Aquel 20 de diciembre, mientras corríamos entre grititos de diversión por el centro de mi pueblo, para alcanzar el ultimo bus que nos llevaría a mi casa, sentí que algo faltaba, pero la vida iba tan rápido esos días que no identifique la perturbación de mi mente. Al llegar, nos dimos cuenta que estaba casi vacío, las pocas personas que esperaban, decían que posiblemente nos tocaba ir a pie. El sudor frio empezó a correr por mi nuca, desde que escuche tal cosa, a medida que pasaban los minutos mi nerviosito crecía y mi hermano no dejaba de ser el saltamontes risueño que era, yo solo lo veía y le sonreía, como si todo estuviera bien. Media hora más tarde, al no llegar el trasporte, un grupito emprendió el camino.
Mi cara de terror era evidente, no me gustaba irme a pie, con desconocidos y menos de noche. Algo que mi hermanito noto al conectar con mi mirada mientras se guindaba como monito, del enrejado colonial de una casa. Rápidamente se bajo de un salto y con su cara de pícaro anuncio a voz populi que no tuviera miedo que si llegaban los malos el me defendería, que para eso tenia su capa y su espada, que dicho sea de paso la habíamos hecho de cartón pintado con una combinación de sus garabatos.
Los pocos esperanzados que quedaban explotaron de la risa, no nos quedó de otra que reír también. En ese momento me di cuenta que tenia meses que no escuchaba una risa colectiva de desconocidos, tan bonita que puedo jurar haber escuchado una melodía sublime. En medio de la alegría una señora de unos 50 años, secundo a mi hermano diciendo que si habia un héroe con nosotros nada debíamos temer. Además, sí nos íbamos en grupo seriamos los asistentes del super niño.
Y así fue, todos emprendimos el viaje de unos 20 minutos, no era mucho, pero se escuchaba el rumor que en el paso del rio se la pasaban robando. Pero antes nos organizamos, aquellos que iban sin bolsas de compra ayudamos a los otros para hacerle leve el camino.
Así era mi pequeño hermano, lograba mover montañas con un meñique, su personalidad ocurrente, su buen humor y una imaginación sin fin encontraba caminos para salirse con la suya. Es lo contrario a mí, super sociable, hace amigos en todos lados y formaba planes en menos de un segundo. Casi un líder natural, que le quito el miedo a un grupo de adultos y adolescente que no se habían movido por temor a un par de rumores.
Mientras caminaba, las quejas de la situación que enfrentaba el país, donde todas las noticias eran malas, no se hicieron esperar y estas eran las más recurrentes; “Nos han quitado todo poco a poco” “Estoy cansada de hacer cola todo el día” “La luz y el agua se van a cada rato” “Ya no sé qué le daré de comer a mis hijos” “Ahora tengo que caminar no consigo repuesto”. En ese tiempo sentía que nos habia programados para solo buscar medicinas, comida, gasolina y transporte en anaqueles, farmacias y terminales vacíos. Y no conforme con esto los servicios básicos simplemente se interrumpían a cada momento.
En medio del estrés producido por la lluvia de quejas, se escuchó a mi hermano gritar a todo pulmón a penas llegamos a la plaza.
- ¿Dónde está la navidad? – El mismo habia insistido que tomáramos el camino de la plaza, me imagino para verla. Pero no habia rastro de ella.
En ese momento lo entendí, el 24 estaba a la vuelta de la esquina, y las calles ni las casas daban fe de la época más colorida del año. Los preparativos que comenzaban en noviembre no se hicieron, no se escuchaban los fosforitos, las fachadas no lucían pintadas ni vestidas con sus mejores galas, las señoras religiosas no fueron a la casa a pedir colaboración para los adornos comunitarios. Era como si fuera Villa Grinch, cuando era el pueblo más navideño de todos los pueblos.
Estaba tan sumida en la queja, la negatividad y las noticias funesta, que por mi mente no habia pasado la idea de la blanca navidad.
Poco a poco, la marcha se detuvo, se notaba genuinamente en las miradas de desconcierto de todos, que nadie se habia tomado el tiempo de pararse a observar, ni percatado de la fecha y como debía estar la plaza a esas alturas. Esta carecía de las típicas luces en los árboles, del arbolito, el pesebre y los adornos grande. Solo reinaba oscuridad, solo unos pocos faroles con bobillas guiaban a medias el camino.
Los murmullos comenzaron de nuevo afirmando que ninguno adorno sus casas ni siquiera había quitado el polvo de la decoración que conservaban de años anteriores. Y reanudamos la marcha en un silencio sepulcral acompañados de caras largas y los gimoteos de mi hermano por no encontrar su Navidad. Hasta que el más pequeño de todo grito
- ¡Debemos salvar la Navidad! No podemos permitir que nos las quiten. – Entre tanto lo vieron con cara de loco, pero cuando puso mirada de gato todos aplaudieron y comenzamos a escupir ideas esperanzadoras.
- ¡Si todavía no es tarde! – le dije a mi hermanito.
Esa noche se cerro un pacto y comenzó un movimiento por todo el pueblo que se extendiendo en 4 días a todos los rincones del país. El grupo entero se comprometió a sacar los arbolitos y nacimiento viejos, repararlos, adornar las casas y hacer los preparativos para recibir al Niño Jesús, a Santa, el Nuevo Año y a los Reyes Magos, con la alegría y las parrandas que hacíamos en su honor.
Y por, sobre todo, debíamos correr la voz entre nuestros vecinos en las redes, y animarlos a que ellos también lo hicieran. La premisa estaba clara no permitiríamos que nos robaran también la Navidad, esa era nuestra, las fiestas más esperadas del año. Nos uniríamos para celebrarla en comunión, en familia, con alegría y la esperanza de reconstruir el país que nos vio nacer. La negatividad debía ser cancelada, si las luces estaban quemadas se adornaríamos sin ellas, si no se podía hacer el plato navideño se remplazaría por caraotas, lentejas, arroz, ensalada, pues la cena se servía igual en familia, vestidos con las mejores galas y agradeciéndole a Dios por los alimentos y por la vida. Y cortaban la luz durante la cena, pues se comería a la luz de las velas, y con una charrasca improvisada se cantaría mínimo el burrito sabanero.
Conforme cruzamos la plaza, el entusiasmo era tanto por todo el camino se escuchaba a una sola voz ¡Feliz Navidad! para que todos lo que por allí vivían cayeran en cuenta de la fecha.
Por nuestra, al llegar a las calles que reconocíamos como hogar, mi hermano comenzó a gritar a todos los vecinos y familiares que llego la navidad y por eso tenía que adornar, y les dijo a mis tíos que al siguiente día iría ayudarlos porque esa noche llegaría en su casa. Cada objeción que le daban le encontraba una solución, fue tan insistente que, entre risas, mi mama y yo adornamos la casa con todo lo que contenía en la caja del año anterior. Cuando llego el momento del encendido de las luces sus ojitos brillaron de ilusión. 
Al día siguiente, madrugo arrastrándome a casa de los vecinos para dar el mensaje, indicando que publicaran las fotos en redes para que otros lo replicaran. Al cabo de unas horas, llegamos a casa de mis tíos, no sé cómo, pero todas las cajas estaban afuera esperando a ser desmontadas. Y así fue, cada uno se encargo de sacar y quitar el polvo de todas las figuritas del pesebre, guirnaldas y adornos en general, para que mil horas después la casa quedara con un aire navideño muy especial.
Los vecinos apáticos a ver a los más entusiasta adornar sus casas, se unieron. El ambiente que se respiraba en el pueblo era más ameno, aunque la crisis evidentemente existía, el lenguaje de esperanza empezó a renacer. No se sabía que se cenaría o si llegarían los regalos al árbol, pero la promesa silenciosa de la unión y la alegría no se apagaría esas navidades. Y Conforme pasaron los días la voz se fue corriendo, las familias vecinas se unieron en una sola para planificar la cena, la gente estaba entusiasmada, quería pasarla en grande.
Ese fue el año donde más comida hubo en mi plato, cada quien aporto algo, nos unimos todo para hacer comidas distintas a las que estábamos acostumbrados en Navidad, pero igual de ricas.
Mi hermano junto a los niños del pueblo estaba saltando en una pata, para ellos fue un respiro de alegría y unidad, en los tiempos donde la oscuridad reinaba y nada se podía ver con claridad.
Pero en medio de su alegría, surgió una preocupación, conforme las cartas llegaron a los arbolitos, Santa anuncio malas noticias. Nadie quería quitar la ilusión de los tan ansiados regalos. No me atrevía a decirle a mi hermano que Santa no tenía combustibles para entregarlos, pues el lugar de abastecimiento de La Pequeña Venecia estaba seco, y como vivíamos en un país tropical los renos no podían darse el lujo venir porque se sofocarían. Así que el señor de barba blanca hacia las entregas en un trineo robótico supersónico para estos climas.
Pues Nadie sabía que hacer, estábamos montado en el tren y no lo íbamos a detener. Hasta que una idea surgió colocaríamos mangos, carritos, trompos, muñecas y perinolas hechas a manos. Total, a muchos en el pueblo se nos daba las manualidades y en cada esquina habia una mata de mango.
Le anunciamos a Santa la idea a través del correo mágico, pidiéndole enviarle una respuesta colectiva a los niños del país, donde explicaba lo sucedido, que esta vez no llegaría en la fecha prometida, pero conforme llegara el combustible dejaría un obsequio de su lista en casa. Aunque sí que le llevarían algunas sorpresas preparadas por algunos de sus amigos que vivían en el país.
La carta llego la víspera de la navidad, milagrosamente todos lo entendieron. El ambiente que se respiraba era otro, los niños sentían que por fin podían serlos por unos días. Habia madurado tanto que nadie hablaba de juguetes, sino que comida habia conseguido sus familiares en el supermercado después de una cola de todo un día.
Aquella navidad no hubo juguetes comprados en tienda, el plato navideño tradicional se cambió por lo que se logró hacer, los postres eran ensalada de mango o jalea. Y si algunos afortunado tuvieron dulce de lechosa, pan de jamón, hallacas, pernil y asado negro en sus platos. En ocasiones era solo uno de los nombrado, o un mini plato navideño. Pero la comida, la alegría, el amor y la unión era tan abundante que no vimos carencia alguna.
Los niños corrían alegres con lo que el Niño Jesús y Santa le trajeron. No hubo queja, reino la comunión, por primera vez en mucho tiempo nos caímos en cuenta que todo era mejor junto. Y desde entonces no hay una navidad que no se celebre en comunión familia, sin importar el viento que soplen.
Sin dudas fue la ultima y mejor navidad que viví en mi pueblo y todo porque un niño se le ocurrió gritar ¿Dónde está la navidad? y Dios me dio el privilegio de nacer en ese lugar tropical donde los mango crecen por doquier. Han pasado unos ocho años y todavía puedo escuchar las risas, saborear la mejor comida y oler esa jalea de mango de aquella navidad.

Amont.


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