28 años después: es verdad que la enfermedad evoluciona. 

Existe belleza en la inexactitud del arte.

Sí. Existe belleza. La posibilidad de que algo salga mal, o incluso la extraña travesía hacia encontrar una redefinición de lo “malo”, la odisea para descubrir que no existe del todo aquello malo y que errar es divino, es una cualidad del arte. En el mismo lugar donde radica la desesperación de la indefinición, reinado absoluto de la subjetividad, el arte se vuelve un paraje único. La vida misma sirve o debería servir para aprender la belleza de caerse, pero es el arte la que hace un oficio romantizador de la derrota. Pensar el arte en términos de éxito, es posible, es lógico y es absolutamente contemporáneo como consecuencia del dominio de la industria, pero no sé si es algo que lo defina. A mí lo que más me gusta del arte es aquello que está en el aire. Está en el espacio que hay entre el artista y su obra, y entre la obra y un público. Esa cosa invisible. Ese lazo. Y a su vez, al menos yo, descreo del artista que no valora el lazo con su espectador. Descreo y creo hasta incorrecto no hacerse cargo de ese lazo, siempre y cuando previamente sí el autor se haya hecho responsable de su lazo con la obra. Del primero de los espacios. Nada importa, si no hay un vínculo honesto con la obra. El mayor trabajo del artista consiste en hacer hablar, a través de la técnica elegida y pulida por los años, su propia singularidad (aunque en la actualidad los atajos formativos en pos de un reconocimiento vacío están evitando la instrucción y la técnica de los oficios). La complejidad está en la sinceridad, en la autoobservación del autor, en la honradez de admitir sus dudas y sus miserias, en salir a defender aguerrido su propia bandera sea cual sea. Y luego, finalmente, y arrimándome más a la narrativa audiovisual llega la traducción de ese, llamémosle deseo, en un relato. Claro está que hay quienes indagan sobre variantes más abstractas de la obra audiovisual, pero la traducción de lo íntimo en algo público a través de la técnica narrativa es un acuerdo tácito. La obra audiovisual tradicional y arquetípica, es contar un buen cuento. Todos somos espectadores, y sin poder ponerlo en palabras, esperamos más o menos algo determinado y concreto de lo que veremos. Esa expectativa está formada por años de cultura, por la evolución del relato, porque escuchamos anécdotas todos los días de los demás y esas anécdotas tienen una estructura bastante matemática. Sin embargo, por más que esté la narrativa sostenida por preconceptos, los o las autores y autoras podrán siempre brillar por encima de lo obvio.

Mr. Danny Boyle

Danny Boyle, autor y realizador audiovisual británico icónico que ha hecho entre tantas otras películas, Trainspotting (1 y 2), 127 horas, Slumdog Millonaire y Exterminio, es uno de aquellos autores que se destacan por sobre lo estandarizado. Aquello que en parte quería decir con el comienzo de este confuso artículo, es que destacarse no tiene que ver necesariamente con alcanzar lo “bueno” o lo “bello”, sino con ser fiel. La fidelidad es a sí mismo, aunque con el paso del tiempo implique un reciclaje absoluto del estilo. Boyle es reconocible aunque no sepamos del todo qué es lo que lo define. Por lo pronto, y aquí ingreso en un terreno donde puedo llegar a pecar de falta de tecnicismos, existe en sus películas una estética punk, callejera, urbana, con movimientos de cámara sucios adrede. Hay cierto interés por lo fatal y lo agobiante, por el encierro, por la batalla por salir, por convivir con condenas irresolubles (de las drogas, de la miseria, de accidentes mortales, de escenarios apocalípticos).

En el año 2002 se estrena una película icónica para el cine y específicamente para el género de terror. Protagonizada por uno de los actores más admirados de la actualidad, Cillian Murphy, nace la saga de Exterminio o 28 days later. Filmada con cámaras digitales, acercando la narrativa a una sensación de documental, cuenta la historia de un hombre que sale del hospital luego de un largo coma y se encuentra con una Londres desolada. El motivo: la propagación de una plaga que ha dejado a la gran mayoría de los humanos como comúnmente llamamos zombies. Llega 5 años después Exterminio 2 o 28 Weeks Later dirigida por Juan Carlos Fresnadillo, y el 19 de junio de 2025 se estrena en Argentina la tercera película de lo que es hasta ahora una trilogía, con el retorno de Danny Boyle a su realización: 28 years later. Ahora sí. Luego de mil vueltas y mi densa neurosis deportiva, esta nota es sobre dicha película.

Nuevamente Boyle está presente. Sus inquietudes, sus caprichos, su fe, su huella. La película fue filmada con Iphone 15 Pro, y otra vez la estética acerca la adrenalina de la experiencia al espectador. Han pasado 28 años del contagio de la enfermedad y Gran Bretaña está sitiada en una suerte de eterna cuarentena. En una isla, en una casa en la que una madre interpretada por Jodie Comer vuela de fiebre enloquecida sin poder salir de su cama, viven también un padre (Aaron Taylor-Johnson) y su hijo Spike (Alfie Williams). Existe un ritual en esa aldea. A cierta edad, los niños son acompañados al continente atravesando un camino que solo puede transitarse en horarios de marea baja, para que cacen a sus primeros infectados. Luego de tantos años de mutación de la enfermedad, hay diferente clases de infectados. Uno de ellos, el alfa, tiene una fuerza imbatible y coordina al resto. La primer aventura de Spike con su padre, no solo lo enfrentará con peligros inimaginables, sino que lo pondrá delante de un descubrimiento que revolucionará para siempre la vida que llevaba.

Haré lo posible por no spoilear nada sustancial de la trama e igualmente intentar ser claro. La primera mitad de la película, es absolutamente perfecta. Adrenalínica, tensa, verosímil, con un timing espléndido. Pero la segunda mitad, marcada por un giro rotundo y un punto de no retorno en la historia, ingresa de a poco en un extraño y forzado melodrama.

En determinado momento, el personaje de Comer ayuda a parir a una mujer infectada en un gesto de sororidad innecesaria que hace temblar (si no lo tumba) al verosímil. ¿Para qué? Es interesante como nuevo giro en la trama, pero nos lleva a preguntas innecesarias, y nos trae una imagen excesivamente moralista de una madre enferma aferrándole la mano a la madre infectada mientras sufre el parto. Recuerdo que cuando vi ese momento de la película, no pude evitar sentir aquello que siempre temo. Me pongo conspirativo porque lo he vivido en carne propia en trabajos audiovisuales, aunque desconozco si sucede también con directores que son instituciones como Danny Boyle. Desde es el parto hasta el final, me da la sensación de que los productores le arrebataron el mando a su realizador. O que lo obligaron a hacer ciertas concesiones para no poner en peligro la gran fórmula de la industria, para no perder a su espectador hipotético. Claro está que también puede ser sencillamente una decisión de Boyle. A mí parecer se traiciona a sí mismo y es un absoluto desacierto, pero como decía al comienzo del artículo, nada está del todo mal mientras la realización sea honesta.

Una vez ingresados en la segunda mitad de la película, con el desarrollo de una trama que lleva un conflicto del orden del melodrama y con un creciente peso dramático en el relato, la película me hace pensar que el actor adolescente Alfie Williams todavía no estaba listo profesionalmente para ciertas escenas. Él no puede con ciertas escenas dramáticas, y por ende la película tampoco puede del todo con ellas. Al alcanzar el segundo punto de giro de la película, Boyle sí atropella el auto contra la pared. El virus audiovisual que se contagia en determinado momento del relato, verdaderamente muta y empeora. Los últimos 15 minutos de la película parecieran pertenecer a una melodrama familiar de Netflix (y lo digo en el peor de los sentidos, sin condenar ni los melodramas ni a Netflix). La musicalización, el montaje, la resolución del conflicto, la dirección de actores, se siente apócrifa. No tiene nada que ver con la película que habíamos visto hasta entonces. Es como si hubiéramos estado bailando cumbia y salsa en una fiesta, y en el momento álgido de felicidad, sudados entre vitoreos y sonrisas, pusieran la más oscura pieza de Mozart. Una colisión de mundos innecesaria que me hace creer que alguien le puso una pistola en la cabeza a Boyle. A la vez, tengo una leve sospecha de que uno de los responsables puede ser su autor Alex Garland, quien como realizador en algunas de sus películas ha pecado de solemne cuando sus relatos no lo necesitaban. Sin embargo, Garland es también el autor y responsable del éxito de la saga y de su punto de vista tan único (Garland reflexiona en muchas de sus historias acerca del mundo en el que vivimos y de posibles distintos escenarios distópicos). En 28 years later, la mitad se su segundo acto y su tercer acto, traicionan sus principios estéticos y narrativos. La siniestro que estuvo siempre acompañando la normalidad de esta Gran Bretaña en cuarentena (de los infectados y de los propios sobrevivientes algo deshumanizados), deja de ser siniestro en el relato para darle lugar forzadamente a lo dramático. Puso en pausa una película enterada dedicada a una nueva humanidad truculenta. Aterriza en unos últimos minutos en los que lo denso es demasiado denso, y en lo que incluso aquello que era peligroso se siente patético.

Como última observación concreta pero otra vez haciendo el intento de no adelantarles nada específico, diré lo siguiente: hay una carta y una voz en off en los últimos 10 minutos de película que no tiene sentido alguno que se haya podido escribir. La razón de su existencia, era explicar asuntos que no sabían como condensar ni explicar. Si alguien piensa lo contrario, le invito de corazón a explicármelo.

Los últimos dos minutos de película, aunque (muy) sorpresivos y ya empujando a la película hacia el abismo, quizás están bien. En un último gesto de rebeldía, regalando en esa última secuencia la promesa de dos próximas películas, al menos regresa Danny Boyle: punk, desfachatado y diferente.

Claro que recomiendo ver 28 years later. Es verdad que si me pusiera superficial y simplista, diría que en la escala de 10 algo que me parecía un 10, terminó sorpresivamente en un 6 (pasando previamente por un 5). Nada quita que sea una tensionante épica y que, pese a todos los tropezones, no deje de ser hipnótico este universo postapocalíptico creado por el dúo Boyle-Garland. Al fin y al cabo, correr riesgos en el arte (y en la vida) merece siempre un aplauso de pie, aunque terminemos con el rostro lastimado contra el suelo.

Chesi

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