En los ‘90, quienes no teníamos televisor sólo veíamos películas en el cine. (Las plataformas se usaban para completar el atuendo de algún baile retro.) No era un asunto menor. Si bien no hacía falta darse una ducha o ponerse la ropa de domingo, era una “salida”. Había sido así siempre, toda mi niñez, hasta que la inundación del '85 se devoró la mitad de la sala del pueblo. Y por razones de seguridad…
A principios del 2000 yo seguía sin televisor, seguía extrañando el pueblo (llevaba 8 viviendo y estudiando en la capital) y, como diría un amigo, “hay cosas que sólo deben verse en la pantalla grande.”
En ese contexto, fui a ver “Magnolia” (de Paul Thomas Anderson) a un cine de Recoleta. Me tomé el 92 con la única certeza de saber que la película tenía nombre de flor. Claro que unas horas más tarde tuve que regresar caminando: necesitaba revisitar, revisar, reveer, repensar todo lo que (nos) había sucedido.
La película narra varias historias inconexas y conectadas. Así, sin oxímoron. Se van sucediendo y alternando personajes que podrían obtener su PhD sin necesidad de escribir tesis alguna: un viejo moribundo con tardía mea culpa, una esposa infiel y suicida (más mea culpa), un padre abusador algo desmemoriado, una hija abusada que llora a lágrima viva y en soledad, un policía que cumple con su deber y un poco más, un hombre con añoranza de golden days que sueña con una sonrisa brackets para conquistar al muchacho del bar, un niño prodigio, un padre “titiritero” y ombligista… ¿Quién da más?
Y entre tanto dolor, un Tom Cruise que se sacó la pilot jacket y compuso un personaje: un hijo sexy y pedante que enseña a domar hembras (So American!), pero que también llora y suplica y usa la frase que sólo debería existir en las películas: “Don't die!”
Y entre tanto dolor, una Julianne Moore que quiere redimirse: promiscua, arrepentida, enamorada.
Y entre tanto dolor, un Philip Seymour Hoffman que habla en silencio, que escucha, que conmueve (y a quien extrañamos).
Y entre tanto dolor, Robards, Baker Hall, Macy - una tríada impagable. ¡Acting 101, señores!
Y entre tanto dolor, el propio. Porque en el CV de todos hay algo de soledad y de frustración, algún mea culpa que llega tarde, alguna infidelidad (y no hablo de cuerpos), una desmemoria voluntaria, un llanto sin hombro, el deseo de que nos amen, la sensación de que alguien mueve nuestros hilos y no podemos abandonar la función.
¿Y las ranas? ¡Pido gancho! Por eso llueven ranas. Por supuesto. ¿Cómo detenerse a respirar un instante si no? Sólo las ranas pueden ayudarnos a seguir. Llueven, caen, se revientan contra los autos, en el pavimento. Llueven, sangran y se mueren. No se trata de la Biblia, ni del diluvio, ni de las lenguas de fuego. En este mundo Magnolia llueven ranas y punto. No hay metáfora extendida. O sí. No importa.
Véanla, y después salgan a caminar, como si volvieran del cine, así tienen tiempo para pensar. Y no se asusten si llueven ranas.



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