Los recuerdos de mi infancia son breves. A veces puedo evocar el canto de los pájaros, el sonido de la lluvia golpeando el techo de lámina y el olor a tierra húmeda. Quizá eso sea lo que más extraño, porque aun cuando aquí llueve igual y los pájaros trinan igual, falta esa paz que hay en el campo, falta el calor de mi mamá.
¿Sabes? Mi mamá tenía esa peculiaridad de amar la cocina. Se levantaba antes de que saliera el sol, antes de que cantaran los pájaros e incluso antes de que cantara nuestro gallo Pepe. Le gustaba tanto hacer el nixtamal, y así inundaba todo nuestro jacalito con el olor a maíz, a tortilla recién hecha.
El metate y el metlapil eran sus fieles ayudantes; con ellos aprendí a hacer la salsa, el mole y la masa. Recuerdo la textura de aquella roca de cantera y cómo se deslizaba con facilidad el metlapil cuando mi mamá jugaba con él. Poco a poco me daba probaditas de todo: de chilito, de chocolate y de canela.
Me acostumbré a esa cocina, al piso de tierra y a las paredes de carrizo que mi papá y mi abuelito habían apuntalado para que mi mamá y mi abuelita pudieran cocinar en ella. Y, por supuesto, no faltaba el fogón, donde la leña y el carbón hacían una danza de fuego que a veces parecía vencerse con el viento o quizá salirse del fogón, rebelde e impasible. Era el olor de la leña y del carbón lo que a veces me hacía toser o se impregnaba en mi ropa durante días, mezclándose con la lluvia y con el propio olor del campo. Ese campo es el recuerdo más arraigado que llevo conmigo.
Mi mamá, casi todas las tardes, esperaba junto a la puerta mirando el horizonte hasta que llegaba el ocaso. Recuerdo cómo se emocionaba cuando veía a lo lejos la silueta de mi padre, acompañado de mi abuelo después de su jornada en el campo. Mi mamá parecía soltar todas las flores del campo; casi brincaba de emoción al verlo. Y puedo recordar el cielo rojizo del ocaso, con el sol ocultándose detrás del cerro y cómo poco a poco el cielo se oscurecía. Pero las estrellas no estaban en esa bóveda celeste: las estrellas estaban en los ojos de mi madre, que estallaban como si el universo naciera ahí, en esos ojos llenos de ternura al encontrarse con los de mi padre.
Tengo pocos recuerdos de mi padre, de mi papi Alfonso: sus manos ásperas de tanto trabajar el campo y el aroma a hierba, a tierra y a madera. Todo eso era mi papá. No te puedo contar mucho de él, pues a los tres años no tenía mucha historia en mi memoria.
Lo demás que recuerdo es a mi madre, corriendo desesperada, llorando y derrumbándose como nunca la había visto. Mi abuelita trataba de abrazarla, pero mi madre, que era un baile de pétalos, se convirtió en un tornado que levantaba el polvo con su llanto.
Fueron días oscuros y silenciosos, en los que Pepe, nuestro gallo, cantaba solito y las gallinitas del corral fueron muriendo poco a poco. Mi mamá se marchitaba sola en su tapete. Mi abuelita la consolaba con palabritas dulces mientras le hacía sus trenzas: “Anda, mijita”, le decía, sacando fuerzas de no sé dónde para que comiera, para que tomara un poco de chocolate, para que regresara a esta vida sin vida.
De a poco mi mamá se fue recuperando y, con ayuda de mis tíos y abuelos, volvió a ser una mujer fuerte como la cantera de su petate y su metlapil, y tierna como el maíz que desbarataba con sus dedos, aún amorosos como plumas de pajarito. Volvió a ser la mujer fuerte que siempre fue, aunque el sabor de su comida era un poco amargo como el café. Pero aun así, siempre quise un poco más.
Un día, mi mamita me tomó entre sus brazos y dulcemente me dijo: “Vente, mi niña, que hoy llega tu papaíto”. Creo que nunca había abierto tanto los ojos, y el corazón casi se me salía del pecho de tanta emoción. Vería a mi papá de nuevo y tenía tanto que decirle, pero, sobre todo, ¡tanto que reclamarle! Eso era lo que más deseaba, pues sentía su ausencia como el peor de los abandonos.
Pero esa noche mi mamá me llevó a otro lugar lleno de flores, de velas y de cirios, donde el humo del copal se confundía con pequeñas estrellas que se extendían por todo el camposanto. Venía también el olor a pan recién horneado, a vainilla y a canela. Lo que nunca olvido es la mirada de mi mamá, que con mucho amor colocaba la foto de mi papá en una cripta de aquel camposanto. Escuchaba cómo le decía: “Aquí estoy, mi viejito, te vine a ver como te lo prometí. Aquí está tu itacate y tu tarro de cafecito que tanto te gusta”. Los ojos de mi mamita brillaban de nueva cuenta y una lágrima acarició su mejilla mientras mantenía una sonrisa que solo esbozaba con el nombre y el recuerdo de mi padre.
Esa noche comprendí que la vida y la muerte jugaban el mismo juego: a veces ganaba una y a veces el otro. Entendí que, aun cuando la muerte se llevó a mi papá y no lo vería nunca más, él estaría cada año ahí, en el olor del copal, en las flores de cempasúchil, en los cirios y en el aroma de la canela. Estaría en el brillo de los ojos de mi mamá, donde se guardaban las estrellas. Y estaría aquí, en el espejo, cuando sonrío o cuando veo el rostro de mis hijos. Es ahí donde mi papá sigue vivo.




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