Hay películas que envejecen porque retratan una época. Y hay otras que sobreviven porque retratan un carácter. Nueve reinas pertenece a esta segunda categoría. A más de dos décadas de su estreno, la película de Fabián Bielinsky sigue provocando una sensación incómoda: la de reconocerse en ella. No necesariamente en sus delincuentes, ni en sus engaños sofisticados, sino en algo más profundo y más difícil de admitir. En la forma en que sus personajes se relacionan con el mundo, con el dinero y, sobre todo, con los demás.
A simple vista, Nueve reinas es un thriller sobre una estafa. Pero debajo de esa superficie elegante y vertiginosa hay una observación mucho más ambiciosa. La película parece preguntarse qué ocurre cuando la confianza se vuelve un recurso escaso. ¿Qué pasa cuando las reglas son frágiles, las instituciones generan dudas y la sensación permanente es que uno debe estar atento para no ser el próximo engañado?
La Argentina que aparece en la película es un país donde nada vale solamente por lo que es. Todo parece depender de quién lo vende, quién lo compra y cuánto se puede negociar. La palabra tiene un precio. Las relaciones tienen un precio. Incluso la identidad es algo flexible. Nadie es exactamente quien dice ser. Cada personaje interpreta un papel y, a su vez, sospecha que los demás también están actuando. El resultado es una sociedad donde la apariencia y la realidad mantienen una convivencia tensa y permanente.
La genialidad de Bielinsky es que evita el sermón fácil. Nueve reinas no es una película sobre "los argentinos corruptos". Esa sería una interpretación demasiado cómoda y superficial. Lo que muestra es algo más complejo. La astucia, la improvisación y la famosa "viveza criolla" aparecen como mecanismos de adaptación en un contexto donde las certezas son escasas. En un país atravesado por crisis económicas recurrentes, inflación, cambios bruscos y promesas incumplidas, aprender a desconfiar puede terminar siendo una forma de supervivencia.
Por eso la película posee una extraña ambigüedad moral. Marcos, el personaje interpretado por Ricardo Darín, es un estafador, pero también es un producto del medio en el que se mueve. Juan, interpretado por Gastón Pauls, parece representar la inocencia y la honestidad, aunque la propia película termina por cuestionar esas categorías. El golpe final no consiste solamente en engañar a Marcos; consiste en demostrar que el engañador también puede ser engañado. Nadie está por encima del juego.
En ese sentido, Nueve reinas funciona como una metáfora de una Argentina donde todos sospechan que hay una trampa escondida detrás de cada operación. Comprar dólares, invertir, cambiar de trabajo, votar, abrir un negocio o simplemente escuchar una promesa política. Existe una especie de reflejo nacional que lleva a preguntarse: "¿Dónde está la letra chica?". Y ese reflejo no surge del cinismo gratuito, sino de una memoria histórica construida a partir de crisis, confiscaciones, devaluaciones y desilusiones repetidas.
Sin embargo, sería injusto quedarse solamente con esa dimensión sombría. Porque la misma película exhibe virtudes que también forman parte del imaginario argentino. La capacidad para improvisar, el ingenio, la rapidez mental, la creatividad para encontrar soluciones y cierta habilidad para moverse en escenarios inciertos. Son cualidades admirables cuando se ponen al servicio de la construcción y problemáticas cuando terminan convirtiéndose en sustitutos de reglas estables.
Quizás ahí resida una de las reflexiones más interesantes que deja Nueve reinas. Una sociedad no puede vivir eternamente dependiendo de la astucia de sus individuos. La inteligencia personal es valiosa, pero una comunidad prospera cuando no hace falta ser más vivo que el otro para sobrevivir. Cuando la confianza deja de ser una ingenuidad y se transforma en una posibilidad real.
Tal vez por eso la película continúa siendo tan vigente. Porque, más allá de sus giros magistrales y de su impecable construcción narrativa, habla de una pregunta que sigue acompañando a la Argentina: ¿es posible construir una sociedad basada en la confianza o estamos condenados a vivir en un juego donde cada uno sospecha que el otro tiene una carta escondida en la manga?
La respuesta, como en el plano final de Nueve reinas, permanece suspendida. Porque acaso la mayor estafa no sea la de las estampillas. Quizá sea esa sensación persistente, tan argentina, de creer que por fin entendimos el juego para descubrir, una vez más, que alguien ya estaba jugando otra partida.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.