¿Alguna vez has sentido que el lugar donde vives guarda una memoria, una respiración propia que no es del todo benigna? Yo crecí con esa sensación. Mi nombre es Karelys Fernandez, y la experiencia más aterradora de mi vida no ocurrió en un bosque o un cementerio, sino entre las cuatro paredes del apartamento donde me crié una parte de mi infancia, en Lomas de Propatria, Bloque 3, en Caracas.
Mi padre, Reinaldo, que en paz descanse, era lo que muchos llamarían un brujo. No un charlatán, sino un hombre que se sumergió de lleno en la magia negra y las Clavículas de Salomón. La gente con mucho dinero y pocos escrúpulos le pagaba fortunas por sus trabajos, sin saber que él, para lograrlo, pactaba con algo profundamente oscuro. Todos los lunes, sin falta, el ritual era el mismo: encendía unas 20 velas a las ánimas del purgatorio. El aire se llenaba de cera caliente y esa penumbra danzante que lo teñía todo de un amarillo enfermizo.
Pero la energía de ese lugar no solo estaba manchada por los pactos de papá. Años atrás, vivió allí mi hermanastra, Irma. Y lo que te voy a contar es tan crudo que todavía me cuesta creerlo. Ella tuvo varios abortos… pero no fueron clínicos. Su propio esposo, con sus manos, le arrancaba los fetos. Solo de pensarlo se me eriza la piel. ¿Cuántas almas inocentes y furiosas quedaron atrapadas en esos cuartos?

Yo siempre he tenido una vocación espiritual y una sensibilidad extrema para estas cosas. Hoy día me dedico al estudio del Conocimiento Interior, del misticismo y la parapsicología, pero desde la luz. Por eso, en ese apartamento, yo era la que más sufría. Escuchábamos llantos de bebés que no existían. A las 3 de la madrugada, en la sala, sonaban cosas rodando por el piso, como si un bebé invisible jugara con sus juguetes. Era una presencia constante y malsana.

Papá falleció el 16 de septiembre de 2010. Días antes, mi hermana tuvo un sueño perturbador: lo vio caminando como un espectro, con un aura negra y densa. No tenía pies; solo flotaba. Siempre he rogado que haya sido perdonado y que ahora sea un ser de luz.
Después de su muerte, la actividad no cesó. Mi hermana menor, Mayling, sufría de parálisis de sueño constantemente. A mí me dio un par de veces, y era una sensación de ahogo y de puro mal. Pero nuestro perrito, Principe, era el más afectado. Todas las noches, a eso de las 3 a.m., se iba a la sala y comenzaba a ladrar frenéticamente a la nada, con el pelo erizado.
Cansada del terror, y con el conocimiento que estaba adquiriendo, decidí hacer una limpieza energética a escondidas de mi mamá, quien estaba muy delicada de salud por el duelo. Compré azulillo, pólvora, cerillos, inciensos, bolsas de hielo y conseguí agua bendita. Iba a enfrentar la oscuridad con todo lo que tenía.
Con un miedo que me helaba la sangre, pero con una determinación férrea, comencé. Encendí velas en cada esquina de la casa y empecé a recorrer los cuartos, salpicando el agua bendita, recitando oraciones. Estaba en la sala, justo en el epicentro de aquellos llantos fantasmales, cuando lo sentí: unas pisadas diminutas y rápidas, como de un bebé, corriendo a mi alrededor. No había nadie más en el apartamento. El terror quería paralizarme, pero seguí. Y entonces, sentí un jalón fuerte y seco en mi cabello, como si una mano pequeña y fría lo hubiera estirado con rabia.
Las velas que había encendido comenzaron a apagarse, una tras otra. No era una brisa, era como si una boca invisible soplara sobre ellas. Mis manos estaban tan empapadas en sudor frío que me costaba horrores volver a encenderlas. La atmósfera se había vuelto pesada, opresiva, como nadar en alquitrán.
Finalmente, reuní todo el valor que me quedaba y empecé a leer en voz alta, con firmeza, la oración a San Miguel Arcángel. Fue entonces cuando la puerta principal comenzó a vibrar. Un temblor suave al principio, que se fue intensificando hasta convertirse en un golpeteo violento. De pronto, con un estallido seco, ¡la puerta se abrió de golpe! No fue un viento normal. Fue una explosión de energía. Sentí, literalmente, como si una multitud de veinte o treinta personas invisibles saliera despavorida del apartamento al mismo tiempo. La fuerza fue tan brutal que una de las bisagras de la puerta se salió de su marco.
En ese instante, una fatiga extrema me invadió. Sentí que la tensión arterial se me desplomaba y todo empezó a dar vueltas. Iba a desmayarme, pero extendí la mano y agarré la botella de agua bendita. Bebí un poco y la rocié sobre mi cabeza. Una calma relativa, frágil pero inmediata, me devolvió el control.
Después de eso, la actividad paranormal cesó en su mayoría. Lo único que persistió fueron los sonidos de cadenas arrastrándose los lunes por la noche, supongo porque, tras la muerte de papi, nadie volvió a encender las velas para las ánimas. Con el tiempo, incluso eso se detuvo.
Había logrado sanar, en parte, aquel lugar. Pero la oscuridad que dejaron los pactos de mi padre y los actos de Irma era una mancha demasiado profunda. Sé, en mi corazón, que ese apartamento en Propatria sigue siendo un portal para cosas muy malas.
Al final, consumidas por la avaricia, mis hermanastras nos quitaron el apartamento. Cuando nos fuimos a casa de mi abuela, sentí un alivio tan profundo que lloré. Por fin estaba libre. No sé quién vive allí ahora, ni qué energías habrán encontrado. Solo espero que, quien sea, tenga la fortaleza—o la ignorancia—para soportar el legado que mi padre dejó entre esas paredes. Un legado que, algunas noches, todavía visita mis sueños.




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