¿Qué es un “loser”? No existe una única definición que permita precisar el significado de esta palabra. Y si bien está escrita en otro idioma, comprendemos de inmediato que nos referimos a una persona desafortunada, alguien que perece constantemente frente a las oportunidades que le da la vida.
La siguiente crítica está apoyada en una segunda revisión de la serie Maid. Dicha aclaración no es gratuita, y viene a cuento de ésto: luego del primer visionado supuse que estaba ante una simple historia de superación personal al estilo The pursuit of happyness (Gabriele Mucino, 2006). Pero al revisitar la serie mi punto de vista cambió por completo.
Estamos ante un conjunto de perdedores. Tal vez sea la forma en la que los presentan, pero los personajes se empeñan en dar pasos en falso aún cuando el contexto a su alrededor colabora frente a su periplo. O tal vez no sea el contexto, sino las circunstancias. Pareciera que en muchas ocasiones esa elección errada es la única salida que encuentran para seguir adelante. Allí radica la ironía: la supervivencia de estas personas solo es posible mediante el sufrimiento.
Y se aplica un postulado que no genera buenos resultados; es ese que deriva de los patrones de conducta que solemos repetir por condiciones genéticas. Es cierto que esta fórmula científica a veces funciona, pero aquí resulta en un tedio que desdibuja las características más importantes de los protagonistas.
La suciedad del ser
Limpiar una vida no es fácil. Sacarse la mugre, desempolvar la cabeza. Quitar la suciedad de nuestros hábitos. Pero hay algo más fastidioso y agotador que fregar la propia existencia: fregar también la vida de los demás. Alex - interpretada por la ascendente Margaret Qualley - consigue trabajo en una agencia de limpieza de casas, y da tumbos por toda la ciudad recayendo en refugios y en hogares poco convencionales; hechos que logra materializar por la caridad de unas pocas personas. Alex no está sola; la acompaña su pequeña hija Maddy. Varias situaciones la pondrán en graves aprietos cuando intente mantener un trabajo y conseguir una vivienda medianamente digna donde albergar a su niña.

Para colmo, su círculo social no colabora demasiado. Sean, padre de la niña y alcohólico en recuperación, construye sobre Alex un halo asfixiante de proporciones tóxicas. Paula, su madre - la ya mítica Andie McDowell - es una artista en decadencia con un comportamiento entre infantil y pedante, combinación que no aporta más que problemas a la trama.
Con esta premisa aparentemente tan sencilla, comienza a girar la historia en el universo de Maid.
Esa sencillez no es bien aprovechada. El planteo de las situaciones iniciales dentro de la serie y la presentación de los personajes no despierta demasiado interés sobre la historia original. Pareciera que nos están mostrando un grupo de incompetentes con vidas vagabundas sin un objetivo claro.
Aunque la protagonista sí que tiene un deseo que termina activando levemente el ritmo de la narración: escapar.
Un deseo muy específico que logra justificar gran parte de la trama. Pero ese deseo colisiona contra una corriente contraria que surge también del mismo personaje y es esa necesidad inexplicable de querer arreglarlo todo, con la falsa creencia a cuestas de que las personas pueden cambiar. En este universo nadie cambia, incluyendo a Alex, que por conveniencia del guion logra forjar un destino medianamente interesante que según nos muestran no durará demasiado.
Las elecciones de vida arman una especie de bisagra que logra mover ese andamio de historias sombrías. Es muy difícil, mediante esta construcción, lograr empatía con los personajes. En cada episodio tienen la posibilidad de mejorar levemente lo trágico de la existencia pero la suciedad es tal que no hay otra solución más que el ostracismo.
Es cierto que para quebrar los círculos viciosos - algo que se dijo anteriormente y que la serie se empeña en mostrar cada cinco minutos - se necesita un espíritu aguerrido y todo el uso de nuestra voluntad. La carencia de esta voluntad es lo que afecta la trayectoria de cada uno de los personajes que, si bien intentan esculpir algunos aspectos molestos de su vida cotidiana, se hunden ante los ínfimos intentos.
Tras varias recaídas, es razonable esperar un soplo de aire fresco en algún momento. La serie nos permite sacar la cabeza del agua y tomar una bocanada de oxígeno aunque dure un parpadeo. La bocanada no llega por medio de una resolución positiva. Arriba al espectador mediante una verdad que agobia y que nosotros conocemos desde el minuto inicial. Sofoca la nefasta realidad que se nos viene encima como un edificio de púas.
Esa verdad está a la vista y es gigante como un piano. Alex vuelve a caer en la manipulación de su ex pareja y se concreta algo que no resulta para nada sorpresivo. Ella vuelve constantemente al minuto cero; ese instante donde somos conscientes de que por más esfuerzo que hagamos, hay algunas cosas que nunca cambiarán.
Entonces nos tranquiliza el hecho de que Alex haya reaccionado, aunque un poco tarde, a la realidad de que todo lo que sucede en este momento no es responsabilidad más que de ella misma.
Alcoholismo y abuso
A sabiendas de la gravedad de ambos tópicos, es necesario aclarar que son tratados de manera muy vaga en el universo de la serie.
Tema alcoholismo: todos los personajes, en mayor o menor medida, beben. El problema principal lo tiene Sean, convertido en un protagonista repulsivo que se gana con creces el aborrecimiento del espectador. Se refuerza aquí la cansina idea de los patrones de conducta, ya que su madre era también alcohólica.

Respecto al abuso, hay un discurso ambiguo que no se decanta por ninguna de las opciones existentes. Aquí tenemos abuso emocional y físico, aunque al principio nos dejan ver migajas del abuso corporal que sufren tanto Alex como su madre; siempre secundadas por hombres de comportamientos cuestionables, erráticos. Por no decir que son presentados como auténticos parias.
Ese abuso físico es utilizado como un ejercicio retórico, siempre enfocado en situaciones de un pasado violento y cuya víctima indirecta - Alex, en este caso - acarrea sobre sus espaldas.
Ya en su vida adulta recuerda que su madre sí ha padecido violencia doméstica, y que ha decidido huir durante la noche con su pequeña hija; evitando así la prolongación de una experiencia agresiva y brutal.
Alex se reconforta en la figura de esa madre salvadora, y es el momento más fuerte del personaje. Un momento emotivo que luego deberá guardar en lo más preciado de su conciencia para dar el paso final hacia una especie de liberación, con recuerdos de aquel pasado lúgubre que mira hacia un futuro prometedor.
En cuanto al abuso emocional, podemos precisar que el blanco directo de este vejamen no ha sido otra que Alex. Y no solo por parte de Sean, sino también por parte de una sociedad incapaz de involucrarse con los estándares de la familia disfuncional; aquella que no está compuesta por los estereotipos establecidos del mainstream.
Se establece un principio de carácter universal: todos los abusos dejan marcas, aunque estas sean invisibles. Aquí se halla el punto más álgido de la narrativa, y no es un detalle que se pasa por alto. Esto ha sido posible por el relato de Alex. Es ella quién ha llevado adelante la historia mediante su propia experiencia de vida, mediante un proyecto vital que hacia el final de la producción cobra una potencia que la convierte en una superviviente. Ya nadie será capaz de arrebatarle aquello por lo que se ha partido el lomo.
Y si bien en algunos pasajes de la serie su tendencia a la perdición nos irrita, es la única que se quita - de momento - el mote de loser.
Todos estamos un poco perdidos
Con algunos aciertos y poca profundización en los temas más importantes que trata, la serie consigue empatizar en momentos muy breves. Las escenas de Alex y Maddy suelen utilizarse como relleno, y no se conectan directamente con el corazón de la historia. Tengamos en cuenta que son madre e hija en una situación límite. Pero que estén al borde del abismo no produce un sentimiento duradero en el espectador.
El contexto es malo, nadie discute eso. Pero los personajes no aprovechan las repetidas oportunidades para mejorar un presente que no necesita muchos más obstáculos. La brújula no los ayuda en este panorama desolador.
Sin embargo, la voluntad no los anima a buscar distintas alternativas y analizar la solución que está ante sus ojos.
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Basada en la historia personal de Stephanie Land, la serie va rotando sobre el enorme problema del empleo formal y el efecto de la crisis monetaria estadounidense del 2008. A la vez, encalla en situaciones más íntimas que la misma autora reconoce en su best-seller, mismo en el que se basó esta producción.

Y aquí va una aclaración tardía, aunque necesaria: la historia real es más que conmovedora. El libro es un testimonio potente acerca de la lucha por un trabajo estable en el marco de un sistema que suele ser poco amigable. Y a su vez la autora ofrece una mirada honesta sobre el abuso doméstico, mismo que sufrió en carne propia.
En esta revisión, por otro lado, se concluye que la serie no ha podido plasmar de manera fiel esta particular historia de vida y ha reducido a la mayoría de sus protagonistas a la mera incompetencia.
Plataforma: Netflix
Creador del programa: Molly Smith Metzler
Temporadas: 1
Emisión del primer episodio: Octubre de 2021
Actúan: Margaret Qualley, Andie MacDowell, Nick Robinson, Raymond Ablack, Billy Burke




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