La verdad, entré a ver Jurassic World: Rebirth con bastante esperanza. Digo, ¿quién no querría volver a un mundo dominado por dinosaurios? Todavía me acuerdo de la primera vez que vi Jurassic Park de Spielberg. Tenía seis años y me voló la cabeza. Esas bestias prehistóricas eran tan hipnóticas que hasta pasé por una etapa en la que quería ser paleontólogo. Así que cuando vi el póster de Rebirth, pensé que esa emoción perdida podía volver de golpe. Spoiler: no volvió.
Cuando se encendieron las luces, no me sentí emocionado ni nostálgico. Me sentí... vacío. No es que fuera un desastre como Fallen Kingdom o Dominion, que directamente parecían pelis clase B con presupuesto. Esta tiene otro tipo de problema. Todo se siente armado por un algoritmo. Como si ChatGPT la hubiera dirigido con una checklist en mano. Cada giro de guion, cada escena, es predecible. Podrías adivinar lo que viene y acertar el 90% del tiempo. Sí, hay dinosaurios de todos los tipos y tamaños en pantalla, pero ninguno te pega como esa escena de 1993 con el T-Rex y el vaso de agua vibrando.
Lo que realmente hunde a Rebirth, para mí, son los personajes. O más bien, la falta de personajes reales. Parecen marcadores de posición en una presentación de Google Slides. No son personas, son funciones narrativas. "Acá va el drama familiar", "ahí poné una historia triste de fondo". ¿Cuál era el sentido de esa subtrama con la familia de cuatro? Si cortaban todas sus escenas, no cambiaba absolutamente nada. Sus decisiones no tenían lógica, y estaban ahí solo para disparar la siguiente escena de acción.

Toda la película se siente como un Frankenstein de otras pelis. El primer acto intenta ser Jaws con sustos baratos. El medio se va por el camino de Kong: Skull Island y Indiana Jones. Y al final... juro que sentí vibras de Alien. Y yo pensando: ¿qué tiene que ver esto con Jurassic? Terminó siendo un collage desordenado de éxitos de taquilla, pero sin latido propio. El equipo se enfocó tanto en mostrar qué puede hacer la tecnología que se olvidaron del poder de la sutileza. Cambiaron el "menos es más" por el "TODO es más". Y sí, tuvimos más dinosaurios. Pero perdimos la sensación de asombro. Y todo ese espacio para imaginar también se fue.

Me hace pensar en esta moda de hoy de buscar cantidad antes que calidad. Más contenido. Más funciones. Más cosas. Pero todo ese "más" se siente... vacío.
Volvé a Jurassic Park de Steven Spielberg . Lo que la hizo un clásico no fueron solo los dinos. Fue la contención. La espera. No te tiraban un T-Rex en la cara a los cinco minutos. Te daban sombras, sonidos, tensión. ¿Te acordás ese momento en la camioneta? Los chicos sentados, el estruendo de los pasos a lo lejos, el vaso de agua temblando... Eso era puro cine. Sentías al dino antes de verlo. Te hacía contener la respiración.
También está esa escena con Lex temblando con la linterna, iluminando la silueta borrosa de una cabeza de T-Rex. Esa amenaza latente, que podría atacar en cualquier segundo, es mil veces más efectiva que cualquier ataque dino a todo volumen. O la primera vez que vemos a los dinosaurios, con ese paneo lento mientras giran la cabeza y los doctores Grant y Sattler se quedan sin palabras. No hace falta decir nada. Sus caras lo dicen todo. Eso es magia del cine.


Y también los personajes estaban construidos con ese mismo cuidado. Se notaba la tensión entre ellos, los choques, pero también la confianza. Como cuando el Dr. Grant pasa de detestar a los chicos a arriesgar la vida por ellos. Su miedo se sentía real. Sus decisiones tenían sentido. Había arcos de transformación que te metían en la historia, te hacían conectar.
Pero lo que más extraño es la sensación de maravilla. Spielberg trataba a los dinosaurios como dioses antiguos. No eran monstruos, eran fuerzas de la naturaleza, con poder y misterio. Y los humanos jugaban a ser Dios y la naturaleza les daba un sopapo. Esa idea de "el hombre contra la naturaleza" y "la vida siempre se abre camino" no era solo una frase pegadiza. Era la columna vertebral de la película.
¿Ahora? Las nuevas entregas de Jurassic World son puro presupuesto. Más peleas. Más rugidos. Más dinosaurios por segundo. Como si tirar suficiente CGI a la pantalla fuera suficiente para provocar algo. Pero no. Se están perdiendo el punto. Las mejores películas no solo te entran por los ojos. Te pegan en el pecho. Te hacen sentir. Y eso requiere tiempo, paciencia y una buena historia.
Extraño ese cine que no quería apabullarte, sino conmoverte. Que sabía cuándo frenar. Estilo Hemingway, sin adornos, pero con impacto. Una gran película no necesita gritar para que la escuches. A veces los momentos más silenciosos son los que más te sacuden.
Capaz estoy siendo nostálgico. Capaz estoy demasiado pegado al pasado. Pero todavía creo que hay cosas que no pasan de moda. La curiosidad, el asombro, ese respeto visceral por lo desconocido, y el poder de contar una historia que confía en que el espectador puede sentir, no solo mirar.
Cuando una franquicia olvida lo que la hizo especial al principio, lo que queda es algo ruidoso y brillante, pero sin alma.
¡Nos vemos pronto para seguir reflexionando sobre cine!




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