Recién egresado de la Real Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood por su sentimental Love Story, Francis Lai incursiona en el cine erótico en 1975 con la secuela de la sin par Emmanuelle. Vuelve nuestra querida Silvia a encarnar a la burguesita hipersexualizada que en la búsqueda constante del placer y de las manifestaciones más exquisitas del Eros se embarca en faenas amatorias cursis y edulcoradas. En el soundtrack de esta película, Lai nos obsequia con su voz y con la voz de Silvia al interpretar L'amour d'aimer, tema central del film, que circunscribe el meollo central de la propuesta de Giacobetti, y es de un matiz melancólico y lúdico, características muy propias de las partituras de Francis. Y así como el crecimiento de una flor lleva al nacimiento de otra, una obra de Arte (hija de Erato) puede engendrar otra pieza de Arte. En efecto, en 1977, Emmanuelle II condujo a Lai indefectiblemente a Bilitis. Bilitis, esa hija perdida de Pierre Louys y Safo, le reportó al compositor 7 millones de copias vendidas alrededor del mundo e inició la moda del grano hamiltoniano fotográfico que se extendió hasta muy entrados los años 80.
Bilitis es perfume e inocencia simultáneamente. Recuerdo cuando una vez hurgando en el departamento de discos de una tienda de autoservicio me encontré (o el soundtrack me encontró a mí) con la portada, erótica y exquisita, del OST de Bilitis. En ese entonces no conocía el cine erótico (tenía 12 años) pero la actitud y la postura, hieraticas y sensuales, de las dos jóvenes me cautivó hasta tal punto de producirme insomnio e inquietudes febriles. Pregunté a cuantos pude: han visto una película llamada Bilitis? pero todos la desconocían. Todo ello me envolvió en un misterio indescifrable, aturdidor. Corría el año de 1991 y los medios de información no estaban tan diversificados como hoy, y la internet y sus redes estaban en pañales. Así, ahorré unos centavos y me compré el cassette de la partitura de la película de David Hamilton. Qué delicia! Cuánto derroche de sensualidad y calma! Puedo confesar que accedí a un universo bucolico e intemporal que al día de hoy ya no existe, y posiblemente jamás haya existido. Para mi infortunio, el gustar el soundtrack avivó mis deseos de visionar el film. Dónde lo podré encontrar? Hablaba a las salas de cine y preguntaba. Nada. Revistas y dossiers del séptimo arte? Silencio absoluto. Por supuesto sabía que el filme era de temática safica, y una tarde calurosa del mes de mayo me fui a un videoclub cercano a continuar con mis pesquisas; le mostré a la dependienta la portada de mi cassette y me dijo: -es una película pornográfica verdad?, si gusta le muestro el catálogo de las porno para que la busque, tengo muchas películas de tortilleras- (ante tales frases yo no salía de mi asombro). Indagué cartel tras cartel mas Bilitis y Melissa se negaban a aparecer. Me di por vencido: es una película erótica -le comenté a la atrevida- no pornográfica. Para el caso es lo mismo -me replicó desafiante. Nueva derrota y vuelta a casa con cajas destempladas. Con todo, los años pasaron y Bilitis se convirtió en mi LP de cabecera: lo escuchaba todos los días, y aun lo sigo escuchando con regularidad. El internet se afianzó y con su vorágine colosal arrastró hacia sí todo el conocimiento humano pasado y presente para concederlo a manos llenas a sus usuarios y adeptos. Por fin, en el año 2002 en una página de descargas torrent, Bilitis se dejó encontrar. Y la vi, por fin!, la vi pero con una calidad de audio y video tan deficiente que me decepcionó. Ni siquiera reconocí el suave instrumental de Francis Lai. Tuvieron que transcurrir varios años más, y hasta el año 2010 Bilitis hizo su debut en la alta definición. Y esta hija dilecta de Lilith se mostró, ahora sí, con toda su perfección y belleza. Con ello la seducción hacia mi persona fue total y devastadora: no puedo olvidar, ni lo haré jamás, los desnudos exquisitos y delgados de las mademoisellles de Hamilton (en una escena cándida en donde se descubren entre sí sus pechitos y sus sexos), la fotografía de Daillencourt, a la D'Arbanville en la piel de Bilitis y a la Kristensen en la glacial Melissa. Y, por supuesto, la música de Francis Lai. Porque Bilitis definió mis orientaciones e inclinaciones hacia la gracia del mundo pastoril, la homosexualidad femenina, la belleza imperecedera y la quietud serena que debe cultivar todo amante del Arte.


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