Aquí le narró una pequeña historia, que escribí hace meses y decidí compartir con ustedes espero que le guste.
El aire de su pueblo natal era denso con la miseria, un lugar donde la belleza de Valentina era una condena más que una bendición. Su vida cambió la noche que tropezó con Rafael, un hombre consumido por las drogas. Ella no le pidió ayuda; le exigió una salida. Al proponerle vender su cuerpo, Valentina no dudó; vio en esa transacción la primera llave hacia su libertad.

Rápidamente, Valentina demostró una inteligencia fría y calculadora. Su ascenso fue meteórico dentro del cartel. Bajo la sombra de su jefe, y con el apoyo silencioso de Mateo, su amante y cómplice, Valentina perfeccionó su método. El objetivo era claro: seducir, casarse y heredar.

El imperio y el ritual de los Rojo
La riqueza se convirtió en su nueva piel. Valentina se movía entre continentes, desde sótanos oscuros en Santo Domingo hasta yates en el Mediterráneo, siempre con vestido rojo carmesí. Esta prenda era más que moda; era su catalizador. Cada hilo teñido de escarlata parecía alimentarse de la adrenalina de sus crímenes. Ella no solo mataba por dinero; mataba por la sensación de poder absoluto sobre la vida y la muerte. Mateo era su herramienta, su conexión con el bajo mundo, mientras ella se elevaba a la alta sociedad, coleccionando fortunas de hombres que morían sin saber que su mayor error fue confiar en una mujer que sonreía con tanta calidez.

El Encuentro con el Espejo oscuro
Valentina se volvió tan audaz que su siguiente paso fue buscar al hombre perfecto para una alianza final: alguien que entendiera la oscuridad sin juzgarla. Así apareció Álvaro, un asesino en serie metódico, tan rico como ella, y mucho más paranoico. Álvaro no confiaba en nadie, y su búsqueda era idéntica a la de Valentina: eliminar a su cónyuge para reclamar todo.
Su matrimonio fue una mascarada de lujo y sospecha. Valentina se sentía triunfante; había encontrado a su igual. Sin embargo, la noche en que decidió poner fin a la farsa y apuñalarlo mientras dormía, Álvaro despertó con una precisión letal. Su mano, con una hoja idéntica a la que ella empuñaba, se posó sobre ella.


En ese tenso silencio, la máscara cayó. Álvaro río, una risa seca y sin alegría, y le ordenó quitarse la ropa. En un climas brutal, ambos se rebelaron mutuamente sus identidades completas. No hubo miedo, solo reconocimiento. Ella lanzó la primera estocada, un acto de desafío y pasión retorcida. Él respondió al instante. La habitación se llenó del sonido metálico de las hojas chocando y, finalmente, del silencio. Valentina y Álvaro murieron en un abrazo sangriento, dos fuerzas iguales que solo podían destruirse mutuamente.




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