En la historia del cine, muchas películas han girado en torno a los festejos por el Año Nuevo y algunas escenas inolvidables transcurren en ese momento particular en que una gran parte de la humanidad levanta sus copas y brinda por la llegada o continuidad de amores, por buenas saludes, afortunados golpes de suerte y futuros promisorios.
“A algunos se les dan bien las películas sobre marcianos o superhéroes… A mí me salen las comedias dramáticas. Y películas sobre días festivos”, se autodefinía el prolífico Garry Marshall, que supo dirigir hiperexitosas rom-com, como Mujer bonita, Los diarios de la princesa y Frankie & Johnny, la mejor. Y también las más “oportunas”, Historias de San Valentín, Día de la Madre y Año Nuevo, la que ahora nos ocupa. Se trata de una producción de 2011 que, cual rompecabezas, combina una decena de historias de Fin de Año más o menos ligadas entre sí, con un elenco en el que casi no cabían más famosos: de Robert De Niro a Jon Bon Jovi, pasando por Michelle Pfeiffer, Hillary Swank, Aston Kutcher, Sarah Jessica Parker, Josh Duhamel, Zac Efron, Halle Berry, Sofía Vergara y la lista sigue.
Hubo otros films que también tomaron la fecha como eje de sus historias. Allá lejos y hace tiempo, en 1933, el inglés Frank Lloyd filmaba Cabalgata, una saga familiar que arranca el 31 de diciembre de 1899 y termina el mismo día de 1932. Los protagonistas son los miembros de una familia de la aristocracia británica y sus sirvientes a lo largo de esas primeras tres décadas del siglo XX, y en el trasfondo se van sucediendo hechos trascendentales como la Primera Guerra Mundial, la muerte de la reina Victoria, el hundimiento del Titanic y los años de la Era del Jazz (así bautizada por Scott Fitzgerald) y la Gran Depresión, a partir de la crisis del 29.
Días extraños (1995) fue una película que dirigió la genial Kathryn Bigelow sobre el guión de su entonces ya ex marido James Cameron. Comienza un día antes del fin de 1999, justo en la previa del cambio de siglo que tantos temores despertó en su momento. En una violenta ciudad de Los Ángeles, Lenny Nero (Ralph Fiennes) es un ex policía expulsado de la Brigada Anti-Vicio que comercia ilegalmente unos soportes digitales a clientes que pagan para vivir experiencias ajenas a veces extremas. En este 2025, el film cumplirá treinta años pero parece hablarnos de un presente dominado por la xenofobia y el odio racial.

Antes de que Parásitos arrasara con los premios Oscar, el coreano Bong Joon-ho había filmado Snowpiercer – El expreso del miedo (2013), una película apocalíptica que se desarrolla en un mundo arrasado por el cambio climático, totalmente congelado, donde los pocos sobrevivientes están arriba de un tren en movimiento perpetuo a toda velocidad que celebra el Año Nuevo cada vez que da la vuelta al planeta. Pero en el interior de la formación, más que festejos lo que se cocina es una revuelta social que crece desde los vagones “populares” hacia donde viajan los poderosos.
Por cierto no son las únicas películas que transcurren en el último día del año. En El diario de Bridget Jones (2001, Sharon Maguire), la acción sucede entre dos festejos de Fin de Año. En Mi gran noche (2015, Alex De la Iglesia) la historia discurre en un set televisivo vestido para recibir el nuevo año “bien arriba” con celebridades y candidatos a serlo, y un protagónico sorprendente de un Raphael que hoy no pasa sus mejores momentos. En Los amigos de Peter (1992, Kenneth Branagh), el protagonista invita a sus antiguos compañeros de colegio a celebrar la Nochevieja en la mansión de sus padres y, como suele suceder, en el encuentro saltan recuerdos, problemas, reproches y sorpresas. Algo parecido a lo que ocurre en la nacional Los sonámbulos (2019, Paula Hernández), cuando la reunión familiar para la ocasión deja ver un lado no tan festivo.
Escenas inolvidables
Y hay muchas más. Pero, sin ser el leit motiv de las películas, algunas escenas puntuales que transcurren en la noche del Fin de Año se convirtieron en memorables. Y grandes directores parecen tener debilidad con la fecha.
El gran Billy Wilder fue el responsable de un par de esas escenas inolvidables. En Piso de soltero (1960) Jack Lemmon hace de un oscuro empleado que no encuentra mejor forma de ascender en su empresa que prestarle su departamento a su jefe para que lleve allí a sus conquistas femeninas. El problema es cuando una de ellas es la ascensorista que interpreta Shirley MacLaine, de quien Lemmon está profundamente enamorado. La comedia se hace drama, pero las cosas se encarrilan y se llega al gran momento cuando ella abandona el aburrido festejo que pasa con su amante y sus amigos, y sale corriendo por las calles, botella de champagne en la mano, en busca de su compañero de trabajo, convencida de que es el amor de su vida.

Diez años antes, en Sunset Boulevard (o El ocaso de una vida), Wilder había imaginado otro tipo de despedida del año: con William Holden flotando muerto en la pileta de la mansión de la ex diva de Hollywood que interpreta Gloria Swanson. Como se ve, para el realizador no había una sola forma de empezar el Año Nuevo.
Otro enorme director, el estadounidense Paul Thomas Anderson coincide con Wilder en dos aspectos: ha incluido fiestas de fin de año en un par de sus películas y tampoco piensa que haya una sola manera de celebrarlas. En El hilo fantasma, Daniel Day Lewis recibe el Año Nuevo bailando con su musa inspiradora en un gran salón donde sólo están ellos dos. Pero en Boogie Nights, William H. Macy toma otro camino en una celebración de cambio de año. Son maneras diferentes, pero ambas son escenas difíciles de olvidar.
Por supuesto, tampoco podría olvidarse ese Fin de Año en La Habana, en el último día de la dictadura de Fulgencio Batista, cuando en medio de los brindis y la euforia Michael Corleone toma la cara de su hermano Fredo y le planta un beso en la boca, antes de decirle: “Sé que fuiste tú, Fredo… Me rompiste el corazón”.
O aquel otro beso, el primer beso, que se dan Therese y Carol en la Nochevieja, en una escena sin diálogos, inolvidable, de la gran película de Todd Haynes, Carol, que recreó la novela de Patricia Highsmith, originalmente titulada El precio de la sal. O la declaración de amor que Harry le hace a Sally en medio de una gran fiesta de Fin de Año, aunque en este caso la escena que más se recuerda del film sea la del orgasmo en el bar.

En ocasiones es el amor el tema en cuestión, pero no siempre. En El gran salto, de los hermanos Coen, la escena culminante se produce en la noche del fin del año 1958, cuando un Tim Robbins borracho se trepa a lo más alto del rascacielos de la empresa Hudsucker, el mismo lugar desde el que, en el comienzo de la película, el fundador de la compañía da su “gran salto”. O, como en Misántropo, la primera experiencia norteamericana de Damián Szifron, cuando los festejos de Fin de Año en Baltimore son alterados por la actividad de un francotirador que apunta y mata al azar.
El recuerdo más emotivo es el de aquella escena de La quimera del oro (1925, Charles Chaplin), cuando Charlot invita a su amada Georgia a celebrar el Año Nuevo, ella nunca va, él se queda dormido esperándola y en sueños improvisa el inolvidable baile con dos tenedores y dos pancitos.
Seguramente quienes lean estas líneas recordarán infinidad de otras escenas y películas alrededor del Año Nuevo. En el final, las últimas líneas son para Días de radio (1987, Woody Allen), ese homenaje a la radiofonía de los años 30 y 40, cuando en la Nochevieja, Joe, el joven protagonista, sube a la azotea junto a su tía Bea para ver los festejos del año que comenzaba, era 1944 y la Segunda Guerra estaba por terminar. Dice Allen, es decir Joe: "Nunca me olvidaré de esa Nochevieja en la que tía Bea me despertó para recibir a 1944. Y nunca he olvidado a toda aquella gente. Y a ninguna de las voces que solíamos escuchar por radio. Aunque a decir verdad, con el paso de cada Nochevieja, esas voces parecen alejarse cada vez más y más".



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.