Los milagros que no llegan  Spoilers

LOS MILAGROS QUE NO LLEGAN

Los santos tienen, curiosamente, la maldición que los condena por su condición de tales, como si no fuera posible un estado elevado de bondad humana sin un profundo sufrimiento. Esto se ve plasmado en “Milagros inesperados”, película de 1999, escrita, producida y dirigida por Frank Darabont e interpretada por Tom Hanks, entre otros excelentes actores, y basada en la novela por entregas del genial Stephen King, “La milla verde”.

El personaje de John Coffey demuestra y despliega en todo su esplendor su don sanador, pese a lo cual debe cumplir su sentencia a muerte, ante la injusta acusación por el asesinato de dos niñas.

Tiene todas las de perder: es un hombre de color, jornalero vagabundo en la época de la depresión de Estados Unidos, con un físico que inspira temor, y el prejuicio del racismo agregado a su morral de condenado.

Los guardias involucrados se enfrentan a un verdadero dilema moral: deben matar al único inocente que pasó por el infame corredor, un legítimo milagro de Dios.

¿Y si llegaba mágicamente un indulto para John? ¿Qué hubiera pasado con la trama?

El “happy end” hubiera sido la dosis justa de dulzura para desterrar el sabor amargo de la injusticia.

El buen John hubiera sido salvado, posiblemente con un trabajo que lo rescatara de su condición trashumante, integrado a la familia de los guardias, y así también a la sociedad. El apoyo le brindaría a su vez una protección contra los preconceptos por el color de su piel, y le daría la confianza necesaria para progresar y ser feliz.

Con el ejercicio de su don causaría el regocijo de los sufrientes de la ficción y de los espectadores. Se dedicaría a la curación de todos y el logro de un mundo mejor. Lideraría, quizás, una nueva visión de la religión, una refrescante ideología.

Su temor constante a la oscuridad que lo acechaba se difuminaría ante un panorama de colaboración, esperanza y buena voluntad.

Pero no. No nos engañemos. Los santos se elevan a través del martirio, y el de John era vivir abrumado con el cansancio de observar una y otra vez la brutalidad de los hombres en un mundo sin equidad ni empatía.

Salvar a John, tan atormentado por la crueldad, hubiera sido la prolongación de la agonía de un ser puro, en pos del final feliz hollywoodense que nos daría el alivio momentáneo, el confort de cliché, pero que en la reflexión, nos asombraría con la certeza de que ninguna buena acción queda “sin castigo”. En este caso, el que el sanador llevaba consigo aparejado a su peculiar condición: el grito del dolor y la maldad humana lo torturaban día y noche, con la impotencia de no poder ayudar a todos, tal como su noble corazón lo requería.

Un John que superara su condena hubiera negado la esencia del maravilloso argumento de la película: el eterno baile de luces y sombras que conforman el devenir de la existencia humana, y lo caprichoso y esquivo de la justicia de los hombres.

Un secreto que todos compartimos, es que hemos salvado a John en nuestro imaginario para darle el mejor destino posible, aunque no haya quedado plasmado en la cinta.

Contra todos nuestros buenos deseos, la santidad tiene su precio, un precio que se paga demasiado alto…

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