Para muchos, Van Helsing (2004) de Stephen Sommers es eso: un festín de CGI, hombres lobo y un Hugh Jackman en su apogeo físico. Pero el otro día, volviéndola a ver con una copa de vino y el silencio de la noche, me di cuenta de que la película no trata sobre cazar vampiros. Trata sobre la tragedia de los nuevos comienzos.
¿Alguna vez has sentido que tu vida es una serie de reinicios forzados? ¿Que cada vez que intentas construir algo, el pasado —o la falta de él— te arrastra de nuevo al punto cero? Ese es el drama existencial de Gabriel Van Helsing.
Desde una perspectiva filosófica, Van Helsing es el mito de la tábula rasa llevado al extremo del cine de acción. Es un hombre que no tiene ayer. Su "nuevo comienzo" no fue una elección, fue una condena impuesta por la Iglesia. Se le ha dado una nueva vida, una nueva misión y un nuevo nombre, pero a cambio se le ha arrebatado la memoria.
Conversando con la película, uno se pregunta: ¿Es realmente un "nuevo comienzo" si no sabes de dónde vienes? Intelectualmente, esto es fascinante. La identidad humana no es solo lo que hacemos hoy, sino el hilo que conecta nuestros actos pasados con nuestras aspiraciones futuras. Van Helsing es un hombre desconectado de su propio hilo. Camina por el mundo como un santo asesino, un brazo armado de Dios que busca, en cada monstruo que derrota, una pista de quién era antes de despertar en los escalones de la Santa Sede. Es el eterno extranjero de su propia alma.
Lo que hace que esta cinta sea académicamente interesante es cómo espeja a Van Helsing con sus presas. El Monstruo de Frankenstein es, quizás, el personaje más intelectual de la película. Él es el "nuevo comienzo" biológico por excelencia: un ser creado de retazos, nacido sin pasado, que solo pide el derecho a existir.
Hay algo profundamente sentimental en la escena donde el Monstruo le pregunta a Van Helsing por su alma. Aquí la película se vuelve académica sin quererlo, tocando temas de la ontología de la Ilustración: ¿Qué nos hace humanos? ¿Nuestros recuerdos o nuestra capacidad de sentir dolor por el otro? Van Helsing y el Monstruo son hermanos de destino; ambos son experimentos, uno divino y el otro científico, arrojados a un mundo que no los quiere y obligados a empezar de cero en cada pueblo que visitan.
No podemos hablar de "nuevos comienzos" sin mencionar a Anna Valerious (una Kate Beckinsale que exhala melancolía gótica). Para ella, el "comienzo" es una esperanza generacional. Su familia ha estado estancada en un purgatorio de lucha durante nueve generaciones. Su vida no le pertenece; es un peaje que debe pagar para que sus ancestros puedan finalmente cruzar al otro lado.
Aquí es donde la película se vuelve humanizada y dolorosa. Anna no quiere ser una heroína; quiere que su estirpe tenga un nuevo amanecer. El sacrificio final de Anna es, posiblemente, uno de los momentos más subestimados del cine de género. Ella muere para que la maldición se rompa, permitiendo que su familia —y el propio Van Helsing, aunque sea de forma amarga— puedan empezar una etapa diferente.
El final de Van Helsing no es el "felices para siempre" de Disney. Es un nuevo comienzo teñido de luto. Gabriel recupera parte de su memoria (el hecho de que él fue quien mató a Drácula hace siglos), pero pierde a la única persona que lo veía como un hombre y no como un arma.
Me puse a pensar en esto: a veces, los cambios más profundos en nuestra vida ocurren justo cuando perdemos lo que más amamos. El "nuevo comienzo" de Van Helsing al final de la película es el de un hombre que ahora tiene un pasado, pero es un pasado que duele. Ya no es una página en blanco; ahora es una página escrita con la tinta de la pérdida. Y aun así, hay una belleza intelectual en ese cierre: él elige seguir adelante. Cabalga hacia el horizonte no porque no tenga nada que perder, sino porque finalmente entiende que su propósito es proteger a otros de la oscuridad que él mismo encarna.
Si estás leyendo esto y buscas una película para celebrar "nuevos comienzos", no desprecies a los clásicos de acción. Van Helsing nos enseña que empezar de nuevo es un acto de valentía extrema, especialmente cuando no tienes un mapa de quién fuiste.
Es una película inteligente vestida de cine palomitero. Nos habla de la soledad inherente al héroe, de la búsqueda de la chispa divina en lo que otros llaman "monstruos" y de cómo la memoria es, al mismo tiempo, nuestra mayor carga y nuestro tesoro más preciado. Al final, todos somos un poco como Gabriel: caminamos hacia el amanecer, cargando las sombras de un ayer que a veces preferiríamos olvidar, pero que es lo único que nos hace reales.




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