MUERTE POR EMPANADA 

A las seis de la mañana, junto al paradero de buses, Doña Margarita ya tiene abierto su puesto de empanadas. A esa hora, una decena o más de personas se congregan a su alrededor para desayunar. Todo el mundo sabe que esas empanadas no sólo están hechas por manos divinas, sino que, además, se componen de ingredientes celestiales.

Yo, en particular, amo la sensación de la grasa escurriéndose por mis labios mientras mastico el cerdo agridulce del que está rellena la masa, o trituro el chicharrón crocante que está entremezclado con fríjoles, o machaco los granos de maíz. En mis papilas gustativas estallan mil sabores como fuegos pirotécnicos. Es en ese instante que decido bajar la velocidad. Saboreo, retengo en mi boca la carne desmechada, la aplasto contra mi paladar duro con la intención de extraerle el máximo gusto y jugo. Hablo por un instante con Dios. Y… de repente, regreso a la realidad y me doy cuenta de que ya no queda empanada. Todos los días, sin falta, este ritual se repite.

Pero recuerdo una mañana lluviosa en la que un acontecimiento funesto rompió con la magia cotidiana de este ritual. Sucedió hace dos años. Todavía puedo ver con nitidez en mi memoria aquel recuerdo, como si estuviera en una sala de cine. Por esa época trabajaba como una mula, sin descanso, y aquel día tenía, sí o sí, que ir al trabajo, sin importar que hubiera amanecido con fiebre, con dolor de estómago y con una tos que estaba a punto de quebrarme la garganta del dolor.

Ciertamente, no estaba en mi mejor época. Para colmo de males, mi novia me había terminado dos días antes, que porque ya no sentía lo mismo por mí, ¡embustes! Ustedes saben, la misma justificación que escupen todas las personas cuando se aburren y se hastían de las relaciones amorosas, y lo único que quieren es deshacerse de un peso incomodo engarzado como un mono alrededor del cuello. No lo voy a negar, la verdad es que me dolió tanto como le debe de doler a un boxeador que le partan en dos la mandíbula.

Lucía y yo llevábamos cinco años juntos durmiendo en el mismo lecho, compartiendo sudor, saliva de noche y de día, pero también sentimientos, pensamientos, desilusiones, así como logros profesionales, sociales, etcétera… y, de repente, ¡me sale con que dejó de sentir amor! ¿De verdad sintió algo por mí? Lo dudo. Me mintió. Fue una hipócrita. Simplemente encontró un mejor partido, como dice el vulgo. En efecto, en cuanto percibió que el agua se estaba infiltrando por alguna hendidura del barco que construimos juntos, se subió en el primer buque que pasó a nuestro lado y me abandonó.

Sin embargo, eso no era, en realidad, lo que más indignado me tenía, sino el millón de palabras vacías y de falsos juramentos que en repetidas ocasiones profería, por lo general después de arder en las hogueras del sexo: contigo en las buenas y en las malas, gemía. ¡Qué risa! A los meses de haberme arrojado por la borda del olvido me enteré de una noticia espantosa: que estaba embarazada, ¡de otro! Las piezas del rompecabezas encajaron y el panorama, de por sí nublado, se tornó más comprensible.

En fin, si creen que me estoy yendo por las ramas, se equivocan. Menciono esta ruptura amorosa para ilustrar que aquella mañana del mes de junio estaba devastado, tanto a nivel espiritual como físico. Y la lluvia no hacía más que unirse al coro de espectros que habitaban el anfiteatro de mi mente y conformaban mi orquesta emocional. Orquesta que, en cierto modo, era una mezcla de la banda sonora del clásico cinematográfico de Alfred Hitchcock, Psicosis,

y la banda sonora del otro clásico de los años ochenta, Al final de la escalera, del director Peter Medak.

Esta especie de hojarasca, o vorágine musical endiablada, tenía doble origen: por una parte, era fruto de la impotencia cuajada en rabia que me estaba atormentando hasta el punto de engendrar en mí el deseo de cometer un asesinato… y es que —esta confesión me avergüenza— durante el tiempo que estuve con Lucía desarrollé unos celos estúpidos, feroces, que, no obstante, aprendí a ocultar, para no acelerar la ruptura…

Por otra parte, aquello también era fruto de una especie de sentimiento de duelo, como si dos días antes hubiera enterrado a algún familiar muy cercano y querido: a mi padre, o a mi madre… a mi abuelo o a mi hermana. Producto de un accidente de tráfico, o algo parecido, como sucede en Al final de la escalera, película en la que el protagonista, John Russell, un pianista de profesión, (interpretado por George C. Scott) pierde de improviso a su esposa y a su hija.

En consecuencia, aquel miércoles, con los pies tan pesados como si estuvieran hechos de cemento, y con el corazón aniquilado como si lo hubieran bombardeado las tropas de la muerte, me arrastré hasta el paradero de buses. Me encontraba a diez o más metros de distancia del puesto de Doña Margarita, pero el olor a empanada era tan fuerte que en cuestión de un segundo traspasó mi nariz azotada por la gripe y sucedió que todo el moco congelado pasó de sólido a líquido, y de líquido a gaseoso.

¡Vaya ejemplo de tenacidad y de persistencia el de esa señora!, por más que lloviera, tronara o relampagueara, ella siempre estaba allá, imperturbable como una estatua, a la misma hora, dándole forma de medialuna a la masa, con un cuidado y un arte muy propio del alfarero. Y todo lo anterior, al tiempo que dejaba caer las futuras empanadas —como misiles— en el mar de aceite hirviendo y atendía el avispero de transeúntes que comenzaban a detenerse para comprarle.

Cosa curiosa: mi apetito, que desde hace dos noches era un cadáver ambulante, pareció resucitar y, pese de la indigestión, me dieron ganas de comerme una empanada. Sólo una, ¿qué mal me haría? Por el contrario, me vendría bien.

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Buenos días, doña Margarita —le dije—. Por favor me da una empanada de cerdo agridulce.

Su habitual sonrisa se enroscó en mi rostro y me acogió. Me amparó del frío tan horrendo que me calaba los huesos. Me regaló una de esas sonrisas de matrona ante la cual es imposible no sentirse bendecido.

—Muchas gracias.

Le contesté, segundos después de recibir la medialuna humeante, a la cual le di un mordisco por puro instinto y me quemé la lengua. Las palabras de doña Margarita llegaron demasiado tarde:

—¡Cuidado mijo que está muy caliente!

¡Qué tonto soy!, pensé, mientras sacaba la lengua y la agitaba tratando de extinguir el incendio.

En mi intento desesperado por no llamar la atención de los curiosos, me apresuré a contestarle a la matrona:

—Tranquila… no pasa nada.

A continuación, me devoré la empanada en cinco o seis mordiscos, pues estaba deliciosa.

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Exactamente en el último mordisco, en el instante preciso en que mis dientes trituraban el último rollo de carne y mi lengua se disponía a empujar el bolo alimenticio por el tobogán de mi garganta, en dirección a mi estómago próspero en jugo gástrico; en ese segundo, oigo un insulto que provoca que la comida se atasque bajo la campanilla del paladar.

—¡Vieja estúpida!, ¿no entendió que le pedí una empanada de arroz con papa y no una de chorizo! No le voy a pagar ni mierda.

Giré con tal brusquedad la cabeza que sentí que el cuello me crujía de igual manera que cruje la cáscara de un huevo cuando la parten a la mitad. En ese momento, percibí que no sólo yo tenía la boca abierta del asombro, sino que los demás comensales se hallaban igual de perplejos: ¿quién era la bestia que osaba insultar con semejante desparpajo a Doña Margarita, una de las señoras más respetadas del barrio, incluso hasta por los mismos matones extorsionistas, traficantes de droga que controlaban y vigilaban cada esquina? Casi escupo el pedazo de empanada que me faltaba por comer, porque de otra manera me iba a ahogar.

Mis pupilas tuvieron la mala suerte de fotografiar un rostro surgido, o más bie fugado, de alguna de las pinturas surrealistas de Pablo Picasso. Me tropecé con una cara de facciones casi deformes: los ojos bizcos, el uno a mayor altura que el otro, enormes como bolas de billar, sostenidos por dos párpados inferiores hinchados y ojerosos; una nariz de simio, unos labios gruesos como tiras de cuero, cuyas comisuras estaban a un centímetro de rozar las orejas; una frente surcada de arrugas y un cráneo calvo. Era el rostro del individuo que acababa de insultar a doña Margarita. Un rostro que se iba tornando cada vez más rojo de la rabia.

—¡Esta empanada sabe asquerosa! —volvió a gritar, ante los ojos desorbitados de todos nosotros.

Acto seguido, el energúmeno cometió una acción reprochable, desde cualquier arista que se la examine: el descarado arrojó al suelo la empanada y, no contento con ello, la pisoteó una, y otra, y otra vez más.

Mis rodillas estaban tiesas. Duras. No podía mover las piernas, pese a que la indignación de aquella injusticia me empujaba a hacerlo.

Doña Margarita estaba tan pasmada como el resto de espectadores. Apenas podía balbucear una palabra de disculpas. Un perdón que, por cierto, no estaba en la obligación de ofrecerle a aquel tonto prepotente.

Pero… ustedes no se imaginan lo que ocurrió segundos después de que aquel poseído por el demonio aplastara la empanada y luego restregara el zapato en el suelo con la intención de limpiar la suela. No tienen ni idea…

No hay que burlarse del adagio popular que reza: Dios sabe cómo hace sus cosas. Porque eso es así, es una verdad irrefutable. Eso que llaman justicia divina sí existe. Aunque a veces llegue tarde, o demasiado tarde… y no lo digo en son de burla, ni me estoy persignando en falso.

El puesto de comidas de doña Margarita está ubicado, como lo dije, en el paradero de buses. Casi en el borde de la vía pública, que es una calle empinada por la que bajan a máxima velocidad los carros y las motos, cual si estuvieran compitiendo entre sí al mejor estilo de la película Rápidos y furiosos.

Concluiré sin rodeos: lo que todo el mundo vio fue que aquel individuo, luego de pisotear la empanada, puso un pie en la calle e hizo con la mano la señal de pare a un bus cuyas llantas parecían desprender fuego, de lo enloquecidas que estaban rodando. Aún así, el colectivo aminoró la marcha. No obstante, el pie del sujeto se enredó, vaya usted a saber cómo. El hombrecillo tambaleó giró hacia adelante, elevó instintivamente los brazo para protegerse de la embestida y, en menos de lo que canta un gallo, se encontró con la panza aplastada por las llantas del camión y con las tripas afuera, dispersadas.

Lo anterior fue lo que todo el mundo vio, menos yo. Tal vez la causa de mi extravagante visión radicara en el mareo que estaba experimentando desde mucho antes de que este acontecimiento violento sucediera, lo cierto es que yo no vi a un hombre resbalarse y ser atropellado. Ustedes dirán que estoy loco… pero sé muy bien que yo vi fue otra cosa: a aquel hombre lo empujaron a la vía pública, ¡cómo así!, así como lo oyen. Lo empujaron unos brazos humanos que, en vez de manos, tenían garras de águila. Acto seguido, vi un par de alas cafés, muy grandes, que alzaban el vuelo hasta perderse en el cúmulo de nubes grises que no dejaban de llorar aquella mañana del mes de junio.

No le deseo la muerte a nadie. Ni me regocijó de haber presenciado en vivo y en directo aquel desenlace fatal y justiciero que urdió el destino para despedir de la faz de la tierra a aquella alma malvada. Pero no por ello cambiaré mi opinión, a saber: que aquella persona fue la más tonta que he conocido en mi vida.

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Texto escrito por: Danilo Gutiérrez del Socorro

Publicado el 7 DE ENERO de 2026

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