La mirada sensible e inconmensurable de Leonardo Favio 

“El cine no es para que te amen,

es dar amor”

Leonardo Favio

Quien escribe estas líneas lo hace desde una profunda estima por un cineasta, un cantante, un militante. Todas esas cosas a la vez ha sido Leonardo Favio que, año tras año, pareciera estar más vivo que antes. Poder dar cuenta, al menos desde pequeños fragmentos, de su trascendencia y su legado, es acaso una tarea ardua. Sin embargo, el director Alejandro Venturini se precipita a realizar el intento desde su mirada cinéfila en su documental Favio, crónica de un director (2015). Entre entrevistas y anécdotas se construye la presencia desde su ausencia física; cada recuerdo es una caricia amorosa, una invitación a seguir mirando sus películas y aprender un poco de él, de su cariño por el mundo y, particularmente, por el cine.

Leonardo Favio, cuyo nombre real es Fuad Jorge Jury Olivera, nació en Luján de Cuyo, provincia de Mendoza, Argentina, en 1938. Aquel que logró deslumbrarnos con su arte tuvo una infancia cuanto menos compleja. Una infancia propia de esos años, sin romanticismo, con abandonos, con precariedades y con esfuerzo. Qué hace que alguien con tales dificultades en su historia haya podido transmitirnos tanta belleza y amor es una pregunta válida que merece ser enunciada.

Sólo habla quien ha vivido

La precariedad material de las condiciones de existencia pueden delimitar nuestra mirada del mundo, acaso un tanto resentida. No fue así el caso de Favio quien, con sus hermanos, su madre y sus abuelos, transitó años duros donde la unión siempre prevaleció. En este documental, su hermano Zuhair Jury (guionista de casi todas las obras de Favio) nos cuenta algunas viñetas sensibles, como una noche de lluvia donde el agua traspasaba el techo y tenían que amucharse en familia en un pequeño cuarto para poder pasar ese evento. Su madre recitaba una poesía, como si aquel factor externo no pudiera corromper el momento íntimo. La poesía, en este caso, fue una mirada esperanzadora sobre lo simple. Aquella transmisión y herencia materna simbólica logra verse en cada una de sus películas. Su madre también le transmitió su interés por la actuación, algo que en su juventud comenzó siendo un juego y un modo de obtener la mirada amorosa de una muchacha, y que luego, de la mano de su mentor Leopoldo Torre Nilsson, fue experimentación y rigurosidad transformada en películas únicas, con profundidad e identidad propias.

Pero su infancia, nuevamente, no era un conjunto de días soleados. Los hermanos fueron enviados a un reformatorio cuando Favio tenía 10 años, un mundo nuevamente cruel. Su hermano relata dicha experiencia como una forma de envejecer rápido: “teníamos 400 años, no teníamos 10”. Ese germen, esa marca profunda, funcionó posteriormente como motor de su primer largometraje, Crónica de un niño solo (1965) que con claras referencias a Bresson y a Truffaut, sienta las bases de un cine profundamente argentino. Un niño que transita sus días en un reformatorio, disfruta de generar caos y desbordes. Claro, los niños juegan, esa es su principal obligación en el mundo. Cuando ese juego les es negado, la creatividad aparece por otros lares, entre castigos, travesuras y también maltrato. Esa ha sido la experiencia de ellos; su madre, confiada de que era la mejor decisión, decidió que era el destino apropiado en ese momento para su bienestar. “Lo que no se ha vivido no se puede contar” dice Jury. Hay algo de esa experiencia inaugural, traumática, de la que sólo puede dar cuenta quien la vive, y no es posible hablar desde otra posición que no sea la de quien ha sido marcado, agujereado y bordeado por esos acontecimientos a narrar. Por eso sus historias son profundamente humanas; hablan sobre la bajeza, la vulnerabilidad, la lucha, el amor y la finitud.

Forjando una identidad cinematográfica

La mística de sus películas no responde a intereses foráneos, como siempre ha sucedido en nuestro país. Importar ideas, fórmulas, guiones, ha sido un recurso que sirvió y prosperó durante muchos años (y lo continúa siendo). Poder narrar desde lo vivenciado y rendir homenaje a las tradiciones argentinas, esa es otra historia. Ver en la pantalla grande el reflejo de lo propio desde alguien que jamás ha renegado de sus costumbres y su identidad, retorna como pulso para continuar reproduciendo ese legado. La exploración de Favio se circunscribe a costumbres y tradiciones propiamente argentinas, incluso propiamente del interior. Miedos, deseos, llantos y relatos tan argentinos como si no fueran ficción. En algún punto no lo son, son historia viva, que continúa pugnando por ser contada. Hay rasgos, matices, incluso miradas, gestos y palabras que vistas desde afuera pueden parecer ajenas, incluso bizarras. En las historias de Favio, todo ello adquiere una misticidad que no solo cobra sentido, sino que ese sentido conmueve, emociona la piel de quien mira, como si esa fuera su propia historia individual. Es la historia hablada de un país, y por ello quizás es tan importante mantener vivas sus obras, cuidarlas, preservarlas, no cesar de reproducirlas.

Desde su Crónica de un niño solo hasta su último film, Aniceto (2008), hay algo propio de un estado de melancolía que se traslada a la tonalidad de sus películas. Esa melancolía sin embargo moviliza y transforma la realidad concreta de los personajes y, con ello, la experiencia visual y emotiva que tenemos como espectadores. En Nazareno Cruz y El Lobo (1975) se puede dejar ver esa potencialidad poética articulada a la raigambre argentina. Esta es una historia -más bien un mito-, que se cree certera hasta que se demuestre lo contrario. En la leyenda del lobisón, todo séptimo hijo varón de una familia nace con una marca, un peso, una maldición que no se destrabará hasta que su adultez y el amor se entrecrucen, en donde en luna llena lo transformará en hombre lobo. La disyunción de la Y en el título de esta cinta no es sino un punto de ambigüedad, un quiebre, un instante de tensión entre un joven y su fatal destino. Nazareno, este joven, se cruza con el diablo Mandinga interpretado por Alfredo Alcón. Esta figura del diablo presenta particularidades inusitadas; es un diablo amparador de los pobres, es aquel que vela por el resto, por aquellos que se encuentran por fuera del sistema, al margen de él. La maldad y la bondad se entrelazan en sus historias de una manera casi orgánica, donde ninguna se presenta como un aspecto puro sino que los márgenes se tornan borrosos. Acaso es como la actriz Graciela Borges menciona en este documental al respecto de su papel de la Señorita Plasini en El Dependiente (1969), quizás la obra más tétrica y espeluznante de Leonardo Favio: “la cosa maravillosa de Leonardo era que a cualquier personaje pequeño y miserable, oscuro, su cámara lo transformaba y le daba una luz propia, era posible amarlo, tenía perdón en la cámara, tenía amor por los personajes turbios (...) él tenía una gran compasión en su cámara”. Ese acto de dotar de belleza algo fuera de toda dignidad, no es habilidad de cualquiera, sólo aquel con una sensibilidad majestuosa como la de Favio podía hacerlo sin caer en posicionamientos morales.

Así lo recuerdan quienes testimonian su paso por delante y detrás de la cámara faviana, lo transmiten con una emotividad que atraviesa la pantalla y eriza la piel de quien escucha los relatos. Así como Borges sitúa su experiencia, Edgardo Nieva, aquel que dio vida al boxeador Gatica en Gatica, el mono (1993) da cuenta ante la cámara de Venturini, de cómo interpretar a este legendario deportista se convirtió en razón de vida, y cómo Favio volvió al cine luego de su exilio con esta gran obra. Los detalles de estos intercambios que llevaron a la posterior realización de la película son cuanto menos incomprensibles, pero reales. Algo de esa incomprensión hace que se mantenga dentro del orden de lo mágico, de lo maravilloso, y que hoy tanto Nieva como Zuhair Jury -quien escribió el guión-, recuerden con lágrimas tales épocas vividas. El retorno de Favio a la pantalla grande fue tan contundente como si nunca se hubiera ido, como si ese encanto hubiera permanecido intacto.

El hermano de Favio, Jury nos dice que “el cine se termina con el espectador, sino no es nada, son fotos sucesivas”. Y esa es la puntada sensible que se termina de dar con quien mira del otro lado de la pantalla, con quien recuerda las canciones tan memorables de cada una de sus historias, con quien comparte con otros alguna escena, algún diálogo épico a la vez que mundano. Si esa fibra del recuerdo sigue movilizándose, el trabajo de Favio estará hecho. y aunque para él el cine sea dar amor, nosotros lo amamos a él por su legado.

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