“El último refugio”  

Si los dinosaurios vivieran hoy, no estaría escribiendo esto desde la comodidad de mi casa, eso es seguro. Viviríamos en ciudades amuralladas, con sensores térmicos y torretas automáticas vigilando los perímetros día y noche. Y sí, yo sería parte de la Resistencia.

Todo comenzó diez años atrás, cuando un experimento de ingeniería genética salió mal —o muy bien, dependiendo de a quién le preguntes. Un grupo de científicos recreó a un pequeño grupo de dinosaurios para fines científicos, pero no previeron que su tasa de reproducción sería tan acelerada. En menos de cinco años, los continentes estaban plagados de criaturas gigantescas, carnívoras y territoriales. Las fuerzas armadas del mundo intentaron contenerlos, pero ¿cómo luchas contra depredadores de 15 metros de altura con instinto de caza y piel a prueba de balas?

Mi nombre es Lara, tengo 27 años y soy exploradora. Trabajo para la ciudad de Nova Esperanza, uno de los últimos refugios humanos en Sudamérica. Nuestra misión es recolectar recursos más allá de la muralla y, cuando es posible, rescatar sobrevivientes de las zonas rojas.

Ese día, el aire olía a tierra mojada y algo más… algo agrio. Mi compañero Diego y yo habíamos salido en una misión rutinaria para buscar combustible en lo que antes era Medellín. Caminábamos entre autos oxidados y vegetación que crecía sin control, cuando el rugido estremeció el suelo.

—¡T-Rex! —gritó Diego, apuntando hacia la colina.

Corrimos. No había otra opción. El monstruo rompió árboles como si fueran palillos. Era más rápido de lo que parecía, y cada zancada lo acercaba más. Encontramos refugio en una vieja estación de metro, ahora cubierta por raíces y oscuridad. Nos metimos sin pensarlo.

Adentro, solo teníamos nuestras linternas y dos rifles de energía que apenas servían para ahuyentar a los carnívoros medianos. El T-Rex no era uno de esos. Escuchábamos su respiración pesada y sus pasos retumbando sobre la tierra.

—Nos está oliendo —susurré.

Diego asintió, pero en sus ojos vi que tenía otro plan. Sacó una esfera metálica de su mochila: una granada sónico-luminosa.

—Voy a lanzarla y correr en dirección contraria. Tú aprovechas y vas al punto de extracción.

—¡Estás loco! ¡Te va a matar!

—Solo si no corro lo suficiente.

Le abracé con fuerza. Y luego, sin tiempo para lágrimas, él se fue.

Desde mi escondite, vi la explosión de luz y escuché el chillido de la bestia. Después, silencio.

Diego no volvió.

Cuando el helicóptero me recogió en la azotea del antiguo hospital San Vicente, llevaba en el pecho la insignia de Diego. Él había muerto como los grandes: salvando a otro.

Hoy, la ciudad guarda su nombre en el Muro de los Valientes. Yo sigo saliendo, sigo luchando. Porque aunque los dinosaurios reinen la tierra, nosotros aún conservamos algo que ellos no: el espíritu de resistir.

Y mientras quede un humano de pie, esta historia no habrá terminado.

El humano juega a ser dios y eso es extraordinario hasta cierto punto en dónde no se vaya a volver víctima de su propia creación.

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