Este año descubrí que el cine todavía es capaz de hacerme una pregunta que no sé responder. No importa cuántas películas vea ni cuántas historias crea haber agotado: siempre aparece una más, una que me sacude, una que me recuerda que mirar una pantalla puede ser también mirar adentro. Así fueron mis películas del 2025. No solo favoritas: necesarias.
“Sinners”, de Ryan Coogler, abrió el año con una verdad visceral. Es una película que camina con la respiración entrecortada, donde la culpa y la redención chocan como dos trenes sin frenos. Hay un pulso humano ahí, una sensibilidad inesperada que Coogler deja ver entre las grietas. Me conmovió que un film tan exitoso pudiera seguir siendo tan íntimo. Sentí que hablaba de todos esos errores que intentamos esconder, pero que igual nos siguen como sombras largas.
En un registro completamente distinto, “Los domingos” llegó como un susurro. Alauda Ruiz de Azúa tiene la habilidad de filmar el tiempo, de capturar ese instante exacto en el que la vida parece quedarse quieta. La película es una caricia que arde: familia, ausencia, silencio, y esa tristeza que aparece sin hacer ruido pero se queda para siempre. Me dejó pensando en cómo las cosas que más duelen tienden a pasar desapercibidas para el resto del mundo.
Luego llegó mi encuentro doble con Richard Linklater. Primero con “Nouvelle Vague”, un drama que respira nostalgia, donde cada plano parece hablar de lo que se perdió en el camino. Linklater sostiene sus historias con una honestidad casi brutal: no pone música donde hace falta silencio, no subraya emociones que ya duelen solas. Es una película sobre lo que envejece sin pedir permiso: los vínculos, los cuerpos, la memoria.
Y después apareció “Blue Moon”, quizás la más delicada de las dos. Acá Linklater mira la fragilidad humana como si fuese un cristal. La melancolía está en cada gesto mínimo, en cada conversación que parece decir una cosa pero esconde otra. Si “Nouvelle Vague” mira hacia atrás con dolor, “Blue Moon” mira hacia adelante con temor. Juntas, forman un espejo: una nos recuerda de dónde venimos; la otra nos pregunta hacia dónde vamos.
De la mano de Derek Cianfrance llegó “Roofman”, una película que se queda atrapada en la piel. Cianfrance siempre filmó la tristeza como pocos, pero acá logra algo distinto: hace épica la vida común. El protagonista, encerrado entre sus decisiones y su destino, convierte cada gesto cotidiano en un duelo. Es un drama que camina con la cabeza baja, pero con un corazón que late fuerte y sincero.
Más lejos, en otra cultura y otra sensibilidad, “La voz de Hind” me sorprendió con su profundidad. Es una película que exige paciencia, que pide escuchar, que nos invita a entrar en un mundo que no conocemos, pero que aun así se siente universal. Su fuerza está en su humanidad: en cómo retrata a una mujer que, aun siendo pequeña para el mundo, se vuelve inmensa en su lucha.
Entre tanto drama aparecieron las luces frías y hermosas de “Mickey 17”. Podría haber sido solo una película de ciencia ficción, pero eligió ir más allá. Habla de identidad, de repetición, de ese cansancio que sentimos cuando la vida parece un loop sin salida. Es una historia sobre el futuro, sí, pero también sobre la soledad y el sacrificio. Me recordó que incluso en los mundos imaginarios seguimos siendo humanos.
Y para cerrar, “Last Breath”, con Woody Harrelson, me golpeó con la crudeza de lo real. La supervivencia, la desesperación, la fragilidad del cuerpo frente al mundo. Es un film que no tiene prisa, que construye tensión desde la verdad de los hechos. Cada minuto se siente ganado, cada decisión pesa. Es una película que se queda adentro, como una respiración contenida.
Ahora que miro estas historias juntas, encuentro un hilo que no había visto antes:
todas hablan de resistencia,
de cómo seguimos avanzando incluso cuando el terreno se vuelve incierto,
de cómo cada uno carga con su propio mapa emocional.
Este año, el cine no solo me emocionó:
me recordó que todos, a nuestra manera, estamos intentando sobrevivir.
Y a veces, ver una película basta para volver a creer que eso es posible.
Gracias por leerme!
Daniela S. Tifner




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