La Navidad a Cien Bolívares 

La navidad menos navideña que viví no tuvo nieve ni luces de colores, tuvo rejas, olor a cloro y el eco de la desesperación, soy carlos, y en caracas soy formalmente un educador deportivo en un centro penitenciario, pero la verdad es que soy el guardián de la esperanza en un lugar donde la esperanza murió hace mucho, mi salario, como saben, es solo un número que no alcanza para nada, y por eso, mi esposa y yo hacemos yogur, la mañana del 24 de diciembre comenzó como cualquier otro día de venta, a las cinco de la mañana, mi esposa, maría, llenaba los potes con el yogur que preparamos con tanto esfuerzo la noche anterior, sabor a fresa, vainilla, un dulce intento de sobrevivir, yo cargué la cesta en mi bicicleta, mi fiel medio de transporte que me salva de las tarifas del autobús, y salí a la calle, bajo el cielo gris, sintiendo el frío metálico del manubrio en mis manos, vendí mi última ración en petare a mediodía, el dinero era suficiente para un kilo de pernil en el mercado negro, si teníamos suerte, mi plan era volver rápido a casa, ayudar a maría con lo poco que íbamos a cocinar, y fingir que éramos una familia normal, que podíamos darnos el lujo de celebrar, pero entonces llegó la llamada, no de maría, sino del penal, un disturbio, necesitaban a todo el personal, y a mí, por ser el "pacificador" del patio, me pedían ir de inmediato, sentí un nudo en el estómago, esa navidad no habría hallacas, no habría pan de jamón, habría miedo y adrenalina, me despedí de maría por teléfono, ella solo dijo: "vuelve, carlos, vuelve entero", monté mi bicicleta y pedaleé de vuelta al centro penitenciario, sintiendo en la espalda el peso de mi traje deportivo, que se siente menos protector que mi chaqueta de guardia, la navidad rompió todas sus tradiciones cuando entré al penal, la mesa de la cena no era la nuestra, sino una cancha de cemento abarrotada de presos que gritaban, las luces de navidad no eran bombillos de colores, sino el flash estroboscópico de las linternas y el reflejo del metal, mi regalo de navidad fue pasar la noche negociando, no la paz, sino la vida de los custodios rehenes, usando mi voz, mi reputación con los reclusos, mi única moneda de cambio, a las doce de la noche, mientras en el resto de venezuela se escuchaban fuegos artificiales, yo escuchaba el silencio tenso de la tregua, me senté solo en la oficina del director, exhausto, mi cena de navidad fue un trozo de pan seco y el recuerdo amargo del yogur que no pude vender por más tiempo, mi esposa estaba sola en casa, el impacto sentimental fue demoledor, me di cuenta de que mi vida, nuestro matrimonio, nuestra dignidad, eran tan frágiles como esos potes de yogur que vendíamos, y que incluso la fecha más sagrada se había rendido ante la realidad de la supervivencia, la navidad menos navideña fue la que pasé entre rejas, no como prisionero, sino como un esclavo de las circunstancias, ese 25 de diciembre, cuando finalmente regresé, maría me esperaba en la puerta, el pernil estaba frío, pero ella me abrazó con la fuerza de un ancla, y al verla, entendí la verdad: la navidad no se había roto por las rejas, se había transformado, porque nuestro único y verdadero regalo, el más importante, era estar vivos, sanos, y juntos, esperando el amanecer, sin un centavo, pero con la promesa de hacer más yogur al día siguiente.

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