El brutalismo: edificaciones hechas de hormigón, de ángulos cortantes y textura grisácea, rocosa y marmolea, descubiertas, como expuestas en su vulnerabilidad a la naturaleza; estructuras que son también monumento y significado, de un movimiento que surgió para reconstruir naciones, para resistir y dotar de nueva identidad a lo devastado por la guerra; The Brutalist es esa inmensidad, una edificación enorme de más de tres horas que respira significados a través de su épica, de su invertido sueño americano, de la historia del arquitecto László Tóth.
La película comienza de forma fragmentaria, algo que marca de alguna forma a la totalidad de la obra: su inherente característica posmodernista. La carta enviada por la esposa de Tóth es leída, contando cómo ella y su sobrina huérfana se quedaron varadas en Europa pero aún vivas, mientras el arquitecto llega a Estados Unidos, en medio de lo frenético y lo caótico, hasta que no aparece la ciudad de Nueva York en todo su esplendor, como ocurriría en cualquier otra película, sino, como lo habrán visto realmente tantos inmigrantes, en apenas un intenso vistazo: la Estatua de la Libertad pero al revés. Invertida. Esta obertura es una marca que se incrusta en toda la película, porque justamente narra eso: la promesa del sueño americano que en verdad no es.

La primera parte de la obra es esa ilusión, la de construir una vida nueva en la tierra de las oportunidades. Sin embargo, es un sueño que tiene hendiduras, por donde se empieza a filtrar lo pesadillesco. El primo de Tóth está totalmente alienado, empujado a convertirse en católico, a cambiar su apellido para ser aceptado por la comunidad y por el feroz capitalismo del nuevo país. Un cliente se enoja con ambos, su primo le echa la culpa al arquitecto, alimentado por el odio de su esposa, y Tóth queda a la deriva en un país que también tiene su pobreza. Hasta que aquel cliente furioso vuelve de nuevo, arrepentido, un empresario que no sabe crear pero que con su fortuna y poder hace que el arquitecto cree para él.
Adrien Brody es László Tóth. Su gestualidad y sensibilidad se empalman de manera orgánica con aquel ser devastado, taciturno e ingenioso que es el arquitecto. Tanto es así como que Guy Pearce es Harrison Lee Van Buren, aquel empresario temperamental, caprichoso y millonario. Pero la diferencia es abismal, opuestos que representan dos extremos. Mientras que Tóth es pura vulnerabilidad, un hombre lleno de falencias pero visibles a la luz del sol, de una autenticidad y poesía vital, Van Buren es pura apariencia y fantasmagoría; un hombre que pretende intelecto, sensibilidad y arte, pero que en verdad es salvajismo, violación y falsedad.

La dicotomía está presente tanto allí como en la inteligente división de la película. El intervalo en el cine no solo cumple con la razón funcional de dar un descanso de 15 minutos, estirar las piernas, ir al baño y procesar mejor la obra, sino que también tiene una razón simbólica y ocurre en un momento también orgánico: Tóth acaba de proyectar las ideas de su nuevo proyecto y la espera por su familia está cerca de concluir. La foto que aparece en esa espera es una que captura la vida antes de la muerte y el horror de la Segunda Guerra Mundial, con la pareja casándose en un templo. Es también la más significativa demostración de la identidad judía y también la manera judicial que poseen para que las identifiquen como familiares de Tóth y puedan buscarlas. Es, de alguna forma, “el núcleo duro de la belleza” de toda la obra. Finalizado el intervalo, llega una segunda parte en la que los resquicios de la más brutal realidad se abrirán por completo.
La familia de Tóth llega y en ella, en la postal actual ahora completa, se pueden ver reflejados los horrores del genocidio nazi: en Tóth es adicción a la heroína, en su esposa Erzsébet es el dolor provocado por osteoporosis, en su sobrina Zsófia es absoluto silencio. Tal vez, como diría Primo Levy, es aquel silencio por lo inefable, por lo indescriptible de un hecho tan terrible. Ese mismo elemento se puede traspolar a la edición de la película, en absoluta sintonía con su narrativa, para expresar lo que no se puede expresar con palabras, ese momento posmodernista en que luego de una hecatombe tan inmensa ya es imposible encontrar sentido a la existencia. De ahí los momentos oníricos que también pueblan la película, de ahí esa extrañeza en el aire, de ahí lo ominoso del tipo de construcción que desarrolla Tóth, de ahí esa grandilocuente música de Daniel Blumberg, épica por momentos, extraña y caótica en otros.

Y en ese sentido, la película es también es el Instituto Van Buren que construye el arquitecto y el edificio es la película. A medida que esta crece, magnificada por un diseño de producción espectacular a manos de Judy Becker, también crece la podredumbre, la locura de su arquitecto, la disolución de su familia y el poder que Van Buren tiene sobre ellos. Un accidente de trenes trunca el proyecto, y la vida parece volver a Tóth cuando años más tarde se lo ve en una firma propia. Pero es convocado de nuevo, bajo los caprichos del empresario y vuelve y la espiral se profundiza de nuevo. Si los Lászlo son identidad y vulnerabilidad, los Van Buren son superficie y podredumbre. Y László es contaminado mientras vive allí. Hasta el quiebre máximo: la violación de Harrison Lee.
Si la Estatua de la Libertad invertida marca el comienzo de la película, la cruz invertida marca su final. Para muchos, signo de satanismo. En este caso, es más la ausencia de lo sagrado: se transformó en la tumba de un perverso. Y a su vez, y de nuevo en la cualidad fragmentaria de la película: como nos enteramos en el epílogo, aquella edificación no era ni más ni menos que la plasmación artística de la devastación vivida por László en los campos de concentración. Lo que jamás pudo expresar en palabras, lo pudo transformar en una obra monumental que a su vez es fruto del capitalismo más salvaje de Estados Unidos y de lo que Van Buren representaban.

The Brutalist, bajo la brillante dirección de Brady Corbet, forma una película titánica, cuya duración está más que justificada, se siente en la piel, en el cansancio en la butaca aquella odisea del arquitecto que dura más de 40 años. El formato elegido, VistaVision, profundiza el volumen y el tono no solo para transportar aún más de forma diegética a aquella época, sino para vivenciarla. Sus lentes enfocan las rutas, elemento también omnipresente en la película, señalando algo que se afirma al final: la importancia del destino por sobre el viaje.
Al final, László relató lo inefable. Habló de su violación. Esas fueron sus últimas palabras en toda la película, que ni siquiera aparecen en plano, sino fuera de él, a través de las palabras de su esposa, en una secuencia con una Felicity Jones imparable. Y Tóth también habló a través de su obra. Luego, ya no hubo más para contar. Luego, veinte años después, la que hablaría por él es su sobrina, antes en un silencio sellado. El brutalismo es honestidad. y es resiliencia frente al horror. Las imágenes de ella en la mesa, el terror en la cara, vuelven de forma circular. Porque no se olvidó, porque la memoria sigue impresa en sus palabras y en las megalíticas construcciones que sobrevivieron al desastre y en todas las que vinieron después por la supervivencia de László. Porque ellos llegaron a destino.
Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Clarín, Peliplat y Erramundos.
Publicado el 16 de febrero del 2024, 7.13 PM | UTC-GMT -3.
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