Hay otros mundos, pero están en este, decía Paul Éluard. No es la primera vez que empiezo una nota así (hay otras notas, pero están en esta).
En el siglo XX existió un mundo que ya no está en este. Un mundo que estaba en el Este, en la región oriental de Europa, tras la llamada cortina de hierro, un mundo que era el segundo mundo (según Occidente) y que explica el concepto de tercer mundo, pero que aún así nadie recuerda. Como si de ciencia-ficción se tratara.
Pero ese mundo existió, y allí se hacía cine, mucho y muy bueno. Y entre todo ese buen cine también había ciencia-ficción. Hoy nos ocuparemos de algunos de sus títulos más salientes.
Visitando la Zona
El cine de ciencia-ficción perdió en algún momento el rumbo, deslumbrado por espejos de colores devenidos en dispositivos electrónicos llamativos, esto sucedió en el primer mundo y en todos los demás (con el agravante de la mala copia). Pero también hubo un cine que supo aprovechar todos los recursos a favor y sin perderse en el camino. El mejor ejemplo de esto, para el cine de occidente, sería 2001 (1968) de Stanley Kubrick, que logra el milagro de estar a la altura de un planteo extremadamente ambicioso.
Del otro lado del mundo, y solo un par de años después, surgió una película que algunos señalaron, torpemente, como una respuesta soviética a 2001. A su director, Andrei Tarkovski, poco le importaban las respuestas, y mucho las preguntas. La película en cuestión era Solaris (1972).
Tampoco pareció importarle demasiado la ciencia-ficción en sí misma. Solaris es considerada por muchos como una obra maestra pero Tarkovski no quedó del todo conforme, en parte por rendirse de alguna manera a ciertas convenciones del género. Más allá de todo esto el resultado es interesantísimo.

Basada en la novela homónima de Stanislaw Lem, uno de los más influyentes escritores de ciencia-ficción, y probablemente el más importante de habla no-inglesa, Solaris se desarrolla en una estación espacial que orbita el planeta del título y a la que ha sido enviado el psicólogo Kris Kelvin para investigar una serie de fenómenos extraños. Aquí se cumple a fondo la idea señalada previamente de una ficción que nos habla de nuestra realidad. Un género propenso a la fantasía deviene en drama psicológico. Solaris es una película sobre sueños hechos realidad que se vuelven pesadillas.
No fue la primera adaptación, ya se había hecho una versión para la TV soviética en 1968 (justo el año de 2001). Tampoco la última. Hollywood hizo también su remake, en el 2002, a cargo de Steven Soderbergh y protagonizada por George Clooney. Fue un regreso sin gloria, un eco del pasado sin demasiado peso propio, similar a las manifestaciones fantasmagóricas que abrumaban a Kelvin en la estación espacial.
Esta misma exploración del deseo sería reelaborada y depurada en la siguiente apuesta del mismo director por la ciencia-ficción, Stalker (1979), también conocida como La Zona. Entre esos dos títulos Tarkovski había concretado su film más personal, y quizás el más extraordinario, y a la vez esquivo, El espejo (1975).
Stalker fue la última película que Tarkovski pudo hacer en su amada Unión Soviética, país también extraordinario y esquivo. Allí tuvo que lidiar con autoridades que nunca entendieron su poética y le generaron muchos inconvenientes para trabajar ya desde el principio de su carrera. Su monumental Andrei Rublev (1966) no fue prohibida pero casi, con un estreno que se demoró cinco años por trabas burocráticas.
Tres personajes sin nombre se aventuran en un peligroso viaje a La Zona, una región prohibida en la que no aplican las reglas, ni las de la naturaleza, ni las de la física, ni las del tiempo. Una región que sufrió algún tipo de cataclismo, en donde se dice que ha caido un meteorito, o quizás una nave extraterrestre. De ahí el título de la novela en la que se basa, escrita por los hermanos Boris y Arkadi Stragastky, Picnic extraterrestre. La adaptación fue muy libre y sólo se concentró en uno de los episodios de la novela.
Estos personajes son un profesor y un escritor, que no se conocen y que tienen sus motivos para emprender el viaje, y un guía (el stalker del título original) que conoce el camino de acceso. De alguna manera representan a la ciencia, el arte y la espiritualidad en plena tensión, y exaltación.
Se dice que en la Zona se pueden cumplir los deseos. Allí está el principal punto de contacto con Solaris. Que ocurrirá cuando lleguen estos personajes, si es que llegan, no se revelará aquí. Sí habrá que decir que el final es extraordinario y condensa toda la obra de este director. En Tarkovski ningún fotograma es indiferente.

El cine soviético apostó por la ciencia-ficción desde el principio, con títulos como Aelita, reina de Marte (1924) y Viaje cósmico (1936), con un optimismo que se fue apagando hacia el final con títulos más oscuros como Cartas de un hombre muerto o Kin-Dza-Dza, ambas de 1986. Pero las dos obras de Tarkovsky quedarán para siempre como las mejores exponentes de ese mundo perdido, por su capacidad para sintonizar con el género y a la vez trascenderlo.
En los umbrales de la Zona
Fuera de la Unión Soviética los países con una cinematografía más rica en ese período, Polonia y Checoslovaquia, también aportaron lo suyo. Otros países del bloque como Yugoslavia, Bulgaria o Alemania Oriental tuvieron también sus exponentes, pero con obras de menor relevancia.
Polonia, tierra natal de Lem, lo adaptó en varias ocasiones, aunque no todas sus novelas sean estrictamente ciencia-ficción.
Solo mencionaré un título, Sobre el globo plateado (1988) del gran Andrej Zulawski, que no adapta a Lem sino a su tío abuelo Jerzy Zulawski. Y la menciono sobre todo porque cruza ciencia y religión, como el cine de Tarkovski, y porque fue otra película que tuvo que lidiar con muchas dificultades para su concreción, y la última que hizo el cineasta en su país. Fue filmada entre 1976 y 1977, pero solo pudo ser estrenada 11 años más tarde.
Terminamos este repaso con una representante del cine checo, que sí adapta una obra de Lem. Se trata de Ikarie XB1 (1963), de Jindrich Polák. Interesante por varios motivos, el primero de ellos es que es anterior a todos los otros títulos mencionados (incluyendo 2001). Es incluso anterior a la serie Viaje a las estrellas.

Es importante destacar que esta película tiene dos versiones, muy distintas, un corte para el mercado norteamericano que cambia el final, y por lo tanto todo el sentido de lo que se está proponiendo, y la versión original. Quien esté buscando verla tendrá que optar por esta última.
Estamos en una zona adulta del género, y anticipatoria de todo lo que veríamos después sobre viajes espaciales. El nombre del film refiere a una nave que transporta a humanos del futuro (año 2163) a buscar vida en otros planetas. En una notable escena se reflexiona sobre lo que fue el siglo XX para la humanidad, con mucho pesimismo.
La buena ciencia-ficción es un espejo deformante que nos mira y nos interroga. Un truco que propone otro tiempo y otro lugar para hablar del aquí y el ahora. Ese es su verdadero efecto especial.




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