227 lunas: Un documental muy luminoso 

La historia del cine demuestra que a veces las coincidencias son malditas, es decir, que dos películas que se estrenan en la misma semana solo una de ellas queda impregnada en el mecanismo del recuerdo, mientras que la otra se pierde en el olvido. Durante la semana del estreno de El eternauta también apareció un documental único: 227 lunas de Brenda Taubin. Su debut fue con Telma, el cine y soldado (2022), otro documental fascinante nacido gracias al cruce de destinos que hizo posible el desovillado de una historia solapada por un carácter privado. Todo nace de la siguiente forma: Taubin coordinaba un cineclub para jubilados en un complejo de salas de cine en Avellaneda, allí conoció a Telma; una habitué dada para la charla y para ser un centro de atención con sus propias anécdotas. Una de ellas era algo más que una simple historia que se relataba recurrentemente, Telma guardaba una carta de un soldado de Malvinas que le envió a su hija, prometiéndole que regresaría para conocerla. Esto nunca se concretó, sin embargo, este intercambio epistolar quedó solo en eso porque su hija falleció. A pesar de la imposibilidad de un encuentro, existía en Telma un aire inconcluso en esta historia. Allí nace una trama detectivesca, propiciada por la propia directora gestora de un impulso para retomar una pesquisa del paradero del veterano de Malvinas.

Lo que podría haber sido un simple documental de cabezas parlantes se escapa del esquematismo formal, y se mueve de forma dinámica con una base en las particularidades de su personaje, en consonancia se presenta la ductilidad de Taubin para surfear la comedia, el drama, la ternura y todo eso envuelto en una capa lúdica. Telma, el cine y el soldado es una gran muestra para entender que el documental puede permitirse incorporar elementos narrativos, alejados de la simple recreación para completar algún hueco, una recurrencia de los documentales de asesinos. Quienes hayan tenido cable en los 90 y principios de los 2000 quizá recuerden “Detectives médicos”, un subsuelo de los intentos por reconstruir algunas muertes, asesinatos contados por criminalistas, médicos forenses y policías. Por supuesto, todo guionado al máximo y actuado al mínimo esfuerzo. Bueno, nada de eso en el documental de esta joven directora.

Marcado el antecedente inmediato de Taubin podemos llegar al estreno de su segunda película. La historia de 227 lunas comienza con Alejandro, un aficionado a la astronomía con un hobby especial: hacer pequeños planetas a escala. Un día le llega un mail de la Agencia Espacial Europea encargándole 227 lunas de Júpiter, que serán entregadas como suvenir a todos los que fueron parte del proyecto de una misión inédita a ese planeta. Aquello que nace en forma de orgullo al reconocimiento se desliza levemente hacia un pequeño pavor por no llegar con la fecha, ya que la misma es la del lanzamiento, por lo tanto, no existe la posibilidad de una prórroga. Al igual que Telma, Alejandro tiene que dar un paso muy grande del anonimato al reconocimiento. Mientras en la película anterior la protagonista para resolver el misterio debía desempolvar una historia recargada de sentimientos, en esta oportunidad brota de una serie de sensaciones nuevas que lo ponen en una posición activa en un mundo del que siempre soñó ser parte.

Otra similitud entre los dos documentales se da con la presencia de personajes secundarios. En 227 lunas la aparición de Olivier Whitasse (el líder de la misión de la Agencia Espacial Europea) es clave como contrafigura y disparador del deseo para el objetivo de Alejandro. Para narrar esta historia es fundamental la presencia de Olivier, primero porque es el que contacta de forma directa a Alejandro por el encargo. Hay comunicaciones vía videollamadas y finalmente en persona, ese vínculo forjado a través de estos llamados y mails moldea una relación de espejos. Es decir, si bien hay una diferencia entre un científico que lidera una misión espacial y un aficionado muy apasionado a la astronomía, lo importante es aquello que los une y que está materializado en las charlas como si se trata de pares. Si continuamos en esta línea de pensamiento como si se tratara de un guión narrativo, otros personajes que ofician de “asistentes” al protagonista en el cumplimiento de su deseo son su pareja y las hijas de su pareja, quienes disfrutan y acompañan esta rareza extraordinaria.

El procedimiento de esquivar una estrategia más convencional de preguntas y respuestas o de entrevistas de algún tipo aquí se agudiza. Sin forzar la entrega de información, Taubin rehúye por completo a cualquier semejanza de una composición clásica de un personaje sentado que explica algo. Lo más interesante, dentro de la línea narrativa en 227 lunas, está en el mundo onírico planeado desde la influencia inevitable de Georges Méliès, primero un ilusionista antes que un director de cine obsesionado por el mundo de las fantasías, especialmente por el del espacio exterior. La gran idea de utilizar la lectura infantil sobre lo inconmensurable que representa el espacio exterior tiene un sentido dramático para sortear un punto -en apariencia- imposible de resolver alcanzada una instancia crucial de la historia.

La creatividad y la arquitectura visual de Brenda Taubin incentivan a ver este documental en una pantalla grande para apreciar los encuadres, el uso de los colores y seguir esta historia real con la misma atención de una historia de ciencia ficción espacial. Incluso hay un cliché perfectamente usado que es el de todos los personajes que rodean al protagonista siguiendo a través de una pantalla un momento cúlmine, algo que hemos visto en muchas películas sobre el espacio exterior, específicamente en los momentos. Este es un documental que se escapa del promedio, por su armado retórico y por el interés en pequeña situación, pero desarrollado y convertido en una historia cinematográfica, ahí se posiciona la habilidad de un documentalista.

Brenda Taubin trabaja en el mismo tono que Néstor Frenkel, en el uso de una lupa para encontrar personajes pequeños con grandes historias. Sus personajes podrían ser solo una atracción circense para reírse de ellos o para explorar una faceta bizarra, sostenida en la endeble excusa de “esto también existe, soy solo un intermediario”, lo que en realidad sucede es que el interés genuino por ellos con sus motivaciones, sus pasiones y sus vidas en general marcan un punto de inicio. Cualquier documentalista sabe que para obtener la información buscada en su objeto de estudio o de interés es necesario obtener, ante todo, una confianza. El pedido de exponerse frente a una cámara y abrir su corazón para contar algo privado, no algo íntimo específicamente, es una situación extraordinaria, en la mayoría de los casos. El otro punto de encuentro entre ambos documentalistas está en una variable manejada y que se opera en forma de brújula: la ternura, en los dos aparece ese ingrediente intangible e intransferible, que no puede imitarse.

El recorrido de Taubin todavía está en una fase inicial, hasta aquí no hubiera sido posible sin la existencia del INCAA y de sus programas de financiamiento. 227 lunas fue una producción realizada gracias al concurso “Audiencia media”, el cual consistía en el otorgamiento de subsidios a películas pensadas para medios electrónicos, esta distinción entregaba partidas inferiores en comparación a otro tipo de subsidios para proyectos cuyos estrenos estaban destinados a salas de cine. A la espera de un cambio en la política general del INCCA, también esperamos una nueva entrega de esta gran directora poseedora de una particularidad para captar una esencia tierna y encantadora de sus personajes y sus mundos en los que habitan.

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