Una carta de amor a One Piece 

Siendo una niña latinoamericana en los 2000’s, nunca tuve mucho acceso a producciones japonesas. Recuerdo claramente cuando estaba en primer grado, haber visto Ponyo en el Acantilado (dir. Hayao Miyazaki) en una función en el teatro de mi escuela y salir completamente maravillada (y cantando la misma canción hasta que mi mamá se hartó).

Sin embargo, más allá de aquellos espacios, no era fácil acceder a los animes por medios tradicionales (más allá de Candy Candy y Heidi). No lo pasaban por cable, porque Disney, Nickelodeon y Cartoon Network estaban en su época dorada y en este lado del hemisferio vendía mucho. Cuando llegué a la adolescencia, empecé a ser más consciente del género aunque no lo consumía.

El primer anime que vi fue producido por MAPPA Studios, se llamaba Yuri!!! on Ice. Una historia cliché, algo incómoda pero que era divertida de ver y te hacía empatizar con los personajes. Pero más importante aún, captó mi atención. A partir de allí empecé a ver esporádicamente películas y series que me gustaron. Sin embargo, no importaba que viera, siempre había una serie que jamás salía de las recomendaciones.

Siempre tuve un prejuicio con One Piece ¿Mil capítulos? ¿Cómo podría ser una buena historia si se tiene que extender tanto? Mi respuesta a eso siempre fue ”NO, ¿de dónde crees que voy a sacar el tiempo para ver tantos episodios?”.

Pensé que la había descartado para siempre, hasta que un problema de salud mental me mantuvo encerrada en mi casa por aproximadamente un mes. Sola con mis pensamientos, adormecida por la medicina y sin nada más que hacer, se me cruzó la adaptación Live Action y por fin, después de años de negación, dije ¿Porqué no?

Me conmovió al punto de llorar. Fue el abreboca a un mundo extremadamente bien construido, con personajes entrañables hasta los huesos y una trama profundamente esperanzadora, que te daba los elementos para interesarte sin darte demasiada información.

Tengo que ver el anime”.


Al principio pensé que tenía poca dinámica, pero tenía sentido considerando la época en la que salió la serie y el ritmo tan descomunalmente rápido al que estamos acostumbrados hoy en día. Aún así decidí continuar viéndola por la buena impresión que me había llevado de la adaptación y Oh. Por. Dios.

Me encontré con un mundo complejo que se rige por un sistema tan roto y excluyente en el cual dolorosamente nos vemos reflejados. De igual manera, vemos una gama tan amplia de personajes que uno podría pensar que es insostenible, pero todos y cada uno de ellos están minuciosamente pensados por su creador Eiichirō Oda.

No solo les da una personalidad y una historia bastante completa, si no que más allá de encerrarlos en las categorías de buenos o malos nos los presentan como seres que hacen lo que creen correcto con las herramientas que les brindaron.

Y esto abarca una infinidad de corrientes filosófica y políticas que se ven reflejadas en cada personaje que aparece en la trama. La mayoría de ellos víctimas de este sistema tan asquerosamente corrupto. Es por eso que encuentran en Monkey D. Luffy al protagonista perfecto para esta historia. Un muchacho de goma que lleva el concepto de libertad a otro nivel. No solamente lo encarna como forma de vida, sino como un derecho sagrado.

El mismo lo dice en una conversación con Silvers Rayleigh (anteriormente mano derecha del difunto Gold Roger) durante el arco de Sabaody:

“¿Crees que puedes conquistar océanos tan poderosos?

No voy a conquistar nada. El que es más libre es el rey de los piratas.

Luffy no quiere conquistar a nadie, porque simplemente no lo necesita y eso, por más paradójico que pueda parecer, le ha traído más aliados que enemigos. Se ha vuelto con el tiempo y mediante sus acciones un símbolo de liberación tan importante en su mundo, que es inevitable que para nosotros en la cuarta pared no lo sea.

(Yo siempre he dicho que si le damos un falafel a Luffy, libera Palestina).

Por supuesto, su tripulación no se queda atrás. Todos representan un valor que le hará falta para llegar hasta el One Piece. Fuerza, sabiduría, astucia, compasión, bravura, inquebrantabilidad, ingenio y ¿porqué no? Incluso miedo. Todos sus camaradas tienen sus virtudes, pero yo particularmente tengo una afinidad por uno en especial.

Aunque podría hablar por siglos de Nico Robin sin cansarme, no quiero encasillarme sabiendo que hay un mar de gente que junto con ella ha hecho la diferencia en esta historia.

Claro que One Piece no es perfecta. Tiene muchos defectos narrativos, huecos argumentales y es tan enormemente larga que a veces es difícil manejarla. Además que tengo un problema con la hipersexualización de personajes femeninos en el anime. Sin embargo, estos problemas no opacan su esencia.

One Piece no es perfecta, pero es una historia profundamente humana. Cuyo mensaje principal es que el camino hacía liberación se sostiene en base a la esperanza y que la única manera de construirlo es en conjunto.

Hoy después a casi dos años de empezar a verla puedo decir que ha sido parte importante de mi proceso emocional. Siendo una especie de bote salvavidas en medio de la tormenta, que me recuerda la lección más importante de todas (dicha por uno de mis personajes más queridos):

LIGHT

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