Snowpiercer tiene un lugar fijo en mis películas favoritas de ciencia ficción, es dirigida por Bong Joon Ho (el mismo de Parásitos y Mickey 17), quien también la coescribió. Tiene la distinción de ser la producción debut del surcoreano en idioma inglés, con un elenco repleto de figuras del cine occidental, empezando con el mismísimo Capitán América; Chris Evans, ganadores del Oscar como Tilda Swinton, Octavia Spencer y John Hurt, otro veterano consagrado; Ed Harris, hasta Spud de Trainspotting aparece aquí (Ewen Breemer) y un muy crecido Billy Elliot (Jamie Bell). Ademas del De Niro de Bong; Song Kang-ho, esta es una de las cuatro colaboraciones entre ambos.

Su historia fue adaptada de una novela gráfica francesa, Le Transperceneige (traducción literal en francés, a diferencia del titulo hispanoamericano, El Tren del Miedo). Esta trata acerca de un extenso tren que recorre sin parar La Tierra, que ha caído en una nueva era glacial provocada por el uso de un químico diseñado para combatir el calentamiento global, los pasajeros de dicho tren son los últimos sobrevivientes de la raza humana y se encuentran en él desde hace 17 años.
Entonces, uno asumiría que el mensaje principal es uno de advertencia a las consecuencias ambientales, pero ese no es el caso. La película limita su discurso ambientalista al prólogo, dejando al frio ártico como el mero escenario donde se desarrollan las acciones. Bong Joon Ho se concentró en reflejar otro tipo de fenómenos, los sociales.
La división de clases
El Snowpiercer es, a fin de cuentas, un tren y como todo tren ha divido a sus pasajeros por categorías: primera clase, económica y los de abordaje gratuito. Así es, el pasaje de salida del fin del mundo tanto se vendió, como se regaló. Y la distinción entre categorías es brutal, los pasajeros de paga tienen acceso a la gran mayoría de los 1001 vagones, con los servicios más exclusivos y exóticos reservados a la primera clase; los que recibieron su salvación sin pagar un céntimo están confinados al ultimo vagón, amontonados en un pasillo interminable de literas, imágenes que se asemejan a un campo de concentración, reforzado por el hecho que se les ha despojado de todo excepto lo absolutamente necesario para subsistir, siendo tratados como un poco más que ganado. En una jerarquía determinada porque tan cerca esta uno del motor al frente de la máquina, ellos son desterrados incluso atrás de la prisión, enfermería y vagón de cuarentena.

Las clases sociales no son algo nuevo en la civilización, básicamente es una dinámica intrínseca de la humanidad, designadas principalmente por el poderío adquisitivo y la cuenta bancaria. La “innovación” esta ocurriendo en la manera en la que nuevos ámbitos de nuestras vidas están sufriendo una segmentación antes inexistente, concentrándose por el momento en servicios de entretenimiento con el dinero como único protagonista. ¿Cuántos niveles de membresía te muestran al contratar un nuevo servicio de streaming? Antes el estar a una distancia del escenario donde te podía caer el sudor de tu artista favorito durante un concierto era el fruto de una combinación de resistencia, esfuerzo, fanatismo, ser precavido y calculador, ahora puedes ahorrarte todo eso con abrir un poco más tu billetera. La forma en la que el acceso al tren fue diseñado bien puede ser la iteración final de ese tipo de estrategia mercantil.
Por si fuera poco, en el escenario de la película el viejo cuento de que trabajando duro se puede salir adelante no existe, el huir es la muerte segura, el único camino para dejar atrás las inhumanas condiciones a las que la clase más baja es expuesta se reduce a una especie de lotería, basada en que alguien con tus características físicas o aptitudes mentales sea requerido eventualmente para una tarea en alguna otra sección. Se les repite interminablemente que están en la posición que les corresponde según el orden predeterminado, que a su vez es lo que permite la continua viabilidad de su vida dentro de la locomotora: El zapato no puede aspirar a estar en la cabeza. Esto lógicamente lleva a tensiones entre las clases y por ende a una rebelión, otra historia típica para la humanidad.
Guerra contra el poder, aprobada por el poder
Nosotros, como espectadores, vamos a la par de los humanos del último vagón, la cámara rara vez se separa de ellos y jamás salta a un punto adelantado en el tren que ellos desconozcan, descubrimos que hay en el trayecto al mismo tiempo que los protagonistas de la historia. Esto significa que, antes de que den el primer paso en su plan de sublevación nosotros también estamos igual de atrapados en ese espacio, vemos vestigios de la vida que han podido armar con todas las limitantes impuestas, los abusos de autoridad que deben soportar, el impacto psicológico que les ha dejado y conocemos un poco de la historia que ha cursado desde que esas paredes de metal se convirtieron en su mundo entero.
17 años es demasiado tiempo subsistiendo así, por lo tanto, no es sorpresa escuchar que el plan revolucionario que se esta gestando, es en realidad el tercero. Los anteriores forman parte del folklor de los pasajeros oprimidos, algunos los ven como ejemplos de esperanza y otros justamente lo contrario, planes que no se deben imitar por los nulos cambios significativos que lograron al final de su ejecución. Incluso hay rumores de algo más turbio relacionado a ellos, la percepción de que probablemente lo mucho o poco que hayan avanzado durante esos conflictos fue algo permitido por las más altas cúpulas del Snowpiercer, siendo un simple factor más que contribuye al orden y balance que pregonan.
No he pasado más de una quincena de años en un tren, pero llevo 35 en esta Tierra, lo que me ha generado un radar de cinismo ante la política nacional e internacional. Es curioso ver como independientemente de la voracidad con la que el pueblo exprese descontento, ira, indignación, etcétera, no se genera la tracción necesaria para llevar a un cambio a no ser que los actores con mayor peso político se sumen o alineen sus intereses con la causa. Somos testigos de como un genocidio se ha extendido sin ninguna represalia trascendental. Uno no puede evitar pensar que si el país agresor fuera uno rico en petróleo y otros recursos, pero que careciera de tratos comerciales o de diplomacia con el primer mundo, una coalición internacional hubiera intervenido desde hace meses. Durante gran parte del siglo pasado, Estados Unidos y la Unión Soviética fueron socios no tan silenciosos de golpes de estado y gobiernos autoritativos por igual, dependiendo de cual inclinaba más la balanza hacia su ideología. De hecho, ambas naciones no se han retirado de ese papel totalmente, permitiendo o inflingiendo el daño “necesario” según sus fuentes de inteligencia.

De alguna manera la noticia de más relevancia llega a los canales insuficientes, donde el eco no consigue una acción pronta y severa, mientras otra más ligera lleva a una justicia con una velocidad atípica en el país. Uno de esos supuestos coach de vida consigue un permiso para más de tres hectáreas de selva y ahuyentar fauna local con palos a causa de un proyecto de cabañas glamping (el acampar con lujos), pero no se propaga hasta que uno de sus clientes más famosos, una gloria en decadencia del balompié nacional, hace unas reprochables declaraciones y accidentalmente le avienta un reflector de rebote a esa dudosa autorización.
Idolatrando millonarios
La gran mente detrás del gigantesco tren y el circuito ininterrumpido por el que circula es Wilford, un magnate que construyó un imperio ferroviario impulsado por su fascinación con los trenes desde muy corta edad. Varios de los tripulantes, sobre todo aquellos que tienen un puesto privilegiado en el organigrama, no titubean en atribuirle cualidades divinas a su persona y a sus creaciones. Él, por su parte, no peca de modestia, empujando los limites a los que puede llegar su rol como el nuevo Noé de la humanidad. Incrustando el culto a su personalidad en la educación que reciben ciertos niños dentro del tren, enseñando las tablas de multiplicar a la par de una imagen de salvador incapaz de errar, un profeta ignorado por la gran mayoría de la civilización preexistente a la era glacial y cuya existencia de la actual se debe a los frutos de compartir sus creencias y dogmas.
El arquetipo de Wilford me hace pensar incesantemente en dos multimillonarios de nuestros tiempos, Jeff Bezos y Elon Musk, ambos enfocando gran parte de sus recursos en proyectos de transportación espacial, con un ojo puesto a convertirse en una alternativa futura de un escape de La Tierra (por razones de ocio o supervivencia esta por determinarse). Musk le tiene ganada la carrera al dueño de Amazon en cuanto al fanatismo, nos encanta el servicio de Prime, pero no hay una lista de espera para comprarle un armatoste “antibalas” a Bezos por $100, 000 dólares. Aun con sus traspiés como asesor político, todavía hay adeptos que reciben una descarga de serotonina cada que Musk habla o escribe en su plataforma.
Además, también comparten con Wilford la carencia de empatía necesaria para aplicar las extremas condiciones en las que ponen a sus subordinados, todo en aras de realizar su visión. Tienen la “facilidad” de reducir el factor humano a un número para tomar una decisión. Han cruzado la barrera de megalomanía donde su círculo de contactos está conformado exclusivamente para servir y aceptar lo que el jefe les diga, nadie que ofrezca resistencia y control, forzarlos a ver los problemas de otra manera y eventualmente reconocer errores o falencias, hechos que contradigan su estatus de deidad.
Siendo sinceros, el único que le hace justicia al nivel de alabanza que recibe Wilford es el visionario genio original, el hombre que transformó una marca de computadoras en una religión, Steve Jobs. Él fue de los primeros en conseguir fama de manera atípica, no venia de la industria del entretenimiento, ni de la moda, aunque los aparatos que surgieron bajo su comando se volvieron una. Medios lo buscaban constantemente fascinados con quien expandia su huella en las innovaciones informaticas de nuestra época. Como muy pocas veces en la vida, una sola marca en el mercado era la líder en distintas categorías primordiales. Esa imagen ha perdurado con los años, aunque en la realidad, conforme expulsan las nuevas versiones, mucho del precio parece irse exclusivamente en el prestigio, con muchas interrogantes hacia si las “innovaciones” ameritan un nuevo aparato. De todas formas, existe gente que se ha casado con la marca desde que presionó su primer botón de encendido gracias a los proyectos de Jobs.

El culto a la personalidad es de los fenómenos más trágicos e impactantes de la psicología humana, una práctica que puede llevar a innumerables personas a ser prácticamente títeres de un líder, inclusive descuidando el bienestar propio. La era de las redes sociales parece ser terreno fértil para esos casos, el contacto personal y los millones salen sobrando. Cualquiera que pueda aparentar una vida “superior” tiene la batalla media ganada en la mente de muchos potenciales seguidores. Continua siendo impactante como encontramos personas defendiendo a capa y espada a personajes que bien pueden ser promotores de una problemática para ellos.
El concepto de Snowpiercer, como película y como transporte, es un experimento social. Wilford empecinado en hacer ley su teoría del equilibrio perfecto y el orden. Bong Joon Ho, tal vez nos trataba de decir a través de su película que ese trio de dinámicas anteriormente expuestas pueden ser determinantes en nuestra extinción como especie. Inflandolos en espacio reducido para exponenciar la presión y el desgaste que estos provocan en la raza humana.




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