Películas de mi vida: Escuela de Rock Spoilers

No me puedo acordar con exactitud la fecha en la que la vi, pero sé que Escuela de Rock es una de las películas de mi vida.

Antes de su cierre en 2010, tenía un Blockbuster cerca de mi casa. Ir a alquilar películas era un ritual mágico. Así como Rose recuerda los detalles del Titanic, yo me acuerdo de la alfombra, los pasillos con montones de cajas de VHS (después DVDs) con películas por descubrir, y de mi papá dejando que eligiéramos qué comprar mientras esperábamos ansiosas con mi hermana en la fila: los pochoclos que se hacen en el microondas o las pastillitas Nerds.

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Dentro de todo lo que alquilábamos, siempre encontraba confort en Una serie de eventos desafortunados, Un instante en Nueva York y Escuela de Rock. No sé por qué me atraían tanto, pero esas tres películas me formaron y me hicieron la persona que soy hoy.

En School of Rock tenemos la historia de Dewey Finn (Jack Black), un amante de la música rock que, a toda costa, quiere triunfar con su banda. No desde lo económico, sino por su amor a la música. Esto hace que termine haciéndose pasar por su roommate como profesor sustituto en una escuela privada.
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La alquilamos una y otra vez, y siempre me ponía enfrente del televisor para poder anotar las bandas y solistas que aparecían en ese eterno pizarrón, intentando educarme a la par de los alumnos de Horace Green sobre la historia y los géneros de la música.

A través de esta película descubrí a The Who, Stevie Nicks, Ramones, Black Sabbath, AC/DC, Led Zeppelin y otros. Empecé a prestar más atención a artistas que ya se escuchaban en mi casa, como The Beatles. Ese amor por la música se transmitía desde la pantalla y me formó para afrontar mi preadolescencia. Hizo que me pasara horas mirando MTV, Much Music, VH1 y Rock & Pop, y así mi gusto musical se fue expandiendo cada vez más.

La música se convirtió en mi guía y compañía. Gracias al zapping entre esos cuatro canales encontré mi primera banda favorita y, así como casi toda preadolescente, descubrí el amor platónico. Mis gustos, amigos y personalidad se forjaban en torno a ese universo. Me compré CDs, descargué música y decoré mi habitación con recortes de arte, cultura, bandas y películas, a medida que iba aprendiendo más cosas gracias a ellos.

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Pasé por otra banda más, pero como el primer amor no se olvida, los convertí en protagonistas de mi primer trabajo universitario.

Un poco más de una década más tarde me encontré en crisis con la carrera que había elegido desde los 14 años. A veces siento que me equivoqué, que no me hace feliz lo que estudié, y otras veces, cuando tengo impulsos creativos, me siento agradecida.

Esta semana decidí ver Escuela de Rock de nuevo y, aunque la trama sigue siendo la misma, no es la música lo que me resuena, sino la historia.

Dewey está en sus 30s, al igual que yo. Está en crisis y sabe que quiere hacer música. Lucha hacia su objetivo, pero no lo alcanza. Entonces, más por necesidad que por destino, termina reinventando esa pasión. Cuando todo falla, sigue con la bandera del “fake it till you make it” y aprovecha las oportunidades que se le presentan, avanzando a los golpes, pero con un final feliz.

¿Tendré un final feliz como él? ¿Me podré reinventar o tendré que volver a inventarme, como lo hice a esa edad?

No sé cómo seguirá esto, pero sé que hoy decido reinventarme y volver a escribir después de diez años, otra vez inspirada por la película que me crió.

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