Matilda (1996) y la construcción de comunidad  

Si bien hoy, de adultos, entendemos las implicaciones de una familia como la de Matilda, esto no hizo, por lo menos en mi caso, que de pequeña no captara la esencia de la historia de una niña profundamente triste, cuya crianza se basó en palabras dentro de párrafos que se aseguraba de que no terminaran.

Desde el momento en que Matilda decide actuar por su cuenta para obtener lo que quiere, sabemos que elige la literatura como el camino. Así, toma entre sus manos su propia educación y la deja a cargo de la mayor cantidad de perspectivas y miradas que puede encontrar. Diversifica su entendimiento en contra de la única forma de ver el mundo que su familia le plantea, una materialista, individualista y desinteresada por su entorno.

Entonces es la falta no solo de pares y otros familiares más allá de su núcleo directo, sino también de figuras de afecto en las columnas que resultan la escuela y la familia, lo se encuentra en la base de lo que después se convertiría en un superpoder para Matilda. Porque cuando en la escuela encuentra un lugar fuera de casa por descubrir, se choca también con la realidad de otra institución: el abuso de poder, físico y verbal, que ejerce la directora Tronchatoro sobre lxs alumnxs y la maestra Miel.

Conjugando estos elementos, encuentra que sí tiene una forma de transformar lo que le rodea sin más: su telekinesis. Cuando su padre la obliga a mirar televisión con el resto de la familia, a encajar con estándares de normalidad que a base de castigos quisieron imponer en ella desde pequeña, explota. Hace que la misma televisión estalle y causa un cortocircuito en la casa entera. Así, es solo canalizando las emociones de impotencia y necesidad de justicia que finalmente lo activan, abriéndose para sí una manera completamente nueva para expresar.

De esta escena, tan grotesca como puede serlo en una película para niños, resalto el contraste que la brillantez de Danny DeVito expone para balancear una historia con tanta complejidad emocional en simultáneo con momentos que te permiten sonreír y disfrutar, como la escena icónica de la niña practicando sus poderes telequinéticos con los objetos de su living mientras baila al ritmo de Little bitty pretty one.

A la par de esto, Matilda encuentra algo que la fortalece: su vínculo con la maestra Miel. Desde su llegada a la escuela, no solamente vio en Matilda un reflejo de sí misma en la infancia, sino que además la entendió. Reforzada por el amor a la literatura, esta relación comienza a asemejarse a la de un tutor y alguien que es protegido.

Miel se permite contarle una historia al abrigo de su pequeña cabaña, desbordando un jardín de flores, y Matilda, con una furiosa percepción de lo que le rodea, es capaz de ver lo que la maestra nunca sanó. Se nos revela que el núcleo de ese trauma es la figura autoritaria de la escuela, Tronchatoro, la tía de la maestra Miel. Es entonces que reconocemos cómo ambas son la misma cara de una moneda, forzadas a vivir en un hogar opresivo y violento, en el caso de Miel hasta que pudo permitirse salir. Sin embargo, en esta salida, muchos de los objetos invaluables emocionalmente para la muestra, como recuerdos de su padre difunto y su infancia, quedaron atrás.

Paralelamente, un punto importantísimo para el desarrollo de su relación se da cuando Matilda le confiesa que ella había sido la autora de la travesura de volcar un vaso de agua con una pequeño tritón adentro, para asustar a Tronchatoro. Ante esto, recibe el entendimiento amoroso de la maestra y comprende el poderoso mensaje en sus palabras cuando le dice que debe creer en cualquier poder que ella piense tener. Todavía más poderosa que sus palabras, es la sensación que deja en ella: la de ver una figura adulta que cree en ella y le confía sentimientos positivos.

Matilda toma la fuerza de su amabilidad y se la devuelve, ayudando a la maestra a recuperar sus pertenencias de su antigua casa, en la que vivía con Tronchatoro antes de que su padre muriera, siendo esta última la dueña actual del lugar. Logran entrar y, con mucha suerte, escapar antes de que Tronchatoro pudiera descubrirlas cuando regresa antes de lo esperado. Así, se llevan objetos que Miel aprecia, y a los que no había podido acceder desde su partida. Pero Matilda sabe que hay algo cuya ausencia todavía sostiene un hueco en el corazón de la maestra: su querida muñeca de la infancia.

Así, Matilda decide regresar a casa de Tronchatoro. Con la ayuda de sus poderes para no tomar el riesgo de entrar allí sola, recupera el juguete de Miel, haciendola levitar hasta la ventana de la habitación, donde la sostiene con cuidado contra sí: la prueba de que, manejando lo que siente, también puede cuidar a quienes le demuestran cariño.

Sin embargo, la prueba final toma lugar al día siguiente, cuando Tronchatoro irrumpe en el aula acusando a Matilda de haber invadido su casa. Su evidencia es irrefutable: Matilda dejó caer la cinta de su cabello en las afueras de la casa de la directora, quien dándose cuenta de los objetos desaparecidos, une los puntos.

Ante el intento de Tronchatoro de hacerla confesar, intimidando a toda la clase, Matilda usa su telekinesis para hacerle saber que, contrario a lo que ostentaba, sus acciones no estaban bien, y tampoco era mucho más inteligente que ella, siendo esta una cualidad que todas las figuras adultas de su vida, salvo Miel, habían intentado negarle. Fuera de verla como alguien extraordinaria, con capacidades increíbles incluso antes de haber descubierto que tenía poderes, estos la veían como una amenaza a su poder, una insurgencia que su amor por la literatura le había dado desde que había aprendido a leer.

Matilda guía las tizas en el pizarrón escribiendo mensajes amenazantes para Tronchatoro. Se hace pasar por el padre de Miel, y aterrorizandola hasta ver el pavor en su rostro al correr fuera de la escuela, le promete que sería perseguida de por vida si no devolvía su casa a la maestra y dejaba inmediatamente la ciudad.

Así, Matilda utiliza sus poderes para alejar a Tronchatoro de la vida de la maestra, quien al solo verla como la niña que era, le ofreció un un refugio emocional, protegiendola de aquellos que la lastimaron. Entendemos, entonces, que la telekinesis expresaba el deseo de Matilda por tener incidencia en su entorno. A falta de un control y canalización de las emociones causadas por un hogar autoritario y abusivo, encontró la forma de controlar lo que sucedía en el mundo exterior, no solo cuando se sentía amenazada, sino también ahora cuando sentía que quienes amaba estaban en peligro.

Para quienes crecimos aferradas/os a la literatura que, igual que a Matilda, nos decía "No estás sola", algo cálido tomaba lugar cerca de nuestros corazones cuando los colores vibrantes que seguían a la niña en su ropa y en su cuarto y cuando la música que se tornaba alegre tomaban toda la escena, decían también, a pesar de todo, siempre se puede volver a jugar. Esta reconstrucción es, a su vez, la que tan satisfactoriamente se plantea al final de la cinta, con un tinte mucho más definitivo, cuando Matilda y su maestra se convierten en la familia que estuvieron anhelando durante tan diferente cantidad de tiempo. Y es la misma que, tanto a Matilda como a la maestra Miel, les permite finalmente verse en comunidad, en familia.

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