En la secuencia inicial de Scream (2022), el personaje de Tara Carpenter (interpretado por Jenna Ortega), tiene la clásica conversación por teléfono con el Ghostface de turno, y, como es de esperarse, llega aquella frase tan simple como elaborada que funciono como punto de partida para esta saga que por el año 96, recuperaría de la mano de Wes Craven al slasher clásico que, personalmente, creo que nunca volvería a vivir tal esplendor: “What’s your favorite scary movie?”
La respuesta de Ortega es fantástica, “The Babadook, es una meditación asombrosa sobre la maternidad y el duelo.”. No solo es una línea de diálogo fabulosa porque es verdad, sino porque también plantea esta lucha que existe actualmente por distinguir el horror clásico de lo popularmente llamado “horror elevado”. Ghostface, confundido, le pregunta que vendría a ser el “horror elevado” (o “elevated horror”). “Da miedo, pero tiene un trasfondo emocional y temático complejo”, le responde Tara. Lo gracioso es que a partir de ese momento, todos los personajes de la película (Tara incluida), se verán obligados a huir de un asesino que representa todo lo que, según Tara, el horror elevado no es. Casi como un chiste autorreferencial que busca de cierta manera exponer que no existe tal cosa como el “horror elevado”. El horror, desde siempre, ha tenido importantes y complejos trasfondos emocionales, sociales, culturales, y ha tratado temáticas relevantes, A veces más, a veces menos explícitamente, pero ahí han estado.
Pero como toda tendencia en la época del internet y las redes sociales, es imposible ir en contra de las creencias populares de que el cine de terror actual tiene un valor simbólico que el de antes, no. Y menos factible sería atacar públicamente a la productora y distribuidora A24, cuyas acertadas campañas de marketing y adquisición a mansalva de cine de género independiente (una jugada muy inteligente), ha convencido a toda una generación de que de alguna manera, su sello en una película de género garantiza un valor agregado estrechamente relacionado a esta categorización a la que hacía mención Tara Carpenter.
Y en estos términos, uno de los principales cómplices de A24 en los últimos años, ha sido el director delawareño Ti West y su trilogía “X”. La cual consta de “X” (2022), “Pearl” (2022), y la recién llegada “MaXXXine” (2024).

West acaparó la atención de los amantes del género con “X” en 2022 de la mano de su musa retorcida y sin cejas, la actriz británica Mia Goth, quien protagonizaría todas las películas de la trilogía.
En “X”, Goth da vida a Maxine, una actriz porno en sus veintitantos que en 1979 se embarca en una furgoneta desde Houston al Texas rural para filmar, — junto a otros actores de cine para adultos, un director y su novia y asistenta (que es de hecho, también interpretada por Jenna Ortega) —, una película porno en la granja de un par de ancianos, Howard y su esposa, Pearl. Ninguno de los dos estará contento con la presencia del cast y crew, y entre eso, y cierta fascinación perturbadora por parte de Pearl hacia Maxine (que funciona como una contraparte joven de la anciana, luego en la secuela-precuela entenderemos por qué), tenemos una película de terror.
En primera línea de lectura, “X” tiene mucho de “The Texas Chainsaw Massacre” (“La masacre de Texas”, 1974), pero es con los diálogos principalmente por parte del director de la película, RJ (Owen Campbell), que vemos hacia donde quiere llevar West la película: No es arbitraria ni la elección del cine porno, ni del cine independiente, ni de esa época. No es simplemente para satisfacer las necesidades de la audiencia actual por esta retromanía ochentera. Para West, “X” es más un ejercicio de reflexión sobre la astucia del cineasta independiente estadounidense y su autenticidad en una época en la cual los blockbusters de género y la inminente llegada de los videoclubes al país revolucionaban la industria a pasos agigantados.
Todo esto, aparte, en la época de la administración de Carter, quien sería justo decir que le dio a Estados Unidos su faceta política más contracultural hasta ese entonces, dando paso al surgimiento de espacios alternativos (entre ellos el porno), pero que a su vez también enfrentó una creciente tensión con los valores convencionales y conservadores, que explotarían ante la llegada de Reagan en los 80s. De cierta manera, en la primera parte de su trilogía, West hace una analogía entre como el cine independiente era una forma de subversión y de desafío a las normas para llegar a un lugar mejor culturalmente, y por ende, como sociedad. Con el slasher como vehículo para, literalmente, asesinar al elemento disruptivo que es el cine y su carácter de amenaza hacia las normas tradicionales.

“Pearl” por su parte nos sitúa en 1918, en la misma granja y con una versión joven de la anciana de la primera película como protagonista, también interpretada por Mia Goth. Hablamos de la época de la fiebre española, y el período post Primera Guerra Mundial. Una época marcada por el caos social y económico, así como por un profundo deseo de cambio y modernidad, y, a su vez, donde las expectativas de la vida y el rol de la mujer estaban en una transición significativa.
De esa manera, la película explora las ambiciones y las frustraciones de Pearl que ansía escapar de su vida rural y convertirse en una estrella del cine. Su madre, una figura dominante y autoritaria, parece querer acercarse a la Norma Bates de “Psycho” (1960) sin mucho éxito, película que West recuperará con la llegada de “MaXXXine”. Pero, a diferencia de lo que sucede con “X”, resulta difícil encontrar en “Pearl” una segunda lectura, y aunque eso no es un pecado, no hay nada que la destaque de cualquier otra película de género pura y dura.
Y dos años después del estreno de “Pearl” (la cual sería filmada en simultáneo y estrenada tan solo seis meses después de su antecesora), Mia Goth vuelve a la pantalla nuevamente interpretando a Maxine; y West logra hacerlo con el apoyo de Focus Features y Universal Pictures en la distribución de “MaXXXine”, empresas que le garantizaron una campaña de distribución mucho más ambiciosa, y que hizo que la película llegara incluso a ser estrenada en países que apenas habían visto a sus antecesoras en alguna plataforma de streaming de dudosa procedencia.
“MaXXXine” nos ubica en 1985 en Hollywood. Maxine Minx se encuentra ya en sus treintas, continúa viviendo de la industria del cine para adultos, pero quiere más, así que audiciona para un papel para la película “The Puritan II”. Pero, por un lado, deberá enfrentar a ciertos muertos que tiene guardados en el ropero. Y por otro, deberá hacer frente a un asesino en serie apodado el “Night Stalker” (algo así como el “acosador nocturno”), el cual parece acercarse cada vez más a Maxine.
Aquí la analogía entre la película de West y el estado situación de Estados Unidos en la época en la que se desarrolla la película vuelve a tener un poco más de sentido: entramos a la era de Ronald Reagan, el conservadurismo ha tomado las calles. Mientras Maxine se pasea en su descapotable y ostenta su carácter de actriz de cine para adultos, las puertas de los estudios redoblan la seguridad para evitar que los manifestantes entorpezcan las producciones masivas en su afán por detener lo inmoral del cine (particularmente del terror) que ha crecido exponencialmente con la llegada de los videoclubes, los cuales a su vez, han incorporado la sección de adultos. Las calles de Los Ángeles alternan sus escaparates entre cines tradicionales, cines XXX, y espectáculos inmorales que decoran la ciudad junto a las luces de neón y la música de sintetizadores.
En ese sentido, la película hace un despliegue y un show de retromanía de un cuidado admirable, pero que no hace más que ornamentar la película que se la pasa haciendo juegos intertextuales no solo con sus antecesoras, sino también con la industria del cine de género de los 60s, 70s y 80s. Se incorporan a la narrativo incluso locaciones reales de diferentes películas, entre ellas, la casa de Norman Bates de “Psycho”, escenarios de varios westerns y otros tantos más.

Pero ante todo, la película retoma la reflexión sobre el cine y el proceso de hacerlo, sobre todo en la época pre-internet y todo lo que la distribución y recepción de una película podía llegar a implicar.
En ese sentido, se me hace interesante pensar en la figura del asesino de la película, el Night Stalker, como una analogía de West no tanto hacia la figura del conservadurismo reaganiano, sino a la de un crítico de cine. A fin de cuentas el personaje persigue a Maxine con información de su pasado (grabaciones de los trágicos hechos sucedidos en “X”), como si se tratara de su filmografía previa, y va cortando todas las cabezas que puede hasta llegar a Maxine, que más que una final girl o una actriz cualquiera, es la representación del cineasta independiente y de cómo la época del video permitió a muchos artistas que más que independientes eran parias de la industria, ganarse su lugar en las pantallas de la audiencia.

Ejemplo de esto son las constantes reiteraciones que se hacen a la imagen del video como elemento de cómo los cambios tecnológicos generan cambios relacionados a la industria incluso desde la faceta de la percepción sin mirar atrás. O el hecho de que la aparición del video le quitó (momentáneamente), relevancia a la película destinada a la gran pantalla y al star system de la época.
“MaXXXine” dudosamente pueda considerarse una película de terror. No asusta. No perturba. Nadie tendrá pesadillas con esta película. Pero si es justo reconocerle a la trilogía de West su posibilidad de generar un producto cuando menos entretenido, dinámico y original, que reivindica la posición del cine de género y la capacidad del cineasta o artista independiente por no ser prejuicioso y abrazar los cambios cuando otros se resisten a lo inevitable.




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