The Naked Gun y el innegable poder del absurdo 

No voy a ocultarlo: adoro el absurdo, en el cine y en la vida. Lo “políticamente incorrecto”, el rendirse ante lo inesperado. Albert Camus, filósofo argelino-francés y llamado el padre del absurdismo (a pesar de que él se sacaba constantemente esa etiqueta impuesta), buscó exhaustivamente el sentido, como todos nosotros, hasta llegar a su conclusión de que no existe. Corremos irónicamente a la par del tiempo buscándonos problemas que no existen, preguntándonos cuestiones que no podemos resolver y apoyándonos en la idea de que DEBE existir un propósito específico en esa capsula de tiempo que comprende básicamente nuestra existencia. Y si no es así, si no tenemos uno ¿para qué estamos acá, en este plano, en esta “realidad”?

Con el tiempo aprendí a abrazar la idea propuesta por Camus. Y el cine, a su manera y desde muy pequeño, se moldeó en mi inconsciente. Jim Carrey y sus desventuras disparatadas, Ben Stiller y su mirada Magnum, diferente e igual a todas a la vez… Y luego vendría un cine más “refinado”: el de Luis Buñuel con la claustrofobia colectiva de El Ángel Exterminador, la oda al amor espejista de Lanthimos con Langosta y el existencialismo kaufmaniano con Synecdoche, New York y Anomalisa. Claro, a medida que el tiempo me erosionaba mi seriedad al respecto se ponía cada vez más intensa. Pero también aprendí que calzarme nuevamente las chancletas y dejarme estar, así como The Dude, era necesario.

El absurdo me saca una sonrisa propia del peor sinvergüenza, digna de ser nombrado tan solo por unos segundos, un l'enfant terrible. Me siento en mi lugar de confort, en un spa mental en el que no tengo que preocuparme si tal dialogo afilado o tal mirada cómplice a la cámara toca las fibras sensibles de las minorías o de alguna comunidad salvajemente malinterpretada. En esos momentos de puro regocijo siento que no hiero a nadie, y eso me da una paz que se funde con la bella simpleza que es el hecho de reír.

The Big Lebowski o The Lobster, por nombrar algunos ejemplos, llevaron este concepto de lo absurdo a sus propios micro universos con sus códigos y reglas.

En la aclamada cinta de los hermanos Coen, Los Angeles era la zona de divertimento para un vago que disfrutaba de jugar al bowling y dejar, a su simple manera, que el viento lo llevé, sin importar donde. The Dude, también conocido como “His Dudeness” o para nosotros los latinos “El Duderino”, atravesaría toda la ciudad desde sus calles menos pintorescas y más hostiles hasta las angostas bajadas y subidas que conforman un sinfín de mansiones en donde el ridículo se viste de traje y corbata. Asumiría un malentendido con otro Lebowski solo para darle algo de sentido a su rutina llena de “white russian”, marihuana y bolos. ¿Lo encuentra? No, pero el tipo se mantiene firme. THE DUDE ABIDES. Quizás no sea el mismo, pero ahí está. Jugando bolos de nuevo, tomando una cerveza y comiendo maní.

En el caso de la aclamada cinta de Lanthimos, el absurdo se extrapola a un minúsculo universo en forma de hotel que alberga personas solteras con el fin de que consigan pareja antes de que pasen 45 días…o sino serán transformados en un animal de su preferencia. Cuando al protagonista interpretado por Colin Farrell le preguntan qué animal le gustaría ser en el caso de que no consiga pareja dice “una langosta”. Esto no sin que antes le mencionen que debe pensar en un animal que pueda conectar con otro parecido

“Un lobo y un pingüino no podrían vivir juntos. Eso es absurdo”

Como si el hecho de estar en un hotel para encontrar pareja casi de manera obligatoria no lo sea. JA. Lanthimos se ríe de sí mismo y con nosotros al intentar convencernos de que estas reglas están sufijas por un sistema que ni siquiera las controla. Las personas tienen acceso a estar como quieren, no hay la “suficiente” seguridad ni vigilancia como para arrestar a quien no esté con “la persona indicada”, y aun así, ellos se esconden, organizan una caza en el bosque para dar con los “rebeldes” y se rompen la nariz para tener el mismo sangrado nasal que su media naranja. Nada tiene sentido y todo carece de lógica.

Camus, que sostenía la idea de un ser humano viviendo en un constante choque entre su necesidad de encontrar sentido y el silencio indiferente del universo, jamás se hubiera imaginado al cine como la respuesta. De esa necesidad creciente, por lo menos de Norteamérica por reírse de sí mismos y en consecuente de su audiencia en el resto del planeta, nació La Pistola Desnuda, una continuación aún más ridícula de la miniserie Escuadrón de Policía protagonizada también por el inolvidable Leslie Nielsen. Ante esta confrontación dictada por el filósofo, se proponían tres salidas radicales: el suicidio, la esperanza ciega o la aceptación lúdica de la condición absurda. Es en esta última donde sorprendentemente se puede enlazar con su delirante trilogía que enarboleció título tras título la idea.

En las películas protagonizadas por Nielsen como el detective Frank Drebin, todo intento de coherencia se ve frustrado por el caos: un interrogatorio de rutina se desmorona en un gag físico, un operativo policial se convierte en un carnaval de errores (y horrores) repleto de homenajes a clásicos del cine, y un gesto serio de profesionalismo se transforma en torpeza y tragedia. Este universo no es simple y caprichosamente “estúpido”: es un espejo cómico del absurdo camusiano. Uno en donde las reglas de la lógica y la verosimilitud colapsan, y lo único que nos queda es reírnos de una absoluta incongruencia.

Drebin, sin proponérselo y sin ni siquiera pensarlo, encarna la versión perfectamente imperfecta del héroe absurdo. El capricho ridículo de la femme fatale. Con su voz en off que no aporta nada más que una parodia a los pensamientos internos del clásico detective propio del cine noir, es incapaz de dominar y aceptar la realidad en la que vive, pero sigue avanzando con obstinación y empuja incesantemente a que avance la trama, como Sísifo a su piedra. Cada catástrofe que provoca lo devuelve al instante al mismo punto de retorno: continuar con su misión, aunque ella esté inevitablemente condenada al ridículo. Y es que la clave está en su actitud tenaz: la torpeza no lo derrota porque la acepta con naturalidad. Drebin vive en una realidad paralela en donde no se ríe de las desgracias ajenas, las abraza como parte de su ineludible encanto.

Más de treinta años después del cierre de aquella disparatada y ante todo pronóstico, llegó la remake. Porque sí. Porque se puede. Hollywood todo lo puede. Y con ella llegó la resistencia a la cultura de la cancelación, llegó el metalenguaje y volvió Drebin chocando todo lo que pueda con su patrulla y desentendiéndose de todo procedimiento policial, aunque en este caso la cara es la de Frank Jr., hijo de la leyenda cómica e interpretado sorprendentemente por Liam Nesson, que le da vida a una versión “completamente diferente y original”, tal como lo menciona el actor irlandés al hablarle al difunto Nielsen en la estación de policía.

La estructura y hasta la duración de este (re)hacer es la misma. Frank Drebin debe salvar el mundo de las intenciones malvadas de alguien igual o quizás más estúpido que él. ¡Y claro que lo va a lograr! Habiendo tanta oscuridad en este mundo, ¿por qué no dejar que el buen hombre se gane a la chica y el (no)respeto de la humanidad? La película dirigida por el (casi)desconocido Akiva Schaffer se planta con grandes intenciones pero decae progresivamente hasta llegar a un clímax resuelto sin mucha gracia.

Entonces la pregunta se hace presente: ¿Era necesaria? Me decido a (re)preguntar o replantear lo siguiente: ¿A quién realmente le importa?


POR JERÓNIMO CASCO

Publicado el 2 de OCTUBRE del 2025, 17.39 PM | UTC-GMT -3

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