Una vez vino mi papá y se le veía un poco triste, traía a su bebé, algo que les molestaba a mis hermanos porque si viene a vernos ¿por qué trae a ese niño? Yo le ponía el chupón y le pellizcaba los cachetes sin hacerlo llorar; para mí era un bebé bonito. No se sabía por qué la tristeza de mi papá.
Estábamos sentados dentro del carro y lo observábamos sentado detrás del volante pensativo, con el codo izquierdo sostenido en la ventana, con el dedo índice doblado puesto en su boca y con el dedo gordo sosteniendo su barbilla. El permanecia ausente mirando a lo lejos. Esperábamos una respuesta donde no hicimos preguntas, pero nuestros pensamientos y miradas eran de que algo pasó, lo descubrió, o lo sospecha. Hasta que rompí ese incómodo silencio expectante y pregunté:
—¿Por qué estás triste, papá?
El enseguida giro la cabeza y me miró.
—Por nada, hijo. Hace mucho calor, ¿verdad?
Y se empieza a sacudir la camisa para refrescarse. Cambio mi pregunta por otra pregunta. Yo sabía que era por esa mujer esa tristeza, aunque se le notaba que no sabía nada. El bebé se puso a llorar por el calor, y él empezó a tranquilizarlo, y a mis hermanos les molestaba su llanto; se los veía en los ojos y en la manera de inquietarse algo en los asientos de atrás y el calor que no perdonaba.
Yo no estaba acostumbrado al llanto de un bebé tan de cerca de mi oído, pero tampoco me molestaba; yo tenía mis preocupaciones, que era mi papá. Saber tanto y callar, no me era fácil, siendo tan suelto de lengua. Después de que mi papá le quitó la ropa, lo dejó en pañales y le dio de tomar un jugo refrescante que tenía en el tetero y lo sopló con un cartón, él dejó de llorar. Estábamos dentro del carro estacionados en una plaza bajo la supuesta sombra de un árbol, porque ese árbol tenía calvicie, y el verano entraba con fuerza dentro del carro. Mi papá tenía dañado el aire acondicionado.

Fuimos a una panadería y pizzería y compramos pizza y bebimos unos refrescos, pero los tres teníamos los ojos puestos en cada reacción de mi papá y su rostro, que no era el mismo feliz de siempre; había tristeza, había preocupación, algo andaba mal, pero siempre estaba el hermetismo silencioso de que todo está bien, no te preocupes.
Se fueron las horas pesadas, calurosas, faltó de vida, estábamos los cincos juntos, pero se sentía forzado, mi papá estaba ausento dentro de esas horas.
—¡Papá! ¿Tienes problemas en el trabajo?
—¡No Carlitos!, todo en mi trabajo gracias a Dios marcha bien.
—¿Por qué estás triste?
—¿Yo triste? ¡Esas son cosas tuyas!
Y empezó a jugar conmigo haciéndome cosquillas, y él empezó a sonreír y por fin pude ver sus dientes blancos. Con su brazo derecho me atrajo hacia él y me abrazó mientras que con el izquierdo tenía al bebé. Miraba por el retrovisor a mis hermanos y les preguntaba:
—¿Ustedes me ven triste?
Mis hermanos respondieron al mismo tiempo que sí, y él puso la excusa que el calor lo tenía así.
Cuando llegamos a la casa, mi mamá veía por la ventana detrás de las cortinas muy ocultamente porque no quería que mi papá la viera. Entramos y saludamos a la abuela y luego a mi mamá. Ella nos preguntó si todo estaba bien, y le dijimos que estaba muy triste. A mí mamá se le vino una sonrisa que quiso ocultar adelante de nosotros, pero no podía; sus ojos disparaban felicidad.
Yo estaba solo en mi cuarto sentado en mi cama pensando y viendo por la ventana aquel árbol de tronco grueso que mi mamá mandó a poner alambres para que no me subiera, pero en realidad yo no veía el árbol; yo estaba absorto en mis pensamientos.
“¿Cómo dos personas que yo tanto quiero podían ser enemigos silenciosos? ¿Cuándo fue que mi mamá dejó de querer a mi papá? ¿Y si es posible que todavía lo quiera? —Mis pensamientos brotaban sin respuestas; parecían palomitas de maíz saltando dentro de un sartén caliente—. ¿Esa mujer querrá a mi papá? O ¿solo lo buscó por comodidad como dice mi abuela?"
En eso entran a mi cuarto mis hermanos y me dijeron que ellos pensaban que nuestro papá y esa mujer tenían peleas y que ella posiblemente lo deje por el carnicero. Nosotros teníamos esa esperanza, y mi mamá quería ver otro bebé con la cara del carnicero. No sabemos si conoció a ese carnicero en el supermercado o si eran novios antes de conocer a mi papá.
Pasó poco tiempo y nos extrañó que viniera tan rápido. Lo notamos un poco flaco y con el rostro desencajado; no había en su rostro aquel reflejo de tranquilidad y felicidad de antes. Mi papá no tenía buena vida; algo pasaba. Esperábamos una respuesta, y como siempre había silencio. Tampoco preguntábamos.

Hasta que un día estábamos en una plaza, el carro estaba estacionado y nosotros estábamos afuera, y yo hacía caminar a mi hermanito, y mis hermanos mayores estaban sentados en el banco con mi papá hablando cosas, en eso pasa un señor con un perro, y mi papá lo saluda muy feliz, y mi papá se levanta y se dirige hacia él y empiezan a hablar de sus cosas.
Nosotros estábamos atentos y oímos que él le cuenta sus problemas con su nueva esposa: sobre peleas por nada, disgustos, rabias, cosas sin sentido; la otra vez lo botó del cuarto, lo tiene a pan y agua, y él no entendía por qué esas peleas de ella si no le faltaba nada. Él decía que a veces pensaba que ella no lo quería, porque ella últimamente se había puesto muy fría con él.
Después cambiaron la conversación hacia el trabajo, ahí descubrimos que el señor que paseaba el perrito era un compañero de trabajo de él. Gracias a esa conversación nos enteramos de cosas en la vida privada de mi papá. Mi mamá lo sabía todo porque se lo contábamos todo.

Ese día pasó, y en esa misma semana yo estaba en la calle como siempre jugando con unos amiguitos, y se nos ocurrió meternos en una casa que estaba sola porque sus dueños se habían ido del país, y era tiempo de mangos, y nos metimos dentro de esa casa, subimos la reja de la calle, y caímos dentro, y fuimos al patio de atrás a tumbar mangos, y me subí al árbol junto a los otros.
Alguno de esos viejos de la casa vecina o de alfrente dio el chisme de que un poco de niños se habían metido a una casa sola, y la patrulla llegó y nos sacaron a todos de ahí y nos llevaron a cada uno a nuestras casas. Éramos los hijos de los vecinos, y cuando mi mamá supo que me había bajado la policía del árbol, se puso furiosa y mi mundo se acabó.
Fue un regaño despiadado; el solo verle la cara a mi mamá, que lanzaba fuego por los ojos, a mí me temblaban las canillas, y todo porque a mí me había pasado algo malo por subirme a un árbol la vez pasada, y al parecer se me había olvidado. Yo estaba frío y castigado, encerrado en el cuarto sin derecho a la televisión, ni a salir a jugar, ni a nada.
Se oyó un grito en la sala y me puse alerta. Era mi mamá que nos gritaba a los tres que ese viejo de nuestro padre estaba al teléfono y que lo fuéramos a atender. Fuimos a la sala; queríamos hablar con él, y más yo, que la temblequera no se me quitaba del cuerpo, y casi llorando lo saludé. Quería verlo, quería que viniera, quería que me abrazara y me dijera con su voz de papá comprensivo, "Te quiero, Carlitos, aquí estoy yo; no llores," y me diera las palmadas que él siempre me daba en la espalda para que se me pasara cualquier miedo, pero no podía venir; estaba trabajando.
Él llamó porque quería oír nuestras voces. Me preguntó por qué yo estaba así con esa voz como si llorara, y le dije que me regañaron porque me subí a un árbol de mangos y la policía se lo dijo a mi mamá. Mi papá me habló tan bonito que aún me acuerdo de su voz y me da esa nostalgia con sentimientos mezclados de por qué la vida nos separó. Me fui de nuevo a mi cuarto a llorar porque aunque me estaba aguantando como un hombrecito para no llorar el hablar con mi papá me hizo llorar sin poder detener mis lágrimas.
Mi abuela entró a mi cuarto y se paró en la puerta.
—¿Mijo usted necesitaba esos mangos?
—¡No, abuela! —respondí llorando.
—¿Usted tiene hambre de mangos?
—¡No, abuela! —respondí con los lagrimones que se me salían y se me chorreaban en mi cara de grillito.
—¿ Para que se subió ahí, buscando caerse y desarmarse? ¿Se le olvidó lo que le pasó la última vez?
—¡No, abuela!
Mi abuela no me gritó, pero su rostro era muy serio con una voz llena de disgusto y de preocupación por mí. Ella se retiró y no dijo más nada. A la hora apareció con la cena y me la puso en la mesita al lado de la cama.—Coma mijo y a ver si con este regaño tan feo que le echaron se le pegan por fin esos cables sueltos de esa cabeza.
Mi abuela se inclinó hacia mí, me dio un beso en la cabeza, me echó sus bendiciones, y se retiró dejándome su olor a talco de una marca rara y casi extinta, con un perfume de antigüedad. No era un talco de un perfume común; no se olía en cualquier lado.
A los días mi papá apareció; estaba preocupado por mí por el asunto de que me metí en una casa ajena y la policía me llevó a mi casa, y quería saber los detalles. No me regañó, pero me aconsejó que no lo hiciera más y me abrazó, y también abrazó a mis otros dos hermanos. Ellos estaban felices porque ese bebé no estaba en el medio con sus llantos y los recuerdos que él representaba de la mujer que había destruido nuestra familia en su diminuto ser.
Fuimos a comer helados a un lugar cercano de siempre, y cuando tenía que bajar del carro de mi papá e irme a mi casa, me entró un pesar; no quería bajarme y no quería ir a la casa de mi mamá. Quería quedarme con mi papá, pero no se podía; él estaba atravesando problemas con su nueva esposa que él mismo no sabía cómo resolver. Él no lo dijo con esas palabras, pero así lo entendí yo.
Mi papá se veía un poco descuidado en su apariencia y delgado. Se notaba que estaba pasando por problemas con esa mujer, y lo más probable es que estaba sintiendo su falta de amor hacia él, y él todavía no lo entendía y luchaba por algo que él construyó encima de su primera construcción. Mis hermanos y yo pensábamos en ese asunto tan complicado: ¿a quién quería esa mujer, a mi papá o al carnicero? Todo indicaba que mi papá era el que sobraba.

Al mes ya no me acordaba de los regaños, pero le tenía miedo a las patrullas que pasaban por la calle y nos miraban; yo me petrificaba. Ahora le tenía miedo a los sacerdotes y a la policía. Me fui directo a la casa y dejé a mis amigos jugar afuera; sé que ellos le tenían miedo, pero se hacían los locos.
Tenía hambre, mi mamá dormía, mi abuela veía su novela favorita en la sala con el televisor con volumen bajo, siempre sentada hacia la ventana para tenerme en la mira y el televisor a cinco metros de distancia, no porque quisiera estar lejos del televisor, sino que yo era el problema. Ella vio la patrulla, me vio entrar, se levantó y le pasó la llave a la puerta para que yo no vuelva a salir y se metió la llave en el seno izquierdo del sostén.
Yo me fui a la cocina, tenía hambre, no sabía qué comer, estaba cansado de hacer sándwiches, era lo único que tenía permitido, y saqué una olla llena de sopa del día anterior. Como no alcanzaba la cocina, me la ingenie para subirme en un banquito y poner la olla que tenía sopa como para un plato, por eso no pesaba mucho y agarré el yesquero y empecé a querer encenderlo chis chis chis, y en eso viene mi abuela que me ve con el fuego del yesquero en la mano y listo para encender el piloto de la cocina y me quita el yesquero y me da un regaño con voz baja para no despertar a mi mamá y no darle más disgustos.
Me bajo del banco con un solo jalón por la camisa, y ella enciende el piloto y empieza a calentar la sopa y me dice que yo era un demonio, que si no se da cuenta prendo la casa, que el yesquero tenía toda la llama alta. Era cierto, la tenía alta; a mi mamá le prendía el yesquero normal, pero a mí me prendió alto.
Me sirvió la sopa y me la puso en la mesa del recibo cerca del televisor, algo que nunca hacía, para no dañar la mesa. Ella estaba sentada con la mano derecha en el corazón mirando por la ventana la calle con unos ojos de espanto y preocupación. Se parecía a Napoleón Bonaparte solo que él en las pinturas no tenía esa cara que tenía mi abuela en ese momento. En eso se oye en la TV Azteca canal por cable, que mencionaban grandes series de varias novelas y entre ellas escuché “Todo por amor" que ya tenía mucho tiempo que había terminado y se lo dije a mi abuela.
—¡Abuela!, esa novela la veía esa señora.
Mi abuela, que estaba pasando el susto que le di, se interesó en lo que le dije y empezó a recordar esa novela porque ella también la vio y me dijo.
—¡Esa mujer no quiere a tu padre!
Ahí me puse a pensar que esa novela tenía la respuesta de lo que nosotros pensábamos. Luego de terminar de comer, me fui a ver televisión en el cuarto de mi mamá; ella estaba profundamente dormida. Era raro porque ella tenía el sueño ligero; parecía que se había tomado una pastilla para dormir y prendo el televisor con volumen bajo y me senté a ver caricaturas de Bob Esponja, pero a cada movimiento de mi mamá yo estaba pendiente; no quería despertarla; le tenía miedo.



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