“Frankenstein” - de padres e hijos 

La nueva película de Guillermo del Toro comienza con una secuencia que recuerda a la primera temporada de The Terror (2018): un enorme galeón del siglo XIX está varado en los hielos árticos, y la tripulación, además de morirse de frío, se ve acechada por un monstruo. Pero no es cualquier monstruo, es EL MONSTRUO. Estamos hablando de aquel engendro mítico que hace casi cien años cruzó el puente entre literatura y cine para quedarse para siempre de este lado de la orilla. La famosa “criatura”, a la cual la gente se refiere equivocadamente como “Frankenstein”. Del Toro trabaja en pos de diferenciar creador de creación ya incluso desde el tagline que promociona su película, el cual anuncia: «Solo los monstruos juegan a ser Dios». Para del Toro no hay ninguna duda de que Víctor Frankenstein –personaje arquetípico del científico loco, cuya autoría podemos adjudicar a tres personas: Mary Shelley, autora original de la novela; James Whale, director de la primera versión de la película estrenada en 1931; y Colin Clive, protagonista de aquella versión– es el monstruo. Por el contrario, su criatura es un engendro cuyo sufrimiento existencial sólo puede catalogarse como humano. Demasiado humano.

En el documental que Netflix produjo especialmente para la ocasión –Frankenstein: la lección de anatomía (2025)– del Toro explica: «Me interesa más hacer películas sobre gente que tiene mucha maldad, porque en definitiva es una forma más realista de ver el mundo». Uno puede percibir este criterio en el armado del cast de la película. Para representar al Doctor Frankenstein, del Toro eligió a Oscar Isaac. Y de entre la larga carrera de este aún joven actor guatemalteco, vale la pena recordar Ex machina (Alex Garland, 2014), ya que en ella Isaac interpretó a otro Prometeo sin escrúpulos. Un magnate de la industria de la computación obsesionado por la dificultad de la tarea propuesta –el desafío de crear una inteligencia artificial con autonomía de movimiento–, pero sin demasiada conciencia respecto al resultado de la misma. Los puntos en común entre los personajes de Nathan y Víctor son varios, e Isaac repite ciertos gestos de violencia y misantropía.

Víctor (Oscar isaac) en su laboratorio.

Por otro lado, para el protagónico femenino de la historia, del Toro eligió trabajar con la enorme Mia Goth: una hermosa fruta prohibida, siempre a punto de pudrirse. Protagonista de la trilogía de “Maxine Minx” dirigida por Ti West –X, Pearl y Maxxxine–, y de Infinity pool (Brandon Cronenberg, 2023) entre otras, Goth es una especialista en interpretar personajes que atraen a seres desequilibrados. En este caso Del Toro la erige como objeto de deseo de tres hombres muy distintos entre sí: William Frankenstein (Felix Kammerer), Víctor Frankenstein, y la Criatura (Jacob Elordi). Elizabeth es una antibelicista convencida, y si bien la película no cuenta cómo o por qué se enamoró en primer lugar de William –ni tampoco por qué rechaza a Víctor, más allá de los convencionalismos de la época, los cuales aparentemente no respeta–, deja en claro que aquel ser que mueve su corazón, aquel con el cual se identifica, es la Criatura. ¿Por qué? La película no da demasiadas explicaciones, y tal vez ni del Toro lo sepa. Aún así Mia Goth lo hace verosímil, y esto es gracias a su enorme talento intuitivo.

Elizabeth (Mia Goth).

Frankenstein son dos relatos en primera persona, primero el de Víctor y luego el de la Criatura. El relato de Víctor cuenta su infancia bajo la autoridad de un padre tiránico –interpretado por Charles Dance, el inolvidable asesino a sueldo de El último gran héroe (John McTiernan, 1993)–, y luego sus años como joven estrella del mundo de la cirugía. Una de las mejores escenas de la película es la clase magistral que Víctor da frente a las autoridades médicas de la universidad. Una cruza entre lo científico y lo circense –un freak show de alto impacto– nos muestra la intención de Víctor de ir más allá de los límites éticos que plantea su profesión. Y sirve también como prueba de la habilidad de del Toro para construir relatos de época con anclaje en la actualidad. El pavor que provoca el esqueleto viviente en los viejos catedráticos es asimilable al desconcierto actual que sobrevuela en el ámbito académico producto de la consolidación del uso de las inteligencias artificiales. Del Toro parece anunciar que lo desconocido y revolucionario sólo habilita dos opciones: el miedo o la temeridad. También existe una tercera opción, la precaución, pero esa actitud no es lo suficientemente dramática.

Gracias a ese espectáculo escandaloso, Harlander (Christoph Waltz) decide apadrinar los experimentos de Víctor, suministrando las condiciones materiales que le permitan conducirlos a sus últimas consecuencias. Esta inyección de financiación incluye la construcción de un laboratorio equipado con tecnología de punta –es decir, enormes columnas valvulares de colores, pararrayos de plata, una camilla de operación con forma de cruz, etc.–. Es interesante remarcar el hecho de que el capital que Harlander invierte en Víctor proviene de las ganancias que obtiene su empresa de fabricación de municiones. Este dinero manchado con sangre, el cual fluye en cantidades a partir de la muerte de centenares, será en definitiva la herramienta para producir vida. Si es que es posible calificar de esa manera aquello que Víctor genera. Harlander le encarga entonces esta empresa a su futuro yerno, el hermano de Víctor, y la aislada torre que William adquiere recuerda a los cementerios y mataderos que el arquitecto Francisco Salamone construyó por toda la Provincia de Buenos Aires en la década del treinta. Como dijera Mariano Llinás en relación al uso que su película Historias extraordinarias (2008) hace de la obra de Salamone: «Sus edificios representan la irrupción de la fantasía en la monotonía realista de la geografía pampeana». La torre en la que Frankenstein lleva a cabo el experimento que define su vida es también un vórtice de energía fértil. El espacio demencial que permite a Víctor explotar al máximo su potencial. Y el resultado de esta libertad creativa sin concesiones es la Criatura.

La Criatura (Jacob Elordi).

Más allá de la atracción que suscita un personaje como Víctor o Elizabeth, no existiría Frankenstein sin la Criatura. Ni esta versión ni ninguna otra. La Criatura es tanto una maravilla científica como una abominación antinatural. Este ser ensamblado como un rompecabezas chueco a partir de pedazos de cuerpos de víctimas de la guerra, representa un interrogante tanto para Víctor como para los lectores de la novela y los espectadores de todas las versiones cinematográficas. ¿Es o no es un ser humano? Y por consiguiente, ¿qué define la condición humana? La Criatura tiene conciencia, autonomía e inteligencia, además de un cuerpo físico; características nucleares de la experiencia humana. Sin embargo su origen espurio sobrepasa la tolerancia del pensamiento religioso. Si hay Criatura no hay Dios, y eso es lo que hace que los hombres la detesten. Y le teman.

Guillermo del Toro y Oscar Isaac.

Pero para del Toro la Criatura representa otra cosa, algo mucho menos filosófico. En su versión no es ni más ni menos que el hijo no deseado de un padre irresponsable. Porque una vez que Víctor logró su cometido, es decir engendrar vida, no tiene la más mínima idea de cómo lidiar con ese nuevo ser cuya palabra favorita es el nombre de su papá. Víctor sufre la falta de descanso inherente a la experiencia de la paternidad, y la demanda constante de una nueva persona que tiene que aprender literalmente todo. Llegando al final de la película Víctor le dice a la Criatura: «Encontré la sanidad a un costo muy alto, y tu presencia aquí llama a la locura nuevamente». Que es exactamente lo que yo le digo a mi hija de cuatro años cada vez que se despierta a las seis de la mañana y quiere que juegue con ella.

En el final, lo único que puede hacer la Criatura en pos de seguir viviendo es perdonar las faltas de ese padre. Algo que todos hemos hecho. Algo que nuestros hijos harán a su debido tiempo.

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