Gladiator II: una épica sin grandeza Spoilers

Curiosidades de 'Gladiator'

Un libro muy atesorado por los fanáticos del séptimo arte, Grandes películas que jamás verás, construye un listado completísimo de todos los filmes que alguna vez estuvieron a punto de realizarse, pero que no se concretaron. Desde la obsesión de Charles Chaplin por dirigir una biopic de Napoleón hasta la Halo de Neill Blomkamp, el texto realiza un recorrido detalladísimo a través de cada producción, e incluso imagina como habrían sido los afiches. En la mayoría de las entradas, los posters fueron diseñados desde cero, pero en las páginas que cubren Gladiator II, la mano de Russell Crowe acariciando el trigo se resiste a ser desplazada de su iconicidad, y así también lo indica la investigación sobre el proyecto secuela, que pasó varios años sin encontrar formas de reiterar su epicidad más allá de Maximus y Commodus.

Para bien y para mal, Ridley Scott es un director que no experimenta un apego egoísta para con sus creaciones legendarias, y siempre está a la búsqueda de caminos que le permitan expandirlas, incluso si eso implica destruir la grandeza que el mismo edificó escena a escena. Tal carácter tiene algunos resultados excelentes, como Alien: Romulus, y otros que, de no haber existido, no hubiesen cambiado el curso de las cosas. Lastimosamente, Gladiator II entra en esta segunda categoría. Vale aplaudir al cineasta por haber defendido su idea de continuar la historia de Lucius desde los 2000, y, a la forma de Megalopolis (que también figura en el libro mencionado), luchar contra viento y marea para llevar a cabo su visión. Sin embargo, una vez que la segunda parte termina, es imposible no preguntarse, “¿Valió la pena tanto esfuerzo?”.

A diferencia de Alien: Romulus, que elevó el legado de la franquicia y le insufló una latencia que parecía haber perdido, el universo de Gladiator sigue encontrando su mejor condensación en la imagen de Maximus pasando su mano por el trigo al compás de Hans Zimmer y Lisa Gerrard, en Joaquin Phoenix sacando la lengua, y todos esos momentos que se reiteran en los créditos del comienzo y parecen decirnos “Recuerden la espectacularidad”. Lo último de Scott puede resumirse en esa frase. Es un recuerdo nostálgico de lo que fue antes que la celebración de lo nuevo, y eso es un gran problema.

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La reducción burda de una receta minuciosa

Si Gladiator logró que las películas épicas fueran lucrativas por primera vez desde Spartacus, ello se debe a la calidad de su reparto. El buen recibimiento de la cinta convirtió a Russell Crowe en una superestrella, y Joaquin Phoenix comenzó a cementar el estatus por el que hoy se lo aplaude en el mundo entero. Parece que Ridley Scott pensó que el efecto se repetiría en los actores de la secuela por el mero hecho de que encarasen la continuación de aquella obra maestra. Pero no, no funciona así.

En primer lugar, cabe resaltar que, si bien los puntos principales del guion nominado al Oscar se reiteran, hoy se plantea otro concepto de lo bueno y lo malo. Antes, Maximus concentraba toda la humanidad, mientras que Commodus era, lisa y llanamente, el peor. Ahora, los personajes se difuminan constantemente entre ambos polos, y el procedimiento brilla con mayor fuerza en la configuración del Marcus Acacius de Pedro Pascal, quien se debate entre servir a los emperadores Geta y Caracalla o liderar una insurrección en su contra.

La falla está en la performance del actor, que todavía no consigue encontrarse fuera de la pantalla chica. Sí, su labor en The Last of Us y The Mandalorian es impecable, pero el cine requiere otro tipo de porte y otra forma de pararse frente a la cámara. Lo mismo sucede con Joseph Quinn, quien ciertamente no es beneficiado por el pésimo tratamiento narrativo que se la da al factor villanesco de los emperadores, pero tampoco logra evocar el brillo del Eddie Munson que lo hizo un nombre esencial en Stranger Things. Paul Mescal es quien sale mejor parado, aunque ello no quita la sensación de que su área de expertise es el drama humano, y allí debería quedarse. En síntesis, el elenco falla en provocar la piel de gallina suscitada por el reparto predecesor, y en no pocas escenas solo son hombres vestidos de época recitando líneas de memoria.

De todas formas, las escenas de batalla pomposas y la detallada ambientación de época ocultan algo de esta carencia y la hacen tolerable. El verdadero problema está en el acelerado ritmo narrativo, que deja expuesta la preferencia de Scott por las secuencias de pelea en detrimento de las dialógicas. Lo que sucede en el coliseo nos deja sin aliento, pero las conversaciones fuera de él dejan muchísimo que desear. Ello resulta en desarrollos de personaje completamente incoherentes; donde, de repente, Lucius perdona a su madre abandónica apenas esbozando un berrinche de por medio, Marcus elige perderlo todo (incluso su vida) por un capricho de su mujer, y los emperadores, al no poder esgrimir una espada y lucirse en la arena, se pierden en el fondo de la diégesis.

En otras palabras, Gladiator II falla a raíz de la motivación intrínseca que guía a cualquier secuela: el deseo de volver a ciertos tropos y dejar otros de lado. Por esa misma razón, no se trata de una película que moleste demasiado al ojo del fanático que comparte los mismos intereses que Scott, y, aun sin ser parte de dicho público selecto, es bastante entretenida. El error fatal reside en querer repetir la receta de la primera entrega empleando solo sus ingredientes más vistosos, pero ignorando los basales. Una obra maestra que respira a través del equilibrio armonioso de todas sus partes técnicas y narrativas no puede emular su calidad si únicamente se valoran sus escenas de carácter Imax, y ese descuido lo tiñe todo de “meh”.

Y, ¿Qué nos espera? Scott ya confirmó estar trabajando en una tercera parte, pero es claro que no habrá nada que anticipar. Cuando se retoma un legado tan sólido como el de Gladiator, decir algo nuevo es obligatorio, y no basta con la típica “historia del sucesor” que reitera los tropos alguna vez exitosos. Paul Mescal no es Russell Crowe, ni Joseph Quinn es Joaquin Phoenix, y ello no sería un problema si su objetivo fuese renovarse por completo. La complicación está en que, tal como indica la animación que acompaña a los créditos del principio, Gladiator II se alimenta única y exclusivamente de la sangre de su predecesora. Por eso, que los protagonistas no puedan construir un buen reflejo de las figuras que los inspiran es un error atroz.

Al hablar sobre la futura tercera película, Scott trazó una similitud entre su próximo proyecto y lo que significó The Godfather Part II para la trilogía de Francis Ford Coppola, explicando que, en el próximo capítulo de su historia, Lucius se daría cuenta de que no quería cargar con semejante legado heroico sobre sus hombros. Aunque uno desearía no cuestionar los dichos de un director tan consagrado, lo cierto es que su análisis comparativo no es correcto. La secuela de The Godfather es igual de brillante que la primera parte, partiendo de las bases sentadas por esta, pero ahondando hasta el fondo de cada una de ellas, incluso adicionando un complejísimo entrelazamiento de los períodos temporales que hacen a los Corleone y las historias de sus dos líderes notables, Vito y Michael. En cambio, Gladiator II solo es el filme que todos olvidamos apenas salimos de las salas, y eso lo dice todo.

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