¡Saludos estimados/as! A continuación, traeré a escena a uno de los “perdedores” más épicos y emblemáticos que hemos presenciado en la gran pantalla, personaje basado en su contraparte real histórica: el gran rey espartano Leónidas, así como sus valientes 300; vimos una narración sublime, épica y con acertadísimos toques fantásticos, describiéndonos esa gran epopeya en contra de una tiranía que se presentaba imparable, epopeya que ha dejado una huella imborrable no sólo en la historia del cine, quedando inmortalizada también en nuestra memoria y en la cultura contemporánea.

Al inicio coloqué la palabra perdedores entre comillas, no por vanidad, sino por el hecho de que el rey Leónidas y sus 300 guerreros, aunque perecieron -excepto Dilios-, en realidad nunca perdieron, con su sacrificio, marcaron el inicio de algo mucho más amplio, crearon el eslabón que unió a todo el mundo griego, a cada hombre libre bajo un mismo estandarte, para enfrentar a la gran amenaza que ensombrecía a toda Grecia; sin el sacrificio de estos bravos espartanos, sin su terrible pero honorable pérdida, esa gran alianza jamás hubiera tenido lugar.
Considero oportuno realizar la siguiente acotación, como todos sabemos, los 300 espartanos no lucharon solos, un grupo de acadios se les une en el trayecto hacia las Termópilas, sin embargo, una vez entendido que no había manera de sobrevivir ante los persas, fueron los espartanos quienes decidieron quedarse a enfrentar su final frente a las huestes de Jerjes, motivo por el cual mi escrito va dedicado específicamente a ellos.

Nuestro rey Leónidas, al no obtener el permiso para luchar por parte de los traicioneros Éforos, quienes prohibieron combatir invocando la celebración de las Carneas -importante fiesta religiosa en la antigua Esparta-, y a sabiendas de que no sólo su amada nación, sino toda Grecia corrían inminente peligro, no pretendía quedarse de brazos cruzados, tomando el rey la resolución de llevar consigo a 300 de entre los mejores y más formidables soldados, número que por definición, no era considerado un ejército en sí, por lo que no ocasionaba transgresión alguna a la Ley Espartana.
El mismo Jerjes sabía que era una decisión muy cuestionable asesinar a los espartanos: “sería un lamentable desperdicio, una verdadera locura, si tú, valiente rey y tus fieras tropas, perecieran sólo por un simple malentendido”, por lo que luego del resultado del primer choque armado, decide parlamentar con aquel que los lideraba, pero ante la oferta de Jerjes, Leónidas se niega, se niega a ser un vasallo de tan vil tirano, se niega a vender su libertad y la de toda Esparta -incluso la de sus rivales atenienses- a cambio de riquezas y de un nombre eterno para la historia y la gloria; para Leónidas, la libertad y la autodeterminación siempre son razones superiores a toda la riqueza del mundo, a toda la gloria ofrecida por el hacedor de esclavos y sirvientes, incluso, ante la promesa de poder sobre toda la región: “te convertiré en general de toda Grecia, tus rivales atenienses se arrodillarán ante ti”, el gran rey espartano nunca cuestiona ni traiciona sus convicciones, teniendo muy claro el enorme peso de sus decisiones.

Un furioso Jerjes anticipa la tormenta en forma de lanzas, flechas y espadas -entre otras armas bastante particulares- que lanzará sobre ellos: “no habrá gloria en tu sacrificio, voy a borrar toda memoria de Esparta de la historia, cada parte de Grecia será quemada”, a lo que un sereno pero determinado Leónidas, responde con una de las frases que transcendería la gran pantalla, para convertirse en estandarte de luchas, de valentía ante grandes retos y ante situaciones de injusticia: “el mundo sabrá que hombres libres lucharon contra un tirano, que pocos lucharon contra muchos”, aquella tarde en Las Termópilas, las palabras del gran rey fueron testigo de ejércitos interminables cayendo sobre estos incansables guerreros, quienes sin dudarlo, enfrentaban lo inevitable con honor y gallardía, defendiendo todo lo que conocían y amaban, entregando todo de sí contra aquella sombra hambrienta de conquista, de riquezas, de tierras y esclavos.

Ante la caída de su temida guardia personal: los Inmortales, el rey persa empieza a dudar si realmente podrá abrirse paso por ese estrecho camino custodiado por fuerza impenetrable, sin embargo, lo que parecía una ventaja ineludible -ese infranqueable embudo natural que es el paso de las Termópilas- tiene una debilidad mortal: la Senda Anopea, un camino que deja la retaguardia de los espartanos al alcance enemigo, senda que inoportunamente es revelada a los persas por un resentido y traicionero Efialtes, seducido fácilmente por excesos y riquezas ofrecidas por Jerjes.
Conocida esta traición, Leónidas envía a Dilios a Esparta con una gran misión: “cuéntales nuestra historia, que todo griego sepa lo que pasó aquí, tendrás una gran historia, una historia de victoria”, Leónidas sabía que su final resonaría para la eternidad, que nada sería en vano, recordándoles a sus soldados la razón de ser de todos y cada uno de ellos: “por Esparta y su ley se quedarán a pelear y caer…, todos sabrán que 300 espartanos dieron su aliento para defenderla”.

Rodeados por el innumerable ejército enemigo, Leónidas y sus guerreros irremediablemente caen, no sin antes causar terribles bajas, entregando hasta la última gota de sangre, hasta su último aliento, cumpliendo -ante un asombrado y atemorizado Jerjes- con aquellas palabras que se convirtieron en inmortal profecía: “el mundo sabrá que incluso un dios rey también sangra”. Ni la muerte de cada soldado, ni la furia del dios rey, fueron suficiente para evitar que la caída de los espartanos, se convirtiera pronto en una imborrable victoria para toda Grecia, Leónidas y sus valientes fueron derrotados en las Termópilas, pero su derrota fue lo que selló la futura caída del rey persa y sus huestes. Nuestros bravos espartanos nos enseñaron y nos demostraron que ante el inevitable final, por más amargo que sea, debemos enfrentarlo de pie, con honor, dignos de ser merecedores de un final para la historia: bravos guerreros eternos.





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