¿Qué hacen un boliviano con ínfulas de comediante, una transexual, un hombre ciego, una chica en silla de ruedas, un enano, un gordo, un anciano y un judío –que encima es tan apático que podría ser autista, según dice alguien– en una comisaría? La pregunta podría haber sido formulada hace 30 años como inicio de uno de esos chistes ante los que hoy más de uno torcería la cabeza y (casi) nadie hace. Pero corresponde a la premisa de División Palermo, la serie de Netflix que acaba de estrenar su segunda temporada y que demuestra que en la Argentina todavía es posible hacer humor afilado y sin miedo al qué dirán y a la ofensa.
Ofendidos y dominados
Y eso que la ofensa es parte del menú cotidiano del argentino promedio. Es también una de nuestras grandes hipocresías, porque nos importa menos que el sistema funcione en base a preceptos y concepciones anticuados que cuidar las formas para que nadie se sienta lastimado con la palabra. De allí, entonces, que buena parte del humor nacional influenciado por la tradición estadounidense del stand up se limite a narrar situaciones que los guionistas asumen como “típicas” y con las que se busca la empatía de un espectador tan idealizado como los escenarios planteados. Así que ya saben: si ven un show de stand up que comienza con un “vieron cuando aprietan el dentífrico por el medio” o algo por el estilo, más vale salir corriendo, porque lo que vendrá será una parva de lugares comunes y generalizaciones.
El resultado es que en la tierra de grandes capo cómicos (de Alberto Olmedo a Enrique Pinti, de Antonio Gasalla a Diego Capusotto) hoy prácticamente no hay humor en serio. En serio, vale aclararlo, no es lo mismo que “serio”. Por en serio me refiero a que se tome muy a pecho su objetivo sea hacer reír a como dé lugar y, a través de ese gesto cuya espontaneidad lo vuelve imposible de replicar sin que se note, revelarnos alguna faceta del mundo que nos incomoda. Vaya uno a saber en qué momento de la historia reciente cayó en el olvido la idea –acertada, precisa– de que si alguien se ofende con un chiste es porque ese chiste le hizo ver algo de sí mismo o de su entorno que no le gusta. No culpen a la comedia de sus asuntos no resueltos y vayan al psicólogo o a tomar unas cervezas con algún amigo que les preste la oreja. No maten al comediante.

Hay, claro, lugar para excepciones. Hace unos seis años se estrenó un documental llamado Stand-up villero, que mostraba el día a día de tres comediantes nacidos y criados en villas de la provincia de Buenos Aires: la materia prima humorística de estos hombres que durante el día trabajan (en negro) en fábricas o haciendo muebles no son las citas que salen mal ni ninguno de esos “white people problems”, sino las drogas, los planes sociales, la marginalidad y la precarización laboral, entre otros temas de altísima sensibilidad. Tiene, de hecho, un chiste sobre el aborto que debería entrar en los anales de la historia como una de las cosas más incendiarias del siglo XXI. Es tanto crudo y visceral como honesto y sincero.
¿La Nueva Comedia Argentina?
Pero basta de vueltas y volvamos a lo que nos ocupa hoy, que es División Palermo. La serie creada y protagonizada por Santiago Korovsky asoma como una bienvenida excepción de múltiples niveles. Uno de ellos es que recorre los caminos de las comedias policiales estilo Brooklyn Nine Nine o Policías de repuesto, que por estos lados se han transitado poco y nada. El otro, y más importante, es que representa una bocanada de aire fresco en medio de la asfixia timorata.
Quizás se debe a que Korovsky es, como Martín Piroyansky –quien nada casualmente aparece en la segunda temporada–, un hombre que ha madurado junto a la Nueva Comedia Americana, corriente de la que ambos se nutren de manera evidente. De ella la serie toma el absurdo generalizado, la “democratización” del humor que significa darles su oportunidad de lucimiento a los personajes secundarios (ocurre muy especialmente en la primera temporada), la utilización de cualquier situación de la trama o elemento de la puesta en escena como disparador cómico o el desajuste interno de la troupe respecto a su contexto.

Toma también un estilo de humor donde la incorrección política asume el mando con una seguridad poco frecuente en la industria nacional. Así ocurre especialmente en sus primeros episodios, pródigos en chistes sobre las particularidades físicas de sus protagonistas. No es, desde ya, una ofensa gratuita. Por el contrario, en su humor afilado radica uno de los propulsores del relato, en tanto el disparador de la primera temporada es la creación de una guardia urbana con personas de distintas minorías con el objetivo de mostrar una gestión inclusiva que lave la imagen de una institución con pésima reputación como la policía. La idea es de un gobierno al que nunca se menciona con nombre propio, aunque por sus características (la ministra de seguridad deseosa de cámara a cargo de la actriz Valeria Lois, por ejemplo) no es difícil trazar un paralelismo con el presente.
Es así que se conforma esta particular división a la que Felipe (Korovsky) llega por error, justo después de que le roben la indemnización que le dio su padre para que busque nuevos rumbos tras echarlo de la empresa familiar donde trabajaba. Por si fuera poco, en la primera escena es dejado por su novia justo cuando estaban comprando una cama para la inminente convivencia (porque Felipe sigue viviendo con sus padres).
El muchacho, al que todo parece darle lo mismo, termina con el uniforme de la flamante unidad comandada por Miguel (Daniel Hendler) y, en la primera temporada, enredado junto al resto de sus compañeros en una trama delictiva que involucra a una banda timoneada por el dueño de una juguetería (Alan Sabbagh) y sus malévolos asistentes (Iair Said y Carlos Belloso). Mientras tanto, en la comisaría él y sus compañeros son basureados una y otra vez por dos policías “en serio” a cargo de Charo López y Martín Garabal.

La primera temporada de la serie avanza gracias a varias subtramas: el interés romántico de Felipe por Sofía (Pilar Gamboa), la relación entre los integrantes del grupo –a quienes, como mandata la comedia, los une menos el amor que el hecho de ser descastados–, los conflictos personales de Felipe, los choques con sus colegas y superiores y el intento de resolver el caso policial. En la segunda temporada se repite buena parte de esta mecánica, aunque maximizada por el hecho de que la guardia ha sido un éxito y ahora quieren replicarla en distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires. Continúa también la relación entre Felipe y Sofía, al tiempo que el caso que hila los seis episodios está vinculado con los negocios oscuros del dueño de una cafetería.
¿Que no todos los episodios funcionan? Puede ser, especialmente en la segunda temporada. Pero eso puede deberse a que Korovsky creó la serie rodeando una serie de chistes sueltos con una trama, tal como ha reconocido en varias entrevistas. Y es que lo central aquí no pasa por la profundidad dramática o la verosimilitud de lo que se cuenta, sino por la manera en que nos vemos reflejados en ese espejo deformante que es la comedia.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.