El Último Amigo del Ártico 

Esta es mi historia. No estamos en el futuro, es hoy, julio de 2025, donde la IA y la robótica están dando pasos agigantados. Tengo 36 años, este mes voy a cumplir 38. Soy un surfista en busca de aventuras, y un amigo lleva años con la idea remota de ir a surfear una ola que solo se conoce por historias contadas entre personas que fueron pasando de generación en generación. Esta ola parece haber sido surfeada por muy pocas personas, lo que nosotros solemos llamar un secret spot. Este lugar paradisíaco se encuentra en Alaska, donde muy pocos pueden llegar. La ola está en el Océano Ártico, en el mar de Beaufort, lo más al norte que se puede llegar. Estamos muy equipados para este viaje: llevamos trajes de neopreno súper gruesos y modernos, con telas muy flexibles, y además cuentan con mantas térmicas que pueden llegar a resistir las temperaturas más bajas que puedan existir.

Perdón por mi mala educación: me llamo Matías, y esto comienza en Argentina. Mi amigo Eduardo tiene un conocido canadiense, piloto, que posee una avioneta y vive en la Columbia Británica, en un pueblo llamado Prince Rupert. Volamos hacia allá y conocimos a Tom, un viejo loco aventurero, sin miedo al éxito y fascinado con la idea de viajar a Alaska. Entonces estábamos listos. Ya en Prince Rupert nos disponemos a volar; llevamos los trajes, ropas de abrigo, yo tengo un poncho ya que soy muy nacionalista, y comenzamos la travesía.

Tom decide salir un día soleado, debido a los fuertes vientos o tormentas que nos podíamos llegar a cruzar en el camino. Tom decía conocer bien la ruta, así que, con su confianza, arrancamos el viaje. El vuelo viene tranquilo, pero como no tenemos suficiente combustible debemos hacer una parada en Dawson City, territorio del Yukón. El viaje hacia el Yukón fue mágico, la cantidad de paisajes que logramos ver nos volvió locos a todos. El día que hicimos la parada en el Yukón fue algo agitado. Noté que Tom estaba desesperado por llegar a destino, y sin muchos rodeos ni preámbulos frenamos, cargamos combustible y volvimos a salir, sin descanso.

A las dos horas de vuelo empezó lo que sería el comienzo del fin. Nunca sentí tanto miedo en mi vida. Entramos en una tormenta donde la avioneta parecía una pelotita rebotando por todas las paredes de una casa; íbamos rebotando con burbujas de aire, pozos de aire, para arriba y para abajo. Tom nunca perdió la fe, nos gritaba (aunque teníamos los auriculares para comunicarnos) de la emoción de que estábamos cerca. Yo, muy asustado, me aferraba a mi rosario —soy creyente— y recitaba el Padre Nuestro con los ojos cerrados. Hasta que sucedió lo impensado: Tom perdió el conocimiento y la avioneta comenzó a caer en picada. El terror se apoderó de mí. Eduardo, que estaba al lado de Tom, trataba de reanimarlo, gritándole y sacudiéndolo para que se despertara. Fueron segundos o minutos, no sé decirlo con exactitud, pero yo seguía con los ojos cerrados, recitando cada vez con más fuerza el Padre Nuestro. Todo fue muy rápido; lo último que recuerdo es escuchar a Eduardo gritándole: “¡Toooom, Tooooom!” seguido de un fortísimo impacto que me dejó totalmente inconsciente.

No sé cuánto tiempo pasé en ese estado de inconsciencia, pero un frío y fuerte viento, junto con nieve cayendo del cielo, me despertaron. La avioneta ya no estaba, Tom ya no estaba, Eduardo ya no estaba. Mi primera imagen al despertar fue un campo gigantesco blanco, todo blanco. La avioneta se había partido en dos y la parte de adelante ya no estaba. La parte donde yo me encontraba atado, que era la de atrás, había quedado incrustada entre unos árboles que al parecer me salvaron la vida. Yo estaría atado a unos tres metros del suelo, colgando, con el asiento mirando hacia abajo. La vida entera se me pasó por la cabeza: todo, mis seres queridos, los momentos vividos. Pero no podía quedarme ahí atado, tenía que hacer algo, buscar algo. Yo había visto Viven y también el remake del año anterior, siempre fui un aventurero, pero nada se comparaba con esta desolación. Decidí soltarme el seguro sin dejar de agarrar el asiento, ya que si había cosas en los restos de la avioneta que estaban conmigo, debía tirarlas conmigo porque luego no iba a poder trepar. Por suerte estaba una mochila con algunos escasos víveres, la tiré y luego salté. La profundidad de la nieve amortiguó la caída y no me pasó nada. Agarré la mochila y comencé a caminar en busca de algo, no sé de qué, de algo. Estaba muy asustado, no podía encontrar la parte delantera de la avioneta por ningún lado. Todo era blanco, y algunos árboles.

Estaba decidido a caminar en dirección al sol, ya que entiendo que se pone en el oeste y me podría llevar a algún pueblo o ciudad cerca de la costa, al menos ese era mi pensar, no sabía dónde estaba. Caminé por horas, se estaba empezando a poner oscuro, y decidí pasar la noche en una pequeña cueva. Tenía muchísimo frío, pero gracias a Dios el poncho servía de aislante; ahí empecé a entender a mis antepasados. Esa noche dormí con mucho miedo, terror, pero al mismo tiempo había una paz inmensa. Los sonidos eran hermosos, pura naturaleza, por momentos no había ruido, nada, y el cielo despejado; vi luces raras en el cielo pero me imaginé que podían ser las famosas auroras boreales. Me dormí profundo.

Con la primera luz me desperté y decidí seguir camino. Tenía hambre, así que comí una barrita de cereal que tenía en la mochila, que pude rescatar del avión. Seguí caminando cuando pasó lo que jamás creí que iba a pasar: vi un oso polar. Ahí me di cuenta de que estaba al norte de Alaska, y no donde yo creí. El oso estaría a unos quinientos metros de distancia, era enorme. Me vio. Ahí sí creí que era mi fin. El oso, hambriento de seguro, comenzó primero a dar pequeños pasos muy tranquilos hacia donde yo estaba. Yo, muy tranquilo, empecé a volver hacia donde había estado, despacio, sabía que no tenía que correr: estos animales son rápidos, y si corría me atacaría. Pues de nada sirvió, ya que el oso continuaba mis pasos. “¿Qué hago?”, pensé. No hay forma de escapar; si trepo, el oso trepará, si corro, el oso correrá, así que seguí caminando. El oso me siguió horas, hasta que el sol comenzó a caer. Con lo poco que me quedaba de energía seguí caminando. Tenía los pies entre mojados y entumecidos, estaba cansado, no podía más. El oso no iba a parar hasta comerme. Hasta que vi un río y pensé en meterme y que me llevara a donde sea que fuera, preferible morir congelado que masacrado por el oso polar. Al menos ese fue mi pensar. Cuando me acerco al río, a lo lejos veo algo raro, era blanco con pelos, de tamaño aproximado de unos seis metros de largo; no podía ser un oso. Se me cruzaron muchas cosas por la cabeza hasta que dije: chau, estoy atrapado, es el río o me come el bicho raro que viene a lo lejos o me come el oso, que estaba a unos trescientos metros aproximadamente.

Cuando estoy por saltar al río, el animal de extraño porte hace un ruido muy fuerte, jamás había oído algo así; me hizo acordar a los velocirraptores de Jurassic Park, no lo podía creer. ¿Era un dinosaurio? ¿Podía yo estar en presencia de un animal que debió haber sido extinto hace 70 millones de años? ¿Qué estaba pasando? Era un momento único. No podía saltar al río y perderme esto; iba a morir congelado de todas formas, así que decidí hacerme bolita en la nieve y dejar que pasara lo que tuviera que pasar. El oso, ya a muy poca distancia, tenía más ganas de comerme que de otra cosa, pero cuando el oso notó u olfateó al dinosaurio, cambió totalmente de dirección. Ahora yo ya no era la presa, esto iba a ser una batalla entre ellos. Yo ya había pasado a un segundo plano. Ambos empezaron a acelerar el paso de a poco hasta que comenzaron a trotar, el oso en cuatro patas y el dinosaurio en dos, cada vez más rápido, hasta que se encontraron. Nunca había visto algo semejante: fue una pelea muy reñida. Las garras del oso eran fuertes, y el dinosaurio no tenía brazos chiquitos; cuando logré verlo bien de cerca me asombré, era una mezcla de tiranosaurio rex en miniatura, con un velocirraptor y un oso polar, con brazos largos y unas garras asombrosas.

El oso fue el primero en lastimar al dinosaurio; se paró en dos patas para tratar de igualar su altura, pero el dinosaurio era muy ágil, más que un oso, que ya de por sí son súper ágiles. Cuando el oso lanzaba garrotazos, el dinosaurio se movía de lado a lado, confundiéndolo, y le iba clavando esas garras gigantes que tenía, lo iba rayando todo. El oso polar ya no era completamente blanco, se notaba un rojo intenso en todo el torso, estaba lastimado y cada vez sus movimientos eran más lentos, hasta que el dinosaurio dio el golpe final. Fue asombroso, parecía una película de Steven Spielberg y yo era el único aficionado presente. El oso, lento y moribundo, fue rematado cuando el dinosaurio pegó un salto y le mordió la cabeza de tal forma que el propio peso del dinosaurio quebró la cabeza del oso y lo mató.

El dinosaurio se lo comió lentamente, de momentos me miraba, yo aún hecho bolita. De a poco fui ganando confianza y pensé: “Chau, muerto por muerto, no tengo nada que perder”, y de a poco fui saliendo de esa postura de bolita y me fui incorporando. Cuando me paré nos miramos fijo con el dinosaurio, no sentí miedo. Esta vez no fue como con el oso, creo que el bicho estaba tan confundido como yo; los dos nunca habíamos visto a la otra especie. Así que me acerqué muy despacito hasta llegar a él. El dinosaurio agachó la cabeza y yo, muy despacio, como cuando vas a tocar un perro que no conocés, deposité mi mano sobre su cuello. No tenía piel dura como los reptiles, era una piel suave y hermosa, lo más suave que había tocado en mi vida siendo un ser vivo.

De a poco fui ganando confianza, y el bicho también conmigo. Sentí una conexión inmediata: el dinosaurio me ofrecía su banquete, quería que comiera del oso. Yo no tenía más comida, así que ya en esa situación y después de haber visto la película Viven dije: a la mierda, me como un poco del oso crudo, y comencé a comer a la par del dinosaurio. Sin darme cuenta estaba formando un lazo con un animal jamás visto. Luego de comer, el dinosaurio quería que nos fuéramos juntos, yo me daba cuenta, caminaba y frenaba, y me miraba, y así repetidas veces. Yo estaba muy cansado y tenía mucho frío. Se acercó a mí e hizo un movimiento extraño con el cuello. ¿Quería que lo montara?, pensé, y luego repitió el movimiento. Sí, me dije a mí mismo, quería que lo montara. ¡Así que lo monté! Fue increíble. El bicho comenzó a correr en la nieve, e íbamos a una velocidad asombrosa, era muy feliz. ¡Estaba montando un Therizinosaurus sin saberlo!

El bicho me llevó a una cueva que al parecer era su casa. Dormí abrazado a él, y su calor corporal me ayudó a pasar la noche. Al día siguiente me subí a su espalda y comenzamos a recorrer su territorio. No le quise poner nombre porque no era necesario, él era algo único y no lo iba a domesticar. Yo creí que me iba a quedar toda la vida con él, pero lamentablemente no sucedió, sino no les estaría contando esta historia. Al cabo de un tiempo —no sé cuánto exactamente, pudieron haber sido semanas o meses— yo ya era un neandertal u hombre de las nieves, comía carne cruda o sobras que me dejaba el dinosaurio. Empezamos a cazar en grupo: yo hacía de carnada y él los descuartizaba, éramos un dúo asombroso.

Hasta que llegó el hombre, y lo arruinó todo. Sí, el ser humano. Como siempre, todo lo que tocamos lo arruinamos. Un día nos encontramos con una expedición: había tractores de nieve y vehículos militares que jamás había visto. Sabía que ese era el fin de algo hermoso, pero no quería que lo lastimaran al bicho. Los humanos habían montado un campamento, nosotros los veíamos a lo lejos. Era tal la conexión que sentí con el animal que ya nos comunicábamos solamente con miradas. Ambos sabíamos que era el fin, así que esa noche cenamos el oso polar más rico que había comido en meses. Nos abrazamos, lloré, sí, lloré mucho. Sabía que debía volver. Con una mirada le hice saber que no me siguiera, que era peligroso, que los otros no eran como yo. Él me asintió con la cabeza y me dejó ir. Estaba triste, tenía una mirada que me partió el alma en dos, pero no me siguió, me dejó partir.

Luego de una hora de caminata aproximadamente, llegué al campamento humano. Me veían como un bicho raro a mí. Al principio me tuvieron miedo, luego les conté que mi avioneta se había estrellado y que había sobrevivido gracias a la ayuda de un oso polar. Fui noticia mundial. Hoy en día les estoy contando esto desde mi cálido sillón en Argentina. Nunca más volví, no sé cómo volver. Lo único que espero es que el dino me recuerde. Leí mucho sobre su especie y tengo entendido que tienen un sentido del olfato muy fuerte y que jamás me olvidaría. Mi olor quedará por siempre en él, así como la suavidad de su pelaje y la ternura de su mirada quedarán en mí.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 11
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.