Manuel Antin (1926-2024): El libro de Manuel  

Noventa y ocho años y algunos meses en este mundo. Casi un siglo, pero los números redondos tienen menor carga literaria que algo así como noventa y ocho y medio. Conocí a Manuel Antin, a Don Manuel, a principios del año 2000, en un festival en Punta del Este. A partir de ese momento, pasó casi un cuarto de siglo en el que tuve el privilegio de tratarlo en diversas situaciones. Sobre sus logros abundarán y abundaremos, también sobre su legado, que permanecerá, claro. Esta es una de tantas despedidas a Don Manuel Antin, que fue a trabajar a la FUC, a la Universidad del Cine, que él mismo fundó, hasta el viernes anterior a su muerte, un jueves, quizás para que fuera menos de una semana eso de andar faltando a la FUC.

Manuel fundó la FUC en 1991, es decir en el momento de menor producción del cine argentino, en un momento crítico: la primera mitad de los noventa, un tiempo en el cual fundar una universidad de cine era algo por lo menos sorprendente. Manuel sorprendía con frecuencia, entre otras muchas habilidades. Menos de un lustro después de la fundación de la Fundación Universidad del Cine (FUC), el cine argentino se recuperaba y se iba a renovar con creces, como lo había hecho en el período en el cual Manuel hizo sus primeras películas, a principios de los sesenta. En una entrevista para la revista El Amante en el año 2000, ante la improcedente pregunta de qué sentía al ver que su película más valorada era, en general, la primera, La cifra impar, de 1962, Manuel me respondió:

“Bueno, en realidad no se siente nada en particular. Hay algo que es irremediable y es que, salvo que uno sea un genio, caso que desgraciadamente no ha sido el mío, los directores de cine se van agotando. Después me estratifiqué, quiero decir: me convertí en un profesional, no tenía otro medio de vida. En la primera etapa a mí me protegía el Estado que me daba créditos, premios, me permitía tener cierta irresponsabilidad productiva. Cuando el Estado dejó de protegerme durante el gobierno de Onganía, tuve que buscar otros caminos, que fueron los de la publicidad y mi cine perdió mucho. La llamada "primera época de Antin" termina en Castigo al traidor (1965) ... Ahí se termina, hasta ahí no había director de cine, ahí empezó el director de cine. ¿Y antes qué había? Una persona que tenía un medio de expresión relacionado con la imagen, digamos que era un director de cine pero que vivía en un país donde su trabajo era muy respetado y podía ser irresponsable materialmente. Recuerdo que Don Segundo Sombra (1969) llevó dos millones de personas. En esa época las cifras eran distintas, un fracaso eran siete mil por semana, que fue lo que tuvo La cifra impar, un fracaso absoluto. Los venerables todos (1963) nunca se estrenó en Argentina, se dio en televisión y se estrenó en el extranjero. Esa es, a mi criterio, mi mejor película.”

Poco tiempo después de esa entrevista pude ver Los venerables todos, y desde ese momento también coincidí con Manuel en su valoración acerca de la película. Es muy antiniano -y lo antiniano ya es algo fundamental de la cultura argentina- que la mejor película de su carrera sea no solamente la menos vista sino que directamente no haya sido estrenada en el país. Pero para hacer todavía más antiniano este asunto, esa película estaba basada en una novela del propio Manuel, que con frecuencia decía que lo que verdaderamente quería era ser escritor. En una entrevista con Miguel Frías para la revista Viva de Clarín, contaba Manuel “Yo presenté Los venerables todos como película en la competencia oficial del Festival de Cannes. En esa función, la vimos con Cortázar. Al terminar, me pidió la novela, porque dijo que le habían quedado algunos cabos sueltos. Se la presté. Por aquella época, él era traductor de la UNESCO y se la llevó a Viena: se la olvidó en una habitación de hotel. Era el original, yo no tenía copia, así que sólo me quedó la película, que finalmente no tuvo estreno comercial”. Sobre la relación entre Antin y Cortázar hay mucho escrito y hablado, de hecho yo he escrito y seguiré hablando este mismo mes. Ahora bien, esto de ser un escritor alto y que estaba a punto de formar parte de un boom y de editar su novela más famosa… que pierde una novela de un amigo director de cine llamado Manuel y que una década más tarde publica un libro llamado El libro de Manuel. Alguien debería escribir sobre esto, aunque seguramente ya lo hizo Sigmund Freud.

Sí, está claro que lo de Freud no es real -Freud murió a los ochenta y tres años, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, cuando Manuel tenía trece-, pero ya el propio Manuel me explicó la diferencia entre lo real y lo verdadero cuando me dijo que “hay una Argentina verdadera, que es distinta a la real”. Me lo dijo, entre muchas otras cosas atesorables, cuando filmamos una charla en la FUC en 2022, de la que luego pasaríamos extractos antes de cada función del Bafici de ese año, en el que lo homenajeamos también con una función colmada de espectadores para ver La cifra impar, a sesenta años de su estreno, en la sala Lugones. En esa ocasión, como en cada ocasión en la que lo escuché hablar, Manuel hizo gala no solamente de manejar con prestancia, habilidad y lujos el lenguaje, sino que además hizo emocionar al público. Lo hizo reír, con su proverbial capacidad para manejar algo que podríamos llamar un humor chaplinesco y borgeano, especialmente apto para simular torpezas e imposibilidades diversas, incluso dudas, mientras se controla con disimulada convicción y aplomo el momento del discurso. Manuel no solamente sabía hablar sino que hacía del habla un arma que podía ser letal sin dejar de llevarnos a pensar y a divertirnos. Escuchar a Manuel contar sus historias y saber algunos detalles de disparates que inventaba para divertirse si se estaba aburriendo en una entrevista son cosas que atesoro. Agradecerle una vez más por su generosidad es justo y necesario, y recordar cómo le gustaba pensar y cómo huía de esa gran contradicción que algunos han denominado “militar ideas” es inevitable. Queda mucho más para decir sobre Manuel, y seguramente se podría llenar un libro de diversas anécdotas suyas, con las reales, con las inventadas y también con las verdaderas, en algo que debería convertirse en el verdadero Libro de Manuel.

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