Desde un inicio seré sincero: no esperaba mucho de “Kensuke’s Kindgom” y tras un inicio poco alentador, la película instantáneamente comienza a crecer a pasos agigantados y se convierte en una cinta que llama a la reflexión sobre los derechos animales, los lazos familiares e intrapersonales y lo duro de las pérdidas. Con una animación espectacular, la película británica dirigida por Neile Boyle y Kirk Hendry (y basada en el libro homónimo publicado en 1999), se convierte en una de las más emotivas que vi en 2024. Contiene spoilers.
Al instante de finalizar la cinta, me puse a charlar con varias personas de más o menos mi edad y coincidimos en algo puntual: El Reino de Kensuke nos hizo acordar de forma instantánea a las películas de Disney de cuando éramos pequeños. No por su animación o ternura, sino por la dureza y realismo de ciertos temas que abordaban aquellas historias como Tarzán, Bambi o Dumbo. Extrañamente nos sentimos niños nuevamente y es que esas películas nos formaron, para bien o para mal.
En esta producción británica, se repite uno de los tantos tópicos y es el maltrato animal y la conciencia de los lazos familiares. Michael es el miembro más joven de una familia de cuatro personas: los padres deciden dejar su casa para recorrer el mundo en un barco junto a sus dos hijos. El más pequeño extraña su hogar y a su perra Stella, se siente aburrido con su nueva vida y abrumado de aún no ser lo suficientemente adulto para poder ayudar con las tareas reales de un barco como manejarlo. En un principio, su papel es bastante inmaduro, tomando decisiones que no se entienden como, por ejemplo, haber llevado a escondidas a su perra y alimentarla sin que nadie se entere.

La historia marca un giro abrupto cuando Michael y Stella se caen del barco y apareciendo en una isla aparentemente desierta, cuando a los pocos días comienza a notar que alguien por las noches les dejaba comida y agua. Ahí es cuando entra en la historia Kensuke, un anciano de Japón que vive en esa isla en armonía y cuidando a toda una familia de simios. Ahora, ambos comenzarán a convivir y se transforma en la típica historia de dos personas que no se conocen (ni hablan el mismo idioma) tratando de formar un lazo que intenta romper esas barreras: Kensuke perdió a su familia en el bombardeo de Nagasaki en 1945 durante la segunda Guerra Mundial y Michael entiende que, quizás, tampoco vea nunca más a sus padres y hermana. Comienzan a entenderse y respetarse para así, madurar y replantearse las cosas de su vida. Aunque sea una historia que ya hemos visto varias veces, logra conmoverte de todas formas.
Lo que más interesante me pareció de El Reino de Kensuke, además de su maravillosa animación, es la crudeza al abordar temas que me interpelan muchísimo como los derechos de los animales: en la escena más dolorosa de la película, descubrimos que un grupo de cazadores desembarca en la isla en búsqueda de diferentes animales y especies como lagartos o aves. En esa ambición, matan salvajemente y sin despeinarse a uno de los simios, dejando a su pequeña cría huérfana. Allí también sale herido Kensuke, pero este evento canónico define a Michael como una persona madura, cuidando de todos.

Sin lugar a dudas, esta película muestra de forma muy gráfica ciertas acciones y una apreciación personal es que no es apta para niños muy pequeños. Siendo adulto y sabiendo este tipo de cosas me sentí perturbado y con una extraña sensación, entonces no quiero ni imaginarme lo que a una persona pequeña le puede causar. O más bien, sí lo sé porque hemos visto escenas que nos dejaron traumados desde pequeños y por eso no lo recomiendo. De todas formas, es una película espectacular para espectadores de casi todas las edades y funciona como un llamado de reflexión para temas que requieren, a veces, un poco de crudeza.
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