Se estrena en Argentina, tras su paso por diversos festivales del mundo, El príncipe de Nanawa, el nuevo trabajo de Clarisa Navas. Y lo de nuevo ya es discutible ya que se trata de una película que demandó más de diez años de realización, por lo que se fue gestando en paralelo a sus otros trabajos.
Ya me había referido a esta película en mi cobertura del festival de Cosquín. Es un intento de capturar la vida de Ángel, un chico que vive en la frontera entre Paraguay y Argentina, pero se puede decir que es el propio Ángel el que termina capturando a los realizadores, que pasan a formar parte de su vida. Y algo similar sucede con el propio público. Una vida hecha película, y una película hecha vida.
Al término de la proyección de El príncipe de Nanawa en dicho festival el primer comentario fue de una señora que no quería aplaudir porque en la película estaban intentando hacer dormir a un bebé y no quería despertarlo. Me pareció significativo, y una muestra del nivel de inmersión generado. Luego de eso todas las preguntas estuvieron orientadas a saber cómo seguía la vida del protagonista y no tanto a las vicisitudes de su realización.

Lo que sigue es una conversación con su directora.
- Empecemos por el recorrido en festivales y salas, tras su paso por el de Cosquín.
- La película viene teniendo un gran recorrido, hace poquito estuvimos en el festival de Lima, con Ángel, y ahora me estoy yendo a Corea, y mientras sigue ese recorrido internacional se está proyectando los domingos a las 20 en el MALBA. En Agosto nos fue muy bien y eso permitió la continuidad en Septiembre. Por las características de la película lógicamente tiene un recorrido de distribución bastante chico y artesanal. Ahora va a Rosario pero se vio también en Córdoba, y estamos gestionando funciones en Corrientes y Formosa, y luego en Paraguay. Es complejo pero estamos teniendo una recepción muy amorosa de las personas que la ven.
- También viene de ganar en Visions du reel, uno de los festivales de documentales más importantes del mundo, en Suiza.
- Sí, tuvimos la suerte de ganar el premio máximo allí, el Grand Prix de la Competencia Internacional, y fue una gran sorpresa, había costado bastante llegar. Ahí también viajamos con Ángel y con Lucas Olivares, que hizo la película conmigo. Fue complejo poder asistir, y a la vez era muy importante para nosotros acompañar la película. Lo pudimos hacer por la ayuda de amigos ya que el INCAA retiró todo tipo de ayuda para estos casos. Y con todo esto fue como un sueño todo lo que se dió cuando ya estábamos allá.

- Si mal no recuerdo, no hay créditos de dirección, sino que figurás junto a Lucas Olivares como realizadores. Supongo que esto será por las características de este trabajo. Me gustaría saber cómo fue el primer encuentro con Ángel.
- Estuvimos todo el tiempo con Lucas, y compartimos todo el proceso, no sólo de hacer la película sino también de acompañar a Ángel en la vida, y cada decisión tomada siempre la conversamos entre los dos. Cuando lo conocimos estábamos grabando una serie de ocho capítulos para el Canal Encuentro, sobre mujeres que vivían en fronteras, llegamos a Nanawa y teníamos que entrevistar a una mujer que iba a hablar sobre el idioma guaraní, iba a ser el personaje principal de uno de los episodios. Como complemento hicimos algunas preguntas a personas que estaban en el mercado y ahí fue cuando apareció Ángel, reclamando con insistencia ser también entrevistado. Y la verdad es que fue maravilloso lo que tenía para decir. Después se quedó toda esa tarde charlando con nosotros, con una soltura y una capacidad inusual para entablar conversación con adultos. Me hizo prometerle que íbamos a mostrarle el resultado, y me sentí impulsada a volver.
- Si bien la película dura tres horas y media no dejo de pensar en todo lo que pudo haber quedado afuera. La primera sensación que deja es que está toda la vida de Ángel expuesta, pero no deja de haber necesarios recortes, debe haber sido una tarea titánica el montaje.
- Fueron dos años de montaje, años en los que seguíamos en rodaje. Era muy necesario tener una conciencia de todo lo que había, porque a medida que va pasando el tiempo se deja de tener conciencia de lo que hay y de sus posibilidades de articulación. Además es un proceso que está tan cercano, por la convivencia continua, y es difícil de separar lo que se vive de lo que quedó registrado, que puede haber quedado en cuadro, o fuera de campo, o ser un registro sonoro. También están todos los mensajes que nos íbamos mandando. Por momentos parecía inabarcable. También nos trajo muchas complejidades encontrar un momento como para decir “es hasta acá”. Fue difícil encontrar el final.

- Ya que mencionás lo de los mensajes recuerdo especialmente un momento muy incómodo, con una sucesión de mensajes de whatsapp, con la pantalla en negro, que dan a entender que hubo un distanciamiento o desconexión entre ustedes. Y justamente allí hay un mensaje omitido que en cierta forma brilla por su ausencia. A una respuesta tuya le sigue otra, sin el mensaje intermedio. No quiero saber qué decía ese mensaje omitido sino hablar de esa decisión, como ejemplo de todas las que habrán tenido que tomar para definir hasta donde exponer y qué reservar.
- Calibrar qué se registra y qué no es también un ejercicio ético. Siempre grabamos hasta dónde Ángel lo permitía y hubo incluso momentos en los que él nos pedía que grabemos situaciones que no estaban tan habilitadas y que quizás no era vital registrar. Esa discusión puesta en audios tiene que ver con eso. Lo del mensaje fue en un momento muy crítico de su adolescencia, y él se había enojado por un momento que no quisimos grabar. Durante todo el proceso estuvimos pensando mucho en cómo y porqué registrar este vínculo. Y la omisión tiene que ver con no espectacularizar un momento de tensión. Por supuesto también hay muchos otros fuera de campo, momentos que la película elige no contar. Lo que busca ese momento puntual es traer a la película el hecho de que lógicamente en un vínculo con estas características, si bien está lleno de encuentro y potencia también hay límites, fricción y desencuentros, como siempre que personas de diferentes ideas, realidades y edades intentan hacer algo en común. Es una suerte de zozobra constante.
- El final se percibe como un final oportuno, como el fin de una etapa, pero es algo que, otra vez, no estaba previsto, fue encontrado por el camino.
- No había, para nada, un final claro, una idea de interrumpir en algún momento que suponga una clausura. Y de alguna manera ninguno de nosotros quería finalizar el proceso. Todavía es muy extraño para nosotros no estar grabando. Estar haciendo una película de lo que estamos viviendo, por más cotidiano que sea, te lleva a valorar el momento de otra manera.

- Imagino, si es que ya no ocurrió, una propuesta de secuela, de parte de él. (Risas). No hay demasiadas referencias posibles para este trabajo, la única para mí sería Boyhood (2014), de Richard Linklater. Pero esto se parece más a un salto sin red. Toda película lo es, claro, pero en este caso el riesgo es mayor. Antes de esto sólo habías hecho ficción, aunque siempre con mucho contacto con la realidad.
- Sólo tenía grabado el material para mi primera película, Hoy partido a las tres (2017), pero tenía problemas para conseguir los fondos necesarios para terminarla. Ya Las mil y una (2020) fue haciéndose en paralelo.
- ¿Algún otro proyecto en camino?
- Si, estoy con una ficción, que también, como decías tiene como punto de partida un material real, que quiero grabar en Corrientes el año que viene. Lo estamos viendo porque es un momento muy difícil para grabar, pero la idea es continuar.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.