Así llegué esa noche al cine: escapando de alguna preocupación de esas que parecen insalvables, y que luego ni recordamos.
Ya era director creativo de una agencia de publicidad y, siempre ocupado, había perdido la costumbre de ir a los teatros. Me parecía demasiado tiempo y esfuerzo invertido en algo que podía disfrutar cómodamente sentado en mi casa.Había olvidado que el conducir hasta el sitio; compartir con otras personas; la compra de las entradas y de los refrigerios, y el entrar inseguro a un salón oscuro, para ver qué nuevo mundo descubriremos, es parte del entretenimiento.
Había escuchado algunos comentarios sobre la película. Ninguno que me resultara muy coherente. Eso significaba que la obra podía ser muy mala o muy buena.
Cuando comenzó a caer la pluma que marca la introducción de la Película, todavía tenía la actitud del crítico que quiere definir cómo son las cosas sin haber dejado que ellas ocurran. Cuando Forrest le ofrece el bombón de chocolate a la enfermera, unos pocos segundos después, ya volvía a ser el niño que se olvidaba del mundo y se emocionaba con lo que estaba viendo. Así de buena es la dirección de Forrest Gump.
Al avanzar la película, algunas veces me identificaba con los personajes y, otras, los criticaba. Yo, que me consideraba inteligente, sentí envidia por los éxitos y el reconocimiento de un personaje que no lo era. Para aquella época aún pensaba que tenía que estar de acuerdo con todo y, lo que no se ajustaba a mis criterios, me causaba incomodidad. Todavía no podía entender completamente la amplitud del personaje de Bubba, que solo habla de camarones; lo brillante del personaje de Forrest Gump, que tiene retraso mental; las escapadas interminables de Jenny; ni la agresividad y desesperanza del teniente Dan.
Todavía era muy joven y no había tenido ni las pérdidas ni los fracasos que realmente le dan significado a los éxitos y a la tranquilidad.
Aún así, la película me pareció excepcional. Su crítica al mundo razonable, la actuación de todo el elenco, su dirección de arte, sus detalles y sus paisajes tuvieron la capacidad de sacarme completamente de mi vida para meterme de lleno en la de otros.
Salí del cine con una sonrisa y sin hacer comentarios. Entendí que la película decía muchas cosas que todavía no era capaz de escuchar. Que iba a tener que volver a ella cuando hubiera crecido un poco y tuviera más información para decodificar lo que quería decirme.
Así la dejé, y ella me encontró en algún fin de semana mucho después, mientras cambiaba de canales en el servicio de cables que tenía. Me agarró descuidado, como la amiga que encuentras en la calle después de mucho tiempo sin verla. Nos sentamos a tomar un café y me contó de nuevo su historia. Esta vez sí se quedó en mí, a pesar de que todavía algunas facetas de ella no se adaptaban completamente a mis criterios. Pensaba que, para ser perfecta, debía adaptarse exactamente a lo que yo quería.
Tuvimos otros encuentros, pero siempre yo llegaba tarde o ella iba de salida. Hasta que un día fui a buscarla y dejé que ella fuera ella, sin yo juzgarla.
Ingenua y cruel, triste y alegre, brillante y estúpida, pero siempre con delicadeza, esperanza y amor. Algo así como la vida que me gustaría tener. Por eso no he podido dejarla.


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