Pero algunos… jamás se olvidan.
Si te dijera que todo comenzó en una cabaña escondida entre campos de trigo, no me creerías.
Dirías que suena demasiado a novela.
Y, sin embargo… hay lugares que no aparecen en el mapa, pero se quedan grabados en la piel.
Aquel lugar olía a madera vieja, lavanda seca y un poco a verano sin fecha.
Tenía cortinas deshilachadas que bailaban con el viento,
y una mesa de roble donde alguna vez dos tazas se enfriaron sin que nadie las tocara.
Ella estaba ahí.
De pie, entre la luz dorada de las seis y el rumor lejano de un arroyo.
No se movía, pero su pecho subía y bajaba como si intentara contener algo.
El cabello se le desordenaba con el viento y, aun así, parecía perfecta.
Tranquila por fuera, pero con un huracán de cosas que nunca dijo latiendo bajo la piel.
Yo la miraba desde la puerta,
como se miran las cosas que se han amado en silencio:
con devoción, con miedo, con la sensación de que basta un paso para romperlo todo… o para reconstruirlo.
Nos separaban tres metros.
Y toda una vida.
Hubo un tiempo en que su nombre bastaba para que el mundo tuviera sentido.
Pero las reglas, las familias, los silencios forzados, las madrugadas solas…
Todo eso hizo lo suyo.
Y nos fuimos.
Yo hacia donde decían que debía ir.
Ella hacia donde le doliera menos.
Pero el amor —ese amor que arde bajito, que se esconde entre costillas, que resiste incluso cuando ya no se nombra—
nunca se fue.
Solo se quedó dormido…
esperando una tarde como esa.
Y entonces lo entendí.
El olor es mi sentido más agudo,
pero el tacto de su piel…
el tacto de su piel era la sensación más afilada que mi alma haya aspirado a sostener.
Y sí, suena cursi.
Pero si no lo dijera así, no podría explicarte la diferencia.
Porque hay una gran distancia entre amar…
y sentirse amada.
Y en sus ojos —en los de ella— yo fui ambas.
Aunque fuera solo por un instante.
No necesitábamos tocarnos.
Ni siquiera hablarnos.
Estaba todo ahí.
En la forma en que sus dedos rozaban el dobladillo de su vestido.
En la mirada que no se atrevía a volver.
En mi respiración temblorosa.
En el hecho de que ninguna de las dos se había ido realmente.
No te voy a mentir.
No fuimos eternas.
La vida, como siempre, tuvo sus formas de llevarnos por caminos distintos.
Pero ese día…
ese maldito día de cielo naranja y semillas flotando en el aire…
fuimos todo.
Fuimos amor.
Del prohibido.
Del que arde sin permiso.
Del que no se grita, pero se queda para siempre.
Y aunque algunos amores no duren,
algunos…
jamás se olvidan.
“Sí valió la pena… aunque duela respirar sin tu olor, aunque la vida siga y yo me quede oliendo tu ausencia. Porque lo que fuimos… eso no se olvida, ni con el silencio, ni con el tiempo, ni con nadie más.”


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