Me gusta Isadora. Estoy enamorado de Isadora.
No. Ninguna de las dos.
No importa cuanto me esfuerce, no sé como expresar lo que siento por ella.
Esto también se escucha ridículo. Definitivamente no hay forma.
La conocí hace más de veinte años. Éramos niños en ese entonces. Pero no éramos vecinos, ni compañeros de colegio ni el amigo de un amigo de un primo del bodeguero. No. Nosotros éramos distintos. Isadora y yo nos conocimos en un desfile. Yo aún estaba en el kinder. Salíamos todos los niños a desfilar por fiestas patrias, íbamos disfrazados de los héroes de la independencia. Según un acuerdo no firmado entre mi mamá y la señorita Martha, mi profesora, yo estaba disfrazado de Bernardo Alcedo aunque el trajecito azul, la corbatita roja y los zapatos de charol ni siquiera a mí a los tres años y medio me daban una referencia lejana de ese tal Alcedo.
Mis compañeros tampoco daban la apariencia de algún personaje de la independencia y, por el contrario, el esfuerzo de sus mamás porque fuera así funcionaba a la inversa. Los bigotes y las barbas postizas, los lazos, el colorete en las mejillas, las espadas de cartón, las botas de esponja, entre tantas otras cosas daban una apariencia ridícula al grupo de personitas amontonadas en una esquina del parque principal esperando su turno para pasar delante de tanta gente que aplaudiría sin mayor remedio. Más que héroes independentistas parecíamos una delegación de pitufos en un carnaval, pero eso ahora no importa. Los recuerdos de los primeros cuatro años de vida desaparecen con facilidad a menos que se constituyan en traumas, aficiones o, como es mi caso, en amores no correspondidos de larga duración. (Ni siquiera espontáneamente deja de escucharse ridículo). Todo lo demás es desechado y si acaso sobreviven es únicamente por las fotografías con bordes blancos en papel brillante que luego se verá amarillento y viejo.
Recuerdo ese día como una maravillosa mañana soleada. Me ardían los pies por llevar tanto tiempo en el mismo lugar. Además estaba muy aburrido. No hablaba mucho con los otros niños o sea que en situaciones como esa me encontraba solo. Mi mamá acosándome con un termo en la mano no contaba, tampoco la señorita Martha ni aquella auxiliar de ojos horribles y piernas extrañas. No, en esos momentos hace falta alguien que sepa como te sientes, que tenga tantas ganas de joder a los demás como tú o al menos alguien de tu misma estatura física. Comenzamos a desfilar cerca de las once. Era un crimen que niños de kinder desfilaran entre dos bandas de músicos y diez caballos con policías incorporados. A la gente en las calles le daba igual. Aplaudirían cualquier cosa que pasara delante suyo, como ocurrió con nosotros. "El honor y gloria para los héroes de la patria, su alma vive en la imagen de estos pequeños niños que demuestran su patriotismo en estas fechas", bla bla bla…", fue la cháchara del maestro de ceremonias que parecía omnipresente desde los altoparlantes instalados en el parque.
Recién cuando terminamos de hacer el recorrido por el parque me di cuenta de que no éramos el único colegio inicial en el desfile. Después de nosotros pasaron otros dos colegios con niños disfrazados quien sabe de qué personajes, pero tan ridículos como nosotros. Eso me satisfizo por un momento. Tenía tantas ganas de burlarme de ellos con todo lo hipócrita que se pudiera ver. Es cierto que ahora me parece desagradable que se trate como idiotas a los niños, pero en ese momento solo quería reírme un poco. Para joder de cerca necesitaba de más personas y no contaba con ellas así que a una calle de distancia comparaba sus disfraces con los nuestros y me burlaba de ellos. La botas, las espaditas, las barbas con elástico, el betún en las patillas, todo era tan gracioso, tan burdo, tan idéntico… era como burlarse de uno mismo. Esa es una cualidad que vamos perdiendo conforme pasa el tiempo. La vida nos parece cada vez más seria conforme crecemos y la burla se vuelve un arma contra otros más que una armadura propia y personal, la mejor defensa ante la crueldad del mundo.
Fue precisamente mientras buscaba los otros disfraces de Bernardo Alcedo – si es que los había – que vi por primera vez a Isadora. Desde aquel momento sentí algo muy intenso hacia ella. En un inicio fue rabia. Como era posible que esa niña, esa en especial, no estuviese disfrazado como todos los demás. No podía tolerar que mientras nosotros (en realidad, me refiero solamente a mí) soportábamos el calor, el hambre y las miradas enfermizas de la gente más alta, ella pudiese ir y venir por la calle a su gusto usando esas zapatillas blancas de Hush Puppies, esos horribles pantalones con un animalito de color amarillo bordado en los costados, esa camiseta extraña y unos lazos exageradamente enormes. Solo verla era insoportable. Sencillamente era injusto. No había excusa para que se librara del martirio colectivo. No podía entenderlo, pero luego pude. Me di cuenta que estaba cerca de su mamá y que se la pasaba revoloteando alrededor de ella y que hablaba con los niños de uno de los otros colegios. ¿Qué pasaba? Acaso nadie la obligó a estar en el desfile ese día. Eso me enfurecía más. Pero decidí no dejarme llevar por eso. Seguramente - pensaba yo, en ese entonces – era una de esas personas que solo están cerca de ti para arruinarte la vida aunque sea por un instante. Sería mejor tratarla como a los otros niños. Claro, aunque no llevara disfraz podía tomarla como punto de burla. Era un poco más alta que los otros niños y su cuello demasiado largo; sus ojos, por el contrario, eran muy pequeños, tenía una nariz extraña, su cabello y su cabeza en general parecía una mezcla de muchas cosas coronadas con esos lazos tan enormes y tan absurdos.
Mientras hablaba con sus compañeros, noté que llevaba una pelota naranja entre las manos, la sostenía con cierta gracia. En fin, tal vez era el aburrimiento o tal vez es que trataba de llamar la atención de un niño. Obviamente él no le prestaba mayor atención. También que el pobre ya tenía demasiado de qué preocuparse con sus anteojos aterradores y el peluquín que llevaba mal puesto con el que sus papás intentaron representar al primer presidente del Congreso Nacional, por lo tanto los jueguitos de Isadora le importaban lo más mínimo. Así que ella se decidió y prefirió la pelota en lugar del niño.
Después de un rato su mamá la agarró de la mano y la separó del grupo. Más a favor para la pelota que no dejaba de subir y bajar estando en manos de Isadora. De repente la pelota bajó demasiado, hizo una finta, rodó hasta caer de la vereda, cruzó la calle y terminó en el otro extremo, cerca de mí, a mis pies. Por un momento no supe qué hacer. Apenas si miré la pelota un segundo, dudando en levantarla, y cuando miré de nuevo hacia el frente vi a Isadora corriendo, acercarse haciendo el mismo recorrido que la pelota para - igual que aquella - terminar a mis pies. Isadora recogió la pelota con calma, la limpió con un soplido, levantó la mirada, me vio un tanto extrañada y entonces hizo algo que jamás le perdonaré: sonrió. Esa sonrisa fue un golpe en la cara, me dejó con la mente en blanco. Casi parecía el momento previo a despertar de un sueño. Describirlo suena cursi, para ser sincero. Lo único cierto que recuerdo luego de aquel momento es a mi mamá llamándome para ir con mis compañeros donde iban a tomarnos una foto grupal. Fui casi inerte tomado por la mano de mi mamá. Isadora me quedó viendo un momento y luego dio media vuelta para regresar al otro lado de la calle. Desde lejos, de pie entre los demás niños, traté de seguirla con la mirada, apenas alcancé a escuchar su nombre cuando su mamá la llamaba. Con el ir y venir de la gente entre un lugar y otro se esfumó. Mientras tanto, mi mamá me hacía señas para mirar hacia la cámara del fotógrafo, un intento replicado por muchas de las madres de los niños. Mi desprecio por las fotos proviene de momentos así, nunca entendí esa necedad por impostar la cara y el cuerpo solo para salir bien en una foto. Me tomó mucho tiempo asimilar esa predisposición que en tantos otros parece muy natural. Isadora desapareció en medio de tanta gente, me quedó en la retina el color de su ropa, que me servía de guía para hallarla nuevamente entre la multitud. Intentos que fueron inútiles. No apareció más, el desfile terminaba para nosotros y con ello la tortura de la simulación patriótica. Caminamos de regreso a casa, solo un vaso de yogurt alivió el calor abrasador de los domingos por la mañana que se resiste al invierno de mitad de año.
Calle tras calle seguía pensando en Isadora. Repetía su nombre en voz baja, era mi manera de conservar su recuerdo. No entendía porqué lo hacía. ¿Por qué aquella niña causó esa impresión en mí? Mi malestar por todo lo hecho en la mañana se iba disipando. Llegando a casa, sentí un tremendo alivio al quitarme el disfraz y volver a mi ropa de rutina. De rato en rato, después del almuerzo, mientras veía televisión, entre juegos de media tarde, venía a mi mente otra vez Isadora. Fue por ella, intentando recordarla, que empecé a dibujar y escribir todo lo que llamaba mi atención. En uno de los tantos cuadernos pequeños que tenía en casa y que no usaba en el colegio, fui hasta la última hoja y dibujé unas primeras líneas abstractas que se suponía eran la cara de Isadora. Con unos cuantos lápices de colores repliqué su ropa, la pelota que lleva en las manos y el color de sus ojos. Escribí su nombre una vez, y luego otra y otra hasta completar toda una página. Después de un buen rato, trazando formas que solo para mi tenían sentido, me quedé contemplando las hojas del cuaderno, ese impulso incomprensible para mi edad que me hizo llenar las hojas, veía conscientemente por primera vez en mi vida la manera en que trazaba las líneas, mi caligrafía torpe para escribir las letras “s” y “d”, la combinación de colores que había hecho y el nombre, aquel maldito nombre una y otra vez en una hoja completa del cuaderno.
Pasados los días festivos y de vuelta al kinder, regresando de clases, mi mamá me contó con entusiasmo que esa tarde iban podíamos ir a recoger las fotos del día del desfile. ¡Vaya tiempos de espera para verte la cara impresa en un papel! Terminadas las tareas del escolares del día, fuimos a unas cuantas calles cerca del parque principal. Llegamos a un lugar con pequeño con un mostrador largo, el olor extraño de estos lugares a causa de los químicos siempre llamó mi atención. No me desagradada pero su irrupción en mi nariz siempre era un choque directo a la cabeza. Después de esperar un rato, mi mamá recibió un sobre de papel con un par de fotos. La impaciencia me abordó durante el camino de regreso a casa esperando ver las fotos, no porque quisiera verme, sino porque tenía el impulso iluso de regresar a aquel día para ver nuevamente a Isadora, para intentar invocarla a partir de la imagen de un momento que ya no regresaría jamás. De vuelta en casa, mi mamá dejó el sobre en una mesa y ofreció dármelo siempre y cuando lo abriera con cuidado. Así lo hice, con bastante cuidado mis dedos rechonchos quitaron el pedazo de adhesivo que sellaba el sobre, y saqué las dos fotos que estaban dentro de una bolsa plástica transparente. Ahí estaban las dos fotos. Me vi nuevamente disfrazado y rodeado de mis compañeros de aula, volvió por un instante la incomodidad, el calor dominguero, pero no volvió Isadora. No estaban sus lazos enormes, su cara extraña de ojos pequeños ni los colores de su ropa. Tomé una de las fotos para cotejarla con mis dibujos. Isadora parecía haberse diluido de la imagen fija para convertirse en los garabatos de mi cuaderno. Más que decepcionado sentí un vació extraño, solo cerré los ojos un momento para recordar su sonrisa leve. Mi mente se puso en blanco. Cuando abrí los ojos no tenía más recuerdos de aquel día, solo lo que veía en la foto sobre mi cuaderno y un nombre escrito que me sonaba a vacío, pero que decidí conservar.
Con el tiempo llené el cuaderno con más garabatos y más nombres. Cuando terminé de llenar sus hojas, empecé otro y así hasta tener una cantidad considerable de ellos. En cada uno, mi caligrafía fue mutando, lo mismo que los lápices que se convirtieron en lapiceros y eventualmente en pinturas y recortes de cartulinas. Con el tiempo perdí muchos de ellos, eventualmente recordaba las cosas que había escrito ahí, las reversionaba hasta el hartazgo. Significativamente venía a mi recuerdo alguna imagen o algún nombre, sin saber su procedencia o si quiera la certeza de cuales eran reales o inventados.




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