AÚN NO SÉ CÓMO ESTOY AQUÍ  

Hay momentos en la vida que nos impacta en gran manera, pero lo que les contaré, fue el susto más grande que he podido experimentar, pues varias veces me he sentido en peligro de morir, aunque esta vez fue la que sentí más cercana. A partir de ahí, pienso que cualquier cosa puede suceder, de repente.

Era la época de mi juventud, me faltaba poco para cumplir 20 años. Llevaba un año estudiando, y cursaba una licenciatura en lingüística y literatura en la universidad. Iba para clase de lingüística II. Me iba caminando desde mi casa en el barrio Campo Valdés de Medellín, hasta la Universidad de Antioquia, que quedaba más o menos, a un kilómetro y medio de dónde vivía. Nunca olvidaré aquella tarde, hasta recuerdo la vestimenta que tenía. Cuando me acercaba a la portería de la universidad, caminando a mano derecha por el costado de la universidad correspondiente a la Avenida del Ferrocarril, iban por el camino, unos metros más adelante, dos muchachos homosexuales, quienes se besaban cada cinco pasos, aproximadamente. Ya casi los adelantaba, cuando venía un tipo en dirección contraria a la nuestra. Es gente de la que se ve sólo por unos segundos durante la vida, pero que su figura no se olvida jamás, ya les cuento porqué. Llevaba una camisa color amarillo, y su bigote negro era abundante y espeso. Cuando el sujeto pasa por mi lado, justo en ese instante, del interior de la universidad, se acercan varios hombres armados, y a través de la malla empiezan a disparar, tratando de impactar al individuo que pasaba por mi lado. Los chicos gay se tiraron al suelo cuando escucharon los ensordecedores estruendos de las detonaciones, y yo del susto, me quedé parada en el mismo punto, paralizada por la espantosa sorpresa. Estaba tan cerca de las balas, que veía cómo me envolvía el humo que salía de los revólveres. Los proyectiles me pasaron casi rozando, y en ese momento pensé que había llegado el fin. El sujeto para quien iba destinado el ataque, alcanzó a huir ileso del atentado, que sorprendentemente no dejó heridos, ni muertos. Cuando llegué al aula de clase, con taquicardia, me senté como de costumbre, pero estaba ahí sólo de presencia, pues mi mente no estaba en clase, y mientras el profesor hablaba sobre el estructuralismo, en mi cabeza retumbaba el sonido de los disparos que casi me tocan. Me perdí la clase, pero casi pierdo la vida en un instante, y en el momento menos pensado. Durante el resto de ese día, el corazón me palpitó muy fuerte. Fue tanto el pánico, que dudé en continuar con mis deberes académicos durante los días siguientes. Aunque no abandoné mis estudios, me costaba concentrarme en ellos y en las actividades de la vida cotidiana.

Este suceso cambió mi vida en el sentido que ya no estaba tranquila al salir de casa, y de reconocer lo vulnerables que somos los seres humanos, que esta vida es tan efímera como una flor. Fue algo que me impresionó demasiado, sin embargo, no reflexioné acerca de porqué no había sido mi hora. Pensé que quizá Dios me estaba dando otra oportunidad, como se la dió a Jonás luego que saliera del gran pez. Hoy estoy aquí, y créanme que la vida no ha sido fácil, pero gracias a esta oportunidad de seguir viviendo, durante este tiempo he aprendido y he comprendido muchas cuestiones sobre la existencia humana, y he hallado el verdadero sentido de este peregrinaje.

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