Hay noches en las que el silencio es tan profundo, que se siente como si algo oculto estuviera esperando…
Así comenzó todo para Camila.
Vivía sola en un pequeño apartamento. Todo era normal, hasta que una madrugada, el golpeteo empezó.
No era la puerta principal.
No era la ventana.
Venía desde dentro de la casa.
Toc.
Toc.
Toc.
Camila se levantó, temblorosa, siguiendo el sonido hasta el pasillo. Y allí la vio:
Una puerta vieja, de madera oscura, que nunca antes había notado.
Estaba en la pared… como si hubiera estado ahí toda la vida, pero recién ella pudiera verla.
El golpeteo creció.
TOC. TOC. TOC.
La puerta no tenía cerradura. Solo una manija fría, como hielo.
Contra toda lógica, Camila la tomó… y tiró.
La puerta se abrió.
Oscuridad absoluta.
Un aire fétido salió desde adentro, como si aquello hubiese estado esperando.
Entonces lo escuchó.
Un susurro áspero, casi inhumano:
“Gracias por abrirme… Ya te veía desde hace tiempo.”
Una mano pálida salió y la agarró del brazo con fuerza.
Otra mano.
Y otra.
Decenas de dedos largos como agujas, arrastrándola hacia la negrura.
Ella gritó, pero el mundo no la escuchó.
La puerta se cerró.
A la mañana siguiente, todo estaba como siempre.
La puerta no estaba.
Nadie recordaba a Camila.
Solo, cada noche, en el pasillo vacío del apartamento…
Se oye un leve golpeteo.
Toc.
Toc.
Toc.
Como si alguien al otro lado…
rogara ser liberado.


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