ENREDADOS 2: LA ULTIMA ESPERANZA 

Después del matrimonio de Rapunzel y Flynn Rider, el reino disfrutó de una época de paz y tranquilidad. Sin embargo, en lo más profundo de sus corazones, sabían que el hechizo de Madre Gothel aún pendía sobre ellos como una sombra, esperando el momento de hacer efecto.

Rapunzel y Flynn se habían mudado a otro castillo para gobernar una nueva región del reino, y por un tiempo vivieron felices. Pero aquella alegría duró poco. Una noche de tormenta, cuando Rapunzel dormía profundamente, su madrastra apareció en sus sueños. Su risa malévola resonaba en su mente mientras espinas oscuras envolvían a Flynn, atrapándolo en un sueño eterno del que jamás despertaría. Rapunzel intentaba moverse, intentaba gritar, pero su voz no llegaba hasta él. Luchaba por despertar, pero el sueño se volvía cada vez más real.

Cuando por fin abrió los ojos, su cuerpo temblaba y su rostro estaba empapado en lágrimas. Su corazón latía con fuerza y la angustia la invadió al recordar que Flynn había partido en un viaje. Un escalofrío recorrió su espalda: ¿y si ese sueño era una advertencia?

Con el alma en vilo, ordenó a algunos soldados que partieran de inmediato en su búsqueda. Horas más tarde, la noticia llegó: habían encontrado a Maximus solo en el bosque y, no muy lejos de él, a Flynn, tendido en el suelo, sumido en un sueño del que nadie podía despertarlo.

Cuando Rapunzel vio el cuerpo inerte de su esposo, su mundo se derrumbó. Cayó desmayada de la impresión. El reino entero se vistió de luto, y gobernantes de tierras lejanas acudieron con la esperanza de romper el hechizo, pero nada funcionaba. Rapunzel pasaba días y noches buscando respuestas, rogando al cielo por un milagro.

Su padre le habló de una antigua flor dorada, milagrosa y capaz de sanar cualquier dolencia. Con renovada esperanza, los voluntarios del reino partieron en su búsqueda. Rapunzel, sus padres y los amigos más cercanos de Flynn también se unieron a la travesía. Pero no encontraron rastro de la flor. Había sido arrancada de raíz y nunca volvió a florecer.

La esperanza comenzó a desvanecerse.

Sin embargo, lo que nadie sospechaba era que en el vientre de Rapunzel crecía el fruto del amor entre ella y Flynn. Con el paso de los meses, su cuerpo comenzó a cambiar y un presentimiento llenó su corazón: la vida que llevaba dentro traía consigo una nueva luz. Pero la felicidad se mezclaba con tristeza, pues temía que su hijo jamás pudiera conocer a su padre.

El tiempo pasó y la llegada del bebé se convirtió en la última esperanza del reino. En una oscura y fría noche de invierno, Rapunzel trajo al mundo a su primogénito. Su llanto resonó en la habitación y, al escuchar las palabras de la partera —"¡Es un varón!"—, las lágrimas rodaron por el rostro de Rapunzel.

Lo sostuvo entre sus brazos, sintiendo en su piel una calidez especial. Tenía la piel blanca como su madre, los ojos marrones como su padre y un cabello dorado como el sol. En ese instante, lo supo: la flor mágica no se había extinguido.

Había renacido en su hijo.

Y solo él tenía el poder de despertar a Flynn Rider.

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