedarse enterrado.
Jogladmar L.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.