Tras la llamada “trilogía del trabajo" donde con las claves del realismo social, y junto a su actor fetiche Vincent Lindon, realizaba una aguda crítica a las consecuencias de las políticas neoliberales aplicadas en los últimos años en Francia, el director francés Stéphane Brizé vuelve, en su última película, al realismo intimista de sus comienzos.
Si en No estoy hecho para ser amado (Je ne suis pas là pour être aimé, 2005 )se trataba de un rutinario y amargado oficial de justicia en la madurez de su vida que, bailando tango con una joven que vacilaba respecto de su casamiento, recuperaba el entusiasmo por la vida; en Fuera de temporada (Hors-saison, 2024) también se trata de un drama romántico narrado desde el realismo psicológico en el cual se observa y es clave, el crecimiento del director a lo largo de su filmografía en lo que hace al manejo más consciente de los recursos formales con los cuales narrar su historia.
El comienzo de la película está trabajado con las claves de la comedia física en la escena del drenaje linfático y de la cafetera, para dar cuenta de que algo no anda, para presentarnos la crisis personal y profesional en que que se encuentra el personaje de Mathieu (Guillaume Canet), que se vehiculiza en su desfasaje frente a la tecnología con respecto al paso del tiempo. Mathieu es ahora un actor de cine reconocido en la mediana edad (con canas, entradas y anteojos para leer), que está en pareja con una exitosa periodista del noticiero central con la cual tiene un hijo de 11 años, y se encuentra estancado en la vida. Había decidido realizar su primera incursión en el teatro, pero abandonó intempestivamente la obra cuatro semanas antes de su estreno. En medio de esta crisis, se ha tomado unos días en un lujoso hotel con spa en la zona de Bretaña, precisamente en fuera de temporada invernal; para descansar, leer guiones y reflexionar sobre los próximos pasos a dar en su carrera como actor, pues nada de lo que le ofrecen parece estimularlo.
En medio de su apática estadía, Mathieu recibe un mensaje de Alice (Alba Rorhwacher), una profesora de piano que vive en la zona, que se encuentra casada y tiene una hija que está pronta a cumplir 15 años; y que además fue su ex-pareja hace 15 años atrás. Se trata entonces de una drama romántico de segundas oportunidades; donde prima la nostalgia por aquello que no fue y la posibilidad de saldar cuentas y heridas del pasado, que tan doloroso resultó para Alice, pues Mathieu la abandonó, sin decir nada.

El prólogo de la película está muy bien construido desde lo formal; pues es de por si elocuente respecto del tono que va a adquirir la continuación de la película y su desenlace; que no apunta al clásico final feliz de reconciliación y restauración de la pareja; sino a la lógica del reencuentro que habilita una transformación en cada uno de ellos, aún tomando caminos separados.
En el prólogo, la música del piano; el frío y el cielo plomizo de la temporada invernal, la paleta de colores fríos y apagados donde predomina el blanco y el gris impersonal; así como el azul en la locación del hotel; ya cifran el tono nostálgico, amargo y los sentimientos de vacío que atraviesan a ambos protagonistas. El aspecto un tanto desaliñado y taciturno de Mathieu, así como su vestimenta de color oscuro; cifran también sus sentimientos de monotonía, desencanto y frustración. Por otra parte, los encuadres fijos y sostenidos en momentos clave del encuentro entre los amantes establecen un marco en el cual se desarrollen naturalmente las emociones de los personajes y al mismo tiempo un estilo contemplativo para el espectador.
La película está organizada en una suerte de actos que giran entorno a los encuentros entre ambos protagonistas, tras los cuales el montaje en paralelo va estableciendo el devenir cotidiano de cada uno; Mathieu con sus tratamientos saludables y relajantes; y la lectura de sus guiones; Alice en la rutina de sus clases de piano y sus momentos junto a su esposo y su hija.
El director hace un eso interesante del simbolismo del paisaje como por ejemplo el mar para transmitir la emociones de los protagonistas; el cual va de la calma aparente del primer encuentro; a lo encrespado y tumultuoso que se pone a medida que se remueven los sentimientos y la heridas no cicatrizadas del pasado. Incluso la vastedad del paisaje desolado por el que caminan, bien sea en la playa o en la costa más escarpada, expresa la soledad y el vacío que habita tras la apariencia de sus felices vidas, pues no son sino vidas de conveniencia, costumbre o comodidad.
El título Fuera de temporada, hace referencia a ese aspecto melancólico anteriormente mencionado, pero también a un fuera de tiempo tanto como suspensión del tiempo cotidiano que es propio del efecto del amor mismo en tanto acontecimiento, como en tanto el desfasaje en el tiempo con que estos amantes pueden decirse de frente aquello que 15 años antes no pudieron decirse. E incluso puede referirse a ese destiempo por el cual el amor no llega a funcionar como conexidad entre las dos orillas diferentes que representan estos amantes.
Siguiendo este último punto, hay un primer momento clave que es el encuentro entre Mathieu y el “deportista místico”. Este le cuenta que ha cambiado su vida en el mundo empresarial por su tarea independiente como entrenador y le transmite su método de trabajo hablando de "la solidaridad entre el interior y el exterior, entre lo que se muestra y lo que se esconde, entre lo que se dice y lo que no se dice". Se trata, en suma, de “la circulación de energías”. Este punto es importante porque para el psicoanálisis el amor opera como un puente que permite que dos modos de gozar (el masculino y el femenino) que son imposibles de complementarse en un uno de la fusión total, puedan entrar en conexión más allá de las diferencias.

Tomando esto, el modo de gozar masculino es cerrado en el punto en que puede prescindir de la palabra, del lazo al otro y abastecerse a si mismo en solitario. Esto lo vemos en Mathieu, al estar centrado en su carrera actoral; donde incluso su pareja parece oficiar como alguien que lo ordena, ayudándolo a trazar la estrategia de su carrera, pero nunca media allí la palabra de amor. Incluso se observa en su reserva respecto de hablar de sus verdaderas emociones y en ese irse, del vínculo con Alice y de la obra de teatro, sin mediar palabra alguna.
El modo de gozar femenino, en cambio, no puede prescindir de la palabra de amor y por ello del lazo a un otro que la ame. De allí la pesadumbre que expresa Alice en su matrimonio, donde está junto a un buen hombre que la quiere; pero donde no parece jugarse algo del amor verdadero ni del deseo. Y todo indica que ella sigue anclada al amor con Mathieu que no superó (lo cual se revela en sus dichos del final de que mudarse a esa zona más que coincidencia fue para volver a encontrarlo), oficiando el marido como un tapón para el dolor de la separación. Por otra parte, Alice más abierta y más franca respecto a sus emociones, confiesa que se arrepiente de no animarse a dejar a su esposo para desarrollarse como compositora, lo cual da cuenta de su dificultad para conectarse (y privarse) con lo femenino en ella misma que está en el goce de la musicalidad, que es lo otro respecto de su rol como esposa, madre, ama de casa y profesora. Se trata de lo más singular de si misma, que mantiene en el orden del secreto, (de lo privado para sí y para los otros), más que en el orden del misterio de lo femenino.
En este punto podemos preguntarnos: ¿es la fama de Mathieu lo que los ha separado, como supone Alice? ¿O la dificultad de ambos para construir ese puente del amor que los conecte a ambos con algo del goce femenino?
Esta cuestión de la soledad de ambos goces que no logran abrirse al otro o a lo otro del amor verdadero, está trabajada desde la puesta en escena con la escena en que Mathieu abre y cierra reiteradamente con el control remoto una puerta de su habitación del hotel, para dejarla finalmente cerrada y por otro lado, en la escena del testimonio de Lucette, la amiga de Alice de 78 años; donde el director va abriendo el plano cerrado de pantalla del celular, a medida que ella se sincere consigo misma y con los demás y confiese su amor por otra mujer, y más aún la decisión de jugarse por ese amor, incluso ya no siendo una joven.
Para ambos protagonistas es claro que en ese reencuentro pasional, uno y otro son una suerte de escape respecto de la medianía de la vida en que se hallan. Alice parece más abierta y jugada que Mathieu, pues es quien sabiendo que estaba en el pueblo se anima a contactarlo, quien lo invita a la fiesta del casamiento y quien sube hasta su habitación para pasar la noche.

Lo que este reencuentro 15 años después significará para Mathieu será poder decir algo de lo no dicho, poder pedir sinceramente perdón por el dolor que en su momento causó y también poder abrirse a que su vida no es tan exitosa ni maravillosa como aparenta. Para Alice será constatar algo que ya se anticipaba con el miedo de Mathieu a arriesgarse a hacer algo nuevo y diferente como es el teatro: que no es capaz de jugársela por el amor hacia una mujer. Alice aunque sigue amándolo, ahora puede asumir la limitación de Mathieu y cerrar la herida de ese pasado. De ahí que le pida en la despedida, que no vuelva nunca más a ese lugar. Es la posibilidad entonces para ella de empezar el duelo por ese amor del pasado. La sutil transformación para ambos se juega desde lo formal con el ingreso de la luz del sol en esa última despedida en el auto, delante del hotel. La despedida es entonces tan amarga como tierna.
Fuera de temporada tiene elementos melodramáticos como el amplio arco temporal de la historia, el pathos de un amor imposible o frustrado, el uso de la música aportando el tono nostálgico y melancólico que acompaña el sentir de los personajes, pero no obstante, es un drama romántico porque estos elementos están empleados con sutileza y discreción; evitando los patetismos exagerados propios del melodrama. Brizé construye entonces, una suerte de melodrama atenuado, pues toma los elementos del mismo pero los presenta de manera contenida, pausada y realista, invitando a una mirada contemplativa y reflexiva, más que emotiva, sobre el desencuentro amoroso.
En la sobriedad y la elegancia de los pequeños detalles, en la química de la pareja protagónica descansa una de las mejores películas de Brizé, que da cuenta de que el amor es un asunto complejo, que es un fuego que se consuma y se consume a un ritmo lento.



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